Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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– Ay, Marga… es que…

– No me interrumpas, por lo que más quieras. Creo que es la primera vez en la vida que me atrevo a dar un consejo a alguien, y no sé cuánto me va a durar el arranque… Mira, no sé qué es lo que pasa entre Herder y tú. Nunca me has hablado con franqueza, y no tienes por qué hacerlo. Yo no soy Jan -sonrió- y entiendo que prefieras no contarme tus cosas. Pero tengo ojos en la cara, y en estas semanas te veía… no sé, triste no es la palabra…

«Amargada, Marga. Así es como estoy. Soy una cuarentona amargada que va por ahí comiendo pasteles porque no se atreve a hacer un corte de mangas a su vida de color de rosa.»

– … resignada. Sí, eso es.

Victoria le dirigió una sonrisa afectuosa. «Eso suena más caritativo.»

– Pues has dado en el clavo. Sí, Marga, así es precisamente como me siento: resignada. He decidido conformarme con lo que tengo. A veces es lo más inteligente que se puede hacer.

Volvió a meterse en la boca un trozo de aquel pastel amazacotado. «La verdad es que está asqueroso», pensó mientras lo tragaba. Marga torció el gesto.

– El caso, Victoria, es que en estos últimos días estabas distinta. Te cambió la cara. Y, mira, no sé qué habrá tenido que ver en esto el tal señor Faraday… pero no eres la misma persona que llegó a Londres. Sí, ya sé que estás pensando que suena cursi… lo soy un poco. Pero ni en un millón de años me harías creer que esta semana no te ha pasado algo, aunque no quieras explicarme qué…

Victoria sentía la cabeza como una olla a presión. Dos lágrimas enormes se le escaparon de los ojos, y ni siquiera se las secó. Marga se sentó a su lado y la atrajo hacia sí. En contra de lo que era habitual en ella, no se escabulló, sino que buscó refugio en aquel abrazo.

– Marga… es que es muy difícil… es que no sé ni por dónde empezar… ojalá supiese cómo hacerlo… ojalá…

Ella le acarició el pelo.

– Ya se nos ocurrirá algo, ¿eh? Eres una persona excepcional, Victoria… única entre un millón… Y no lo digo porque lo pensara Javier. Yo también lo pienso. No te conformes, Victoria… No se te ocurra conformarte. Sea lo que sea, te mereces algo más que vivir a medias los próximos años.

De pronto a Victoria dejó de importarle estar llorando. Llevaba semanas pensando que Jan la había obligado a cuidar de su mujer, y de repente se daba cuenta de que quizá era al revés.

Quizá Jan había pensado que era ella quien más necesitaba de alguien que la cuidase.

– Pero ¿qué hora es?

– Las nueve y media. No te preocupes, vamos bien de tiempo…

– Bueno, eso es mucho decir. Tú no sabes lo que se tarda en los controles de Heathrow… Pero ¿dónde demonios se ha metido mi hija?

– Dijo que tenía que hacer un recado… No te preocupes, Shirley, el taxi no está aquí todavía.

– Pero vendrá en cinco minutos. ¿Y Victoria?

– Está cerrando su maleta.

– ¿Se encontraba mejor?

– Creo que sí. Marga estuvo con ella toda la noche. Por lo visto se le cortó la digestión.

– Lo que tendríamos que haber hecho era llamar al médico del hotel. En lugar de eso, le tocó a la pobre Marga hacer de enfermera. Mi hija siempre acaba llevándose la peor parte.

– De eso nada, Shirley. La peor parte me la llevé yo, que tuve que irme a dormir contigo. Roncas como un serrucho, que lo sepas.

– ¿Yo? Imposible. No he roncado en mi vida. Lo habrás soñado, Solange. Ay, por Dios, me estoy poniendo mala. ¿Tienes hecho tu equipaje? Y recuerda lo que me has prometido.

– Que sí… El día que se entregue la película te pondré mensajes para contártelo todo en directo.

– Pues que no se te olvide. No sabes cómo lamento perdérmelo. Me encantan esas cosas: los flashes, las cámaras… Pero ¿dónde demonios se habrá metido Margaret? Si viene el taxi, me tendré que marchar sin despedirme. Y a saber cuándo volveré a verla… ¿Qué diantres tenía que hacer precisamente hoy? ¿No podría haber dejado todo listo ayer por la tarde?

