JT: Me estoy perdiendo.
ID: [Risas]. Lo siento.
JT: Entonces volvi ó , lo dej ó con un palmo de narices y consigui ó el trabajo.
ID: Lo del palmo de narices no s é yo…
JT: H á bleme de los primates.
ID: ¿ De qu é ?
JT: El hecho de haberla visto con los simios hoy, de haber hablado yo mismo con ellos y luego hab é rmelas arreglado para ofender a uno de ellos, me ha abierto la mente.
ID: Al final se le ha pasado.
JT: De eso nada. ¿ Es consciente de lo extra ñ o que le puede parecer a una persona normal el hecho de encontrarse en la tesitura de ofender a un animal en una situaci ó n social, tener que solucionarlo y no lograrlo? ¡ Poder tener una conversaci ó n bidireccional con monos, en lenguaje humano, ni m á s ni menos, y que lo hagan simplemente porque quieren!
ID: Caray, s í que le ha afectado.
JT: Supongo que me lo merec í a.
ID: Lo siento. Pero s í , ese es exactamente el quid de nuestro trabajo. Los monos aprenden a hablar escuchando, gracias al deseo de comunicaci ó n; exactamente como los ni ñ os humanos. Respecto a la edad, aproximadamente hay la misma franja de oportunidad. Aunque me gustar í a extenderme e ir un poco m á s all á .
JT: ¿ A qu é se refiere?
ID: Los bonobos tienen su propio idioma. Usted lo ha visto hoy: Sam le ha dicho a Bonzi exactamente d ó nde hab í a escondido la llave, aunque estaban en cuartos separados y no se ve í an el uno al otro. Ella ha ido directa sin mirar a nadie m á s. Puede que nunca seamos capaces de usar su idioma para comunicarnos con ellos por las mismas razones que ellos no pueden hablar en ingl é s (nuestros tractos vocales son demasiado diferentes, creemos que por alguna cuesti ó n relacionada con la secuencia de genes HAR-1), pero creo que ya va siendo hora de que alguien intente de codificarlo.
JT: ¿ Y el sexo?
ID: ¿ A qu é se refiere?
JT: Lo tienen muy presente. Y son unos virtuosos. Est á claro que no solo lo practican para procrear.
ID: Tiene toda la raz ó n. Los bonobos, junto con los delfines y los humanos, son los ú nicos animales que sabemos que practican sexo con fines l ú dicos.
JT: ¿ Por qu é lo hacen?
ID: ¿ Por qu é lo hace usted?
JT: Vale. Pasemos a la siguiente.
ID: Perdone, la pregunta tiene sentido. Creemos que es un mecanismo para aliviar la tensi ó n, resolver conflictos y reafirmar la amistad, aunque tambi é n tiene que ver con el tama ñ o del cl í toris de las hembras y con que est á n sexualmente receptivas independientemente del celo. Si eso da forma o es un reflejo de la cultura bonobo constituye un debate cient í fico, pero hay muchos factores relacionados: la comida es abundante en su hábitat natural, lo que significa que las hembras no tienen que competir para alimentar a sus cr í as; forman fuertes lazos de amistad y se agrupan para « corregir » a los machos agresivos, evitando as í que sus genes entren en el bombo, y lo cierto es que, a diferencia de los chimpanc é s, los bonobos macho no practican el infanticidio. Tal vez sea porque ning ú n macho tiene ni idea de cu á les son sus beb é s, o porque a los machos a los que permitieron reproducirse les da igual y esa caracter í stica se ha extendido. O puede que sea porque las hembras los har í an pedazos. Como he dicho, es una cuesti ó n que genera debate.
JT: ¿ Piensa que los primates saben que son primates o creen que son humanos?
ID: Saben que son primates, pero no s é si eso significa lo que usted cree.
JT: Expl í quese.
ID: Saben que ellos son bonobos y que nosotros somos humanos, pero eso no implica dominio, superioridad ni nada por el estilo. Colaboramos entre nosotros. De hecho, somos una familia.
John apagó la grabadora y cerró la tapa del portátil. Le habría encantado seguir hablando de los de su familia, pero como había rectificado inmediatamente lo había dejado pasar. También era interesante que, a continuación, hubiera dicho que los bonobos eran su verdadera familia. Tal vez consiguiera sonsacarle algo en la próxima entrevista. Estaba claro que habían conectado. Le preocupaba que en cierto momento esa conexión se hubiera transformado en otra cosa, aunque con cada kilómetro que pasaba se iba sintiendo mejor en relación a eso. Ella era indudablemente atractiva, de caderas estrechas, complexión atlética y con un pelo liso y rubio que le llegaba casi a la cintura, pero su encanto era natural y sobrio: no llevaba maquillaje ni joyas de ningún tipo y John dudaba que fuera consciente de su propio atractivo. Simplemente, habían sido simpáticos el uno con el otro. Puede que acabara confiando en él y le contara lo de su turbia historia familiar. Era el tipo de detalle que los lectores adoraban, aunque aquel artículo ya prometía tener muchos admiradores. Había hecho otro comentario interesante al ponerse la máscara de gorila para hacer una demostración en toda regla de «La caza del monstruo». Después de haber «atrapado» a Mbongo, habían rodado por el suelo haciéndose cosquillas y riendo. Aunque la de Isabel era una risa sincera y sonora y la de él un resuello casi imperceptible, la expresión de su cara no dejaba lugar a dudas de que efectivamente era una risa. John se había quedado de una pieza al ser testigo de tal nivel de enzarzamiento, ya que siempre había creído que trabajar con primates era extremadamente peligroso. Aunque había leído que los bonobos eran diferentes, no se esperaba que ella tuviera tanto contacto físico con ellos. Su sorpresa debió de ser evidente, porque cuando paró dijo: «Con el paso de los años ellos se han vuelto más humanos y yo más bonobo». Entonces por un instante lo vio todo claro, como si le hubieran dejado mirar a hurtadillas por una rendija.
Isabel se asomó a la puerta y miró los carritos de la cena. Solo Lola, de dos años, reaccionó ante su presencia echando un vistazo hacia donde ella se encontraba. Era diminuta, como todos los bebés bonobo, y se aferraba al pecho y al cuello de Bonzi turnándose para chupar el pezón de su madre y para dejar que se le resbalara entre los labios.
Los bonobos estaban repanchingados por el suelo en nidos hechos con mantas cuidadosamente colocadas mientras veían Greystoke, la leyenda de Tarz á n, el rey de los monos.
Bonzi era más minuciosa con el nido que el resto: usaba siempre exactamente seis mantas y las retorcía unas sobre otras doblando las esquinas hacia abajo para hacer un suave cerco alrededor. A Isabel, que también era bastante fanática de la minuciosidad, le encantaba ver a Bonzi golpear y arreglar el nido. Este tenía que estar perfecto antes de invitar a Lola a entrar dándose palmadas en el pecho y exclamando BEBÉ VENIR en la lengua de signos.
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