Sara Gruen - La casa de los primates

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Isabel Duncan, investigadora del Laboratorio de Lenguaje de Grandes Primates, no entiende a la gente pero sí comprende a los simios, especialmente a los chimpancés Sam, Bonzo, Lola, Mbongo, Jelani y Makena, que tienen la capacidad de razonar y de comunicarse en el lenguaje de signos americano.
Isabel se siente más cómoda con ellos de lo que nunca se ha sentido entre los hombres, hasta que un dia conoce a John Thigpen, un periodista centrado en su matrimonio que está escribiendo un artículo de interés social.
Sin embargo, cuando una detonación hace volar el laboratorio por los aires, el reportaje de John se convierte en el artículo de su vida e Isabel se ve forzada a interactuar con los de su propia especie para salvaguardar a
su grupo de primates de una nueva forma de abuso por parte de los humanos.

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Isabel suspiró. No se lo podía tomar de forma personal, dado que su compromiso con Peter todavía no era público. El se le había declarado hacía solo unos días, tras un acelerado y apasionado cortejo -Isabel jamás había caído tan rápido y nunca le había dado tan fuerte -, pero, por varias razones, entre ellas los hijos que tenía con su exmujer y la preocupación por cómo se lo tomarían en el departamento, creía que la mejor idea era mantenerlo en secreto hasta que se fueran a vivir juntos. Además, a Peter no le caía bien Celia, aunque aparentemente esta no se había enterado.

– ¿Qué? -Celia dejó de sacar mondas de verduras del fondo del fregadero y bajó la vista para mirarse el brazo.

Isabel se dio cuenta de que le estaba mirando los tatuajes. Volvió la vista hacia los platos.

– Nada. Es que me duele la cabeza.

Bonzi dobló la esquina y se dirigió tranquilamente hacia ellas. Lola rodó por la espalda de esta como si fuera un jinete y clavó los diminutos dedos sobre los hombros de la madre.

Celia miró por encima del hombro hacia atrás y gritó:

– Bonzi, ¿has intentado besar al invitado?

Bonzi sonrió alegremente y saltó detrás de ella, propulsándose con los pies. Se llevó los dedos a los labios y luego a la mejilla dos veces antes de cruzar las manos sobre el pecho diciendo en el lenguaje de los signos: BESO BESO BONZI AMAR.

Celia se rio.

– ¿Y Mbongo? ¿Él también se enamoró del invitado? Bonzi se lo pensó un momento y luego movió los dedos bajo la barbilla e hizo un amplio gesto con la mano hacia abajo diciendo: ¡SUCIO MALO! ¡SUCIO MALO!

– ¿A Mbongo el invitado le pareció gilipollas? -continuó Celia, mientras amontonaba los platos limpios.

– ¡Celia! -bramó Isabel-. ¡Esa lengua! Precisamente por eso a Peter no le había gustado la elección que había hecho Richard Hughes al adjudicarle a Celia el codiciado puesto de becaria, cuando tenía para elegir a media docena de candidatos que se lo merecían más que ella. Le preocupaba su pintoresco lenguaje. Si uno de los bonobos se quedaba con una frase ofensiva y la usaba el número requerido de veces en el contexto apropiado, tendría que ser incluida en el léxico oficial. Una cosa era que un bonobo soltara un insulto de su propia cosecha como «retrete asqueroso» y otra muy diferente que aprendiera de un humano a decir «gilipollas».

Aunque Bonzi había estado hablando con Celia, ahora observaba atentamente a Isabel. Su expresión se volvió triste. SONRISA ABRAZO -dijo mediante signos-. BONZI AMAR INVITADO, BESO BESO.

– No te preocupes, Bonzi. No estoy enfadada contigo -dijo Isabel, expresándolo al mismo tiempo con signos. Dirigió una mirada acusatoria en dirección a Celia para que quedara bien claro.

– ¿No quieres acabar de ver la película? QUERER CAFÉ.

– De acuerdo, haré café.

QUERER CAFÉ CARAMELO. ISABEL IR. RÁPIDO DAME.

Isabel se rio y se hizo la ofendida.

– ¿No te gusta el café que yo hago?

Bonzi se puso en cuclillas con aire avergonzado. Lola trepó por su hombro y parpadeó mirando a Isabel.

Touch é . A mí tampoco -reconoció ella-. ¿Quieres un cortado al caramelo?

Bonzi gimió emocionada. BUENA BEBIDA. IR RÁPIDO, dijo con las manos.

– Vale. ¿Lo quieres con nube? -preguntó Isabel, utilizando el término que usaba Bonzi para designar la espuma del café.

SONREÍR SONREÍR, ABRAZAR ABRAZAR.

Isabel se echó el paño mojado de los platos sobre el hombro y se secó las manos todavía húmedas en los muslos.

– ¿Quieres que vaya yo? -dijo Celia.

