Claudia Amengual - El vendedor de escobas

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Dos mujeres jóvenes narran el regreso a la vieja mansión en la que vivieron durante su infancia y su adolescencia: son Airam, la hija de la mucama, y Maciel, una de las gemelas de los Pereira O. Reencontrarse para desarmar la casa familiar las enfrenta no sólo a las sombras que habitan en paredes y objetos sino a los fantasmas de su propia memoria.
El vendedor de escobas cuenta varias historias, todas signadas por la soledad: las de Airam reflejan la lucha por salir de un mundo de necesidades y de extrema resignación; las de Maciel patentizan la hipocresía y la frivolidad. Claudia Amengual, avezada narradora, coloca sus voces en contrapunto para cuestionar dónde se define la verdadera fuerza que impulsa nuestras vidas: si a partir de lo que recibimos sin elegir o del libre ejercicio de nuestra voluntad.

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Por mucho tiempo dejé que el orgullo dominara mis actos. Lo veo ahora, claro está; desde la perspectiva que da el tiempo, es fácil arreglar la vida propia e incluso las ajenas. Sobreviene una cierta piedad, nos volvemos comprensivos y llegamos a creer que podemos perdonar. Pero para llegar a esta conclusión hay que pasar por la vida, no hay atajo.

Si me asaltan estas reflexiones de domingo, trato de no quedarme sola en casa. En realidad, le escapo a la tristeza y quizá esta actitud sea el motor de mi vida. En eso ando mientras hago que vivo, y no me disgusta. Después de todo, al huir de las penas voy tras el deseo de ser feliz. Unas me tironean desde el pasado; lo otro me tienta desde el futuro. Y mi presente, lo único que verdaderamente tengo, no está tan mal, después de todo.

Me llamo Airam, un nombre que a primera vista parece extraño pero que no es más que María escrito al revés. Si creyera en el determinismo, diría que desde la cuna estuve predestinada a ir contra la corriente, pero trato de rebelarme frente a este tipo de ideas; así que pienso en positivo, es decir, que mi nombre no es María al revés sino pura y simplemente Airam, un nombre nuevo, creado para mí. No conocí a mi padre. Hasta que fui adulta repetí: "¿Papá? No tengo", pero un buen día me di cuenta de que, mal que nos pese, nadie nace de un repollo. Entonces, empecé por admitir que tuve un padre y luego intenté saber algo más acerca de él.

Según me contó Angélica, mi tía, que de ángel no tiene nada, mi padre era un alcohólico de malos modales, seductor hasta decir basta cuando estaba sobrio, pero que se volvía agresivo y golpeaba lo que tenía a mano en cuanto retocaba su permanente borrachera. Trabajaba en el puerto y conoció a mi madre en un baile de carnaval. Ella tenía apenas dieciséis años y él la doblaba en edad, así que no fue difícil conquistarla prometiéndole una vida lejos de la miseria en la que la pobre arrastraba sus días. Mamá, en aquel tiempo, ya estaba colocada en casa e un matrimonio de abogados donde hacía la limpieza y cuidaba a los niños. El jueves era su día libre y lo pasaba caminando por la rambla costanera. Dicen que era muy bonita antes de enredarse con mi padre. A mí no me cuesta creerlo, aunque cuando pienso en ella me viene a la mente una mujer con una expresión tal de cansancio que quisiera tenerla cerca para poder llenarla de comodidades, sentarla en un sillón y levantarle los pies sobre almohadas, comprarle chocolates, regalarle la televisión que siempre quiso, organizarle un viaje o quedarme a su lado y responder a sus preguntas para ver la satisfacción dibujada en el rostro. Es una ironía que ya no la tenga, pero así son cosas, a veces uno llega tarde a los propios sueños.

Mamá cumplió los veinte mientras me paría en una sala del hospital de pobres. Según contaba, las contracciones no eran lo peor, sino la angustia que le producía saber que Felipe esperaba del otro lado de la puerta, aguantando aquel abandono tan bien como sus tres años lo permitían. Cuando mamá rompió la bolsa, estaba, como de costumbre, sola. Papá no había vuelto desde hacía días y ella no supo a quién confiar su hijo en aquella pensión de marineros. Entonces lo arrastró hasta el hospital, adonde llegó con media cabeza mía asomándole entre las piernas. Por eso nadie reparó en Felipe, que se acomodó en un rincón y se quedó dormido de tanto llorar. Lejos de anidar un lógico resentimiento, Felipe se encariñó conmigo de inmediato y, cuando fue evidente que mi padre no volvería, asumió su papel de hombre de la casa; un destino que lo hacía sentir importante y al que consagró su vida.