Los desayunos del Wolseley eran variados y deliciosos. Las mesas estaban cubiertas de gofres con sirope, cestas de bollos daneses, platos de huevos con salchichas, lonchas de beicon crujiente, tomates fritos, judías sobre tostadas, tarritos de jalea y cuencos de mantequilla rizada. Pero Douglas Faraday sólo desayunaba café americano y un zumo de naranja, casi siempre leyendo el Times. Aquella mañana, sin embargo, no llevaba el periódico debajo del brazo, y sorbía el café con mucha menos gana que otras veces. Un buen observador habría dicho que estaba triste, pero los ingleses se precian de no escrutar el estado de ánimo ajeno. Estaba tan absorto en lo que quiera que estuviese pensando, que no vio a aquella mujer hasta que ella se sentó a su mesa provocándole un pequeño sobresalto.

– Señor Faraday… ¿Se acuerda de mí? Soy Marga Solano. Siento molestarle pero tengo… tengo que hablar con usted.

4. LONDRES-MADRID

A las doce menos cuarto, cuarenta y cinco minutos antes de que empezara la rueda de prensa, había un pequeño caos en la embajada americana. El avión que traía a Madrid a Herder van Halen y a todo su séquito -ayudantes, publicitarios, periodistas- se había retrasado más de cuatro horas, y ahora se enfrentaban al dilema de retrasar la rueda de prensa o bien traer directamente a los americanos desde el aeropuerto sin hacerles pasar antes por el hotel para que pudieran descansar. Alguien dijo que posponer el encuentro con la prensa no era muy buena idea: los representantes de los medios españoles podrían marcharse para no volver, y los que venían desde Estados Unidos, relajarse demasiado y caer en brazos de Morfeo. Era preferible no dar oportunidades a la mala suerte, así que cumplirían con el horario previsto. Una flotilla de coches recogería a los recién llegados nada más bajar del avión y los trasladaría al edificio de la embajada.

– Qué demonios, ya dormirán cuando se mueran.

La frase, cómo no, era de uno de los colaboradores de Herder, que llevaba dos días en Madrid organizando el acto y, básicamente, volviendo locos a todos con sus ocurrencias.

Habían hecho las cosas a la manera americana: la mesa de los protagonistas estaría en un pequeño escenario, adornado con banderas de barras y estrellas intercaladas con la enseña española. En la mesa, además de Herder van Halen y Margarita Solano, como propietaria de la cinta, estaría el embajador americano y, por supuesto, Victoria. Ésta había sido una pequeña fuente de conflicto, pues la esposa del aspirante no acababa de comprender la necesidad de su presencia en la mesa principal.

– Señora Van Halen, es usted la esposa del candidato. La compra de esta película simboliza el arranque de la campaña para la nominación. ¿De verdad cree que su presencia es prescindible? ¿Qué cree que dirían los votantes del profesor Van Halen si su mujer no estuviese a su lado en el momento más… ehhh… más emotivo de la carrera electoral?

Y Victoria cedió. No tenía ganas de discutir con los asesores de Herder. En realidad, no tenía ganas de discutir con nadie. Todo lo que quería era que la dejasen en paz. Meterse en la cama y dormir mucho tiempo seguido -tal vez cien años, como la princesa del cuento-, y despertarse sin recordar nada de su vida anterior. Oh, sí, eso hubiera sido maravilloso.

Habían regresado de Inglaterra dos días antes y con el tiempo justo para recibir las últimas instrucciones acerca de la dichosa rueda de prensa. Desde entonces había dormido poco y mal -ella, que era un lirón- y ni siquiera tenía apetito. Era la primera vez en su vida que no le apetecía trasegar pasteles en un mal momento, y quiso interpretarlo como una señal. Tal vez había llegado el momento de cambiar muchas cosas. Para eso sirven las crisis, se dijo. Para volver a empezar. No le faltaba tanto para cumplir cincuenta años, y quizá aquélla era la ocasión de encarar la madurez con serenidad, inteligencia y la actitud más correcta ante la vida. La vida después de Jan. Y después, cómo no, de conocer a Douglas Faraday.

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