– Vale. Gracias. -A Isabel le sorprendió la oferta y se lo agradeció, dado el persistente dolor de cabeza que tenía. Técnicamente, el turno de Celia había acabado hacía casi un cuarto de hora-. Yo acabaré aquí.

Celia esperó a que Isabel alineara los carritos contra la pared.

– ¡Ejem! -dijo finalmente.

– ¿Qué? -preguntó Isabel, alzando la vista.

– ¿Puedo coger tu coche? El mío está en el taller. Misterio solucionado. Isabel casi deja escapar una carcajada. Celia quería que la llevara a casa cuando acabara el turno de noche.

Isabel se palpó los bolsillos hasta que un bulto tintineó.

COGER IMAGEN, dijo Bonzi.

– Llévate la cámara de vídeo -dijo Isabel, lanzándole las llaves en un arco perfecto -. Y no te olvides de pedirlo descafeinado. Y con leche desnatada.

Celia asintió y atrapó las llaves al vuelo. A todos los bonobos, pero sobre todo a Bonzi, les encantaba ver vídeos de humanos cumpliendo sus peticiones. Antes, los bonobos los acompañaban a algunos recados, pero dejaron de permitírselo hacía dos años, el día que Bonzi decidió conducir el coche y casi se estrella contra un poste de teléfono. Se había inclinado hacia el volante y lo había agarrado. Isabel había conseguido frenar antes de chocar, aunque no pudo evitar salirse de la carretera. Eso sucedió menos de una semana después de que una multitud se arremolinara alrededor del coche del doctor Hughes en un McAuto cuando el conductor de un monovolumen que iba delante de ellos miró por el retrovisor y, al descubrir a Mbongo -que había logrado pedir él solo su excepcional y preciada hamburguesa con queso-, empuñó una pistola. Instantes después tanto niños como mayores rodearon el coche gritando: «¡Mono! ¡Mono!», mientras intentaban meter los brazos por las ventanillas. La reacción de Mbongo fue esconderse bajo el asiento trasero mientras el doctor Hughes cerraba las ventanillas, pero dicho episodio, seguido del de Bonzi con el volante, firmó la sentencia de muerte de las excursiones en público. Los bonobos echaban de menos el contacto con el mundo exterior -aunque, cuando les preguntaban, se mostraban rotundamente convencidos de que la doble reja eléctrica y el foso que rodeaban su campo de juegos al aire libre estaban allí para mantener a la gente y a los gatos fuera, en lugar de a ellos dentro-, así que ahora Isabel y el resto les llevaban el mundo exterior en vídeo. A aquellas alturas, a los dependientes de las tiendas de la zona ya no les importaba dejarse grabar para que sus vecinos primates se deleitaran.

– De paso, intenta atropellar a algunos manifestantes -dijo Isabel.

– Ahí fuera no hay nadie -dijo Celia.

– ¿De verdad? -respondió Isabel. Había un puñado de manifestantes que llevaba casi un año delante de la puerta sujetando en silencio pancartas en las que se veía a grandes primates siendo sometidos a terribles experimentos. Como estaba claro que no tenían ni idea de la naturaleza del trabajo que se llevaba a cabo en el laboratorio lingüístico, Isabel se limitaba a ignorarlos sistemáticamente.

Celia abrió el visor de la cámara de vídeo y giró el interruptor para ver si tenía batería.

– Larry-Harry-Gary y el friki ese del pelo verde estaban ahí antes de cenar, pero cuando salí a fumarme un cigarro ya se habían ido.

¿El friki del pelo verde? ¿El novio de la chica con el pelo rosa fuerte?

– No es rosa fuerte -dijo Celia, enroscándose en el dedo un rizo de duendecillo delante de la oreja-, es fucsia. Y yo no tengo nada en contra de su color de pelo. Solo creo que es un auténtico cabeza de chorlito.

– ¡Celia, esa lengua! -Isabel giró la cabeza con brusquedad y comprobó con alivio que Bonzi había vuelto a la sala de la tele, perdiendo así aquella oportunidad de enriquecer su vocabulario-. Tienes que tener más cuidado. Lo digo en serio.

Celia se encogió de hombros.

– ¿Qué pasa? Si ni siquiera me ha oído.

Isabel notó que se le iba la vista de nuevo hacia Celia. El arte corporal de la becaria le fascinaba y le repelía a partes iguales. Un laberíntico remolino de desnudos y sirenas le caía por los hombros y se recreaba en los antebrazos, donde las melenas y los pechos se enredaban con las escamosas extremidades y las colas de criaturas infernales. Un batiburrillo de herraduras y calaveras con margaritas en los ojos salpicaban el conjunto, que estaba llamativamente pintarrajeado con tonos rosas rojizos, amarillos, violetas y fantasmales verdes azulados. Aunque Isabel solo tenía ocho años más que Celia, su acto de rebeldía había consistido en enterrar la nariz en los libros y coger el tren de las becas para irse de casa lo más lejos y lo más rápido posible.

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