La leche de mamá resultó ser suficiente para alimentarnos a los dos por un largo tiempo. A Felipe le da vergüenza admitir que tomó la teta hasta casi cumplir cinco años, pero mamá estaba orgullosa de haber sido tan buena nodriza para sus hijos y se encargaba de recordárselo en los momentos menos oportunos. Esa revelación de intimidad familiar le costó a mi hermano un par de noviecitas que huyeron apenas escucharon la historia. Mi hermano se ponía como loco cuando mamá contaba con lujo de detalles cómo él se le prendía con ganas a los pezones hasta hacérselos sangrar; cómo ella tenía que andar espantándolo cuando tomaba demasiado y no dejaba para mí; cómo le gustaba quedarse dormido chupando. Era un juego de cuya perversidad no eran conscientes. Mamá nunca pensó que de esa manera le hacía difícil la relación con cualquier otra mujer. Si hubiera tenido una mínima sospecha de esta castración, se hubiera cosido la boca antes de recordárselo.

Por su parte, Felipe se hacía el ofendido, en el fondo le encantaba sentirse unido de esta manera a su madre; una manera casi incestuosa, un universo en el que sólo había sitio para ellos dos; el único lugar donde estaba seguro. Por supuesto que jamás cruzó por su cabeza la idea de asociar esta imposibilidad de cortar el cordón con sus incontables fracasos amorosos. Un mal día, llegó a casa con la cara roja, le faltaban dos botones de la camisa y tenía huellas de uñas cerca de la nariz. "¡Se van todas a la mismísima mierda!", gritó y nunca más le conocimos una novia.

Mamá no era hueso blando de roer. Apenas aceptó la realidad de que estaba sola con dos hijos, no perdió un segundo ni gastó lágrimas. En el hospital, cuando le preguntaron por mi nombre, pensó un instante y respondió "Airam". Años después supe que lo hizo por pura venganza, para darle por la cabeza a mi padre que quería tener una hija solamente para ponerle "María", como la del tango.

Yo no había cortado mi primer diente cuando nos mudamos a lo de los Pereira O. Mamá había sido recomendada por la cocinera y los patrones la habían tomado a prueba por tres meses sin saber que el paquete incluía un niño y una bebita. Vivimos dos semanas escondidos en las dependencias de servicio. La cocinera fue una cómplice perfecta; sofocaba nuestro llanto con una radio siempre encendida de la que brotaba música tropical desde el alba hasta el anochecer. A Felipe le llevaba tacitas repletas de mermelada y a mí me endulzaba el chupete para templar mi carácter, que ya por entonces se vislumbraba difícil. ''Felipe es un santo", solía decirle a mamá, "pero la chiquita te va a sacar canas verdes".

Tal locura estaba destinada a durar poco. Mis berrinches explotaban a cualquier hora, mamá desaparecía misteriosamente de su lugar de trabajo para cambiarme los pañales o servía la cena a los señores con la camisa empapada a la altura de los pechos. Una madrugada, la señora entró en nuestro cuarto sin aviso y descubrió a mamá dándome de mamar mientras Felipe dormía a su lado. Hubo un día completo de desasosiego familiar en el que campeó la incertidumbre. Por horas se discutió, gritó y amenazó, pero al caer la tarde había primado la buena voluntad de los Pereira, no tuvieron corazón para echamos y permitieron que nos quedáramos hasta que mamá encontrara otro trabajo. La búsqueda no fue necesaria porque en el año que siguió no hubo mucama más eficiente que mi madre. No sé cómo se las arregló, pero cumplió con su función esmerándose al máximo para ganarse un lugar en aquella casa. Si debía optar entre cuidamos o atender su trabajo, prefería lo último; decía que era la forma de protegemos. Así crecimos mi hermano y yo, la mayor parte del tiempo encerrados en un cuarto con una única ventana a la altura del techo desde donde se veía una madreselva que dejaba caer florcitas sobre nuestras cabezas. Felipe, que tenía y tiene la costumbre de llevarse todo a la boca, arrancaba el cabo a las flores y chupaba el néctar como si fuera el mejor de los dulces.

La casa de los Pereira era grande; por sus ventanales se colaba el sol y hacía juegos de sombras en las paredes proyectando las pequeñas esculturas. Felipe me tenía convencida de que aquellas figuras tomaban vida con la luz. Y como demostración de sus palabras, me recordaba el tamaño desmesurado que adquirían sus siluetas grises que yo apenas me atrevía a mirar escondida entre las cortinas.

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