Sara Gruen - La casa de los primates

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Isabel Duncan, investigadora del Laboratorio de Lenguaje de Grandes Primates, no entiende a la gente pero sí comprende a los simios, especialmente a los chimpancés Sam, Bonzo, Lola, Mbongo, Jelani y Makena, que tienen la capacidad de razonar y de comunicarse en el lenguaje de signos americano.
Isabel se siente más cómoda con ellos de lo que nunca se ha sentido entre los hombres, hasta que un dia conoce a John Thigpen, un periodista centrado en su matrimonio que está escribiendo un artículo de interés social.
Sin embargo, cuando una detonación hace volar el laboratorio por los aires, el reportaje de John se convierte en el artículo de su vida e Isabel se ve forzada a interactuar con los de su propia especie para salvaguardar a
su grupo de primates de una nueva forma de abuso por parte de los humanos.

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Sam, el macho más viejo, era extrovertido, carismático, y no dudaba ni un ápice de su propio magnetismo. Jelani, un macho adolescente, era un descarado fanfarrón con energía ilimitada al que le encantaba saltar contra la pared y luego dar una voltereta hacia atrás. Makena, la que estaba embarazada, era la mayor admiradora de Jelani, pero también sentía un cariño desmesurado por Bonzi y pasaba mucho rato acicalándola, sentada en silencio y rebuscando entre su pelaje, por lo que Bonzi tenía menos pelo que el resto. La bebé Lola era una monada increíble y graciosísima. John la vio tirar de una de las mantas que Sam tenía bajo la cabeza mientras descansaba y luego salir disparada hacia Bonzi en busca de protección mientras decía: ¡MALA SORPRESA! ¡MALA SORPRESA! en la lengua de signos. Según Isabel, enredar con el nido de otro bonobo era una falta grave, pero había otra regla más importante aún: para las madres, todo lo que hacían los bebés bonobo estaba bien. Mbongo, el otro macho adulto, era más pequeño que Sam y de naturaleza más sensible. Decidió no volver a dirigirle la palabra a John después de que este malinterpretara sin querer un juego llamado «La caza del monstruo». Mbongo se puso una máscara de gorila, lo que implicaba que John tenía que fingir estar aterrorizado y dejar que Mbongo lo persiguiera. Por desgracia nadie le había informado de aquello y ni siquiera se dio cuenta de que Mbongo llevaba puesta una máscara hasta que el mono desistió y se la quitó, momento en el que John se echó a reír. Aquello le sentó tan mal a Mbongo que dio la espalda a John y se negó rotundamente a hacerle caso a partir de entonces. Isabel consiguió que se animara jugando con él correctamente al juego, pero el bonobo no quiso interactuar con John durante el resto de la visita, lo cual hizo que este se sintiera como si hubiera abofeteado a un niño.

– Perdón.

John levantó la vista y vio a un hombre de pie en el pasillo que no podía pasar por culpa de sus piernas. Las levantó para girarlas y las metió en el espacio de Osgood, lo que provocó un gruñido. Cuando el hombre hubo pasado, John volvió a poner las piernas en el pasillo y mientras lo hacía vio a una mujer tres filas más allá sujetando un libro cuya familiar cubierta hizo que se le disparara la adrenalina. Era la primera novela de su mujer, aunque hacía poco esta le había prohibido que se refiriera a ella concretamente con esa frase, ya que empezaba a parecer que su primera novela iba a ser también la última. Cuando Las guerras del r í o fue publicada y John y Amanda aún rebosaban esperanza, se habían inventado el término «avistamiento en la jungla» para cuando descubrieran casualmente a alguien leyendo la novela. Sin embargo, hasta entonces aquello había sido pura teoría. John deseó que hubiera sido Amanda la que lo hubiera vivido. Necesitaba desesperadamente algo que la animara y él prácticamente se había dado por vencido y daba por hecho que en aquel aspecto no tenía nada que hacer. John comprobó dónde se encontraba la azafata. Estaba en la cocina, así que abrió el móvil, lo levantó un poco por encima del asiento e hizo una foto.

El carrito de las bebidas volvió a pasar. Cat compró más ginebra, John pidió un café y Osgood continuó emitiendo ronquidos sordos mientras su cojín humano fruncía el ceño.

John sacó el portátil y abrió un archivo nuevo:

Aspecto similar al del chimpancé pero más esbelto, con miembros más largos y arcos superciliares menos prominentes. Rostro negro o gris oscuro, labios rosados. Pelo negro con raya al medio. Ojos y rostro expresivos. Vocalizaciones frecuentes y agudas. Matriarcales, igualitarios, pacíficos. Extremadamente cariñosos. Estrechos lazos entre las hembras.

Aunque John era consciente de la naturaleza efusiva de los bonobos, al principio le pilló desprevenido la frecuencia de sus contactos sexuales, especialmente entre las hembras. Los rápidos roces genitales parecían tan normales como un apretón de manos. En ocasiones estos eran predecibles, como cuando se disponían a compartir la comida, pero la mayoría de las veces se producían sin ton ni son, al menos a ojos de John.

Le dio un sorbo al café y reflexionó. Lo que realmente debería hacer era transcribir la entrevista con Isabel mientras todavía la tuviera fresca y anotar los detalles extra orales: muecas, gestos y el inesperado y entrañable momento en que había empezado a comunicarse por signos. Enchufó los auriculares a la grabadora y le dio al play.

ID: As í que esta es la parte en que hablamos de m í .

JT: Sí.

ID: [Risa nerviosa]. Genial. ¿ No podr í amos hablar de cualquier otro?

JT: No. Lo siento.

ID: Me lo tem í a.

JT: ¿ Qu é la llev ó a dedicarse a este tipo de trabajo?

ID: Asist í a una clase con Richard Hughes, el fundador del laboratorio, y habl ó un poco del trabajo que estaba llevando a cabo. Me qued é absolutamente fascinada.

JT: Hace poco que ha fallecido, ¿ verdad?

ID: S í . [Pausa]. C á ncer de p á ncreas.

JT: Lo siento.

ID: Gracias.

JT: Volvamos a lo de la clase. ¿ Era de ling üí stica? ¿ De zoolog í a?

ID: De psicolog í a. De psicolog í a conductual.

JT: ¿ Es esa la carrera que ha estudiado?

ID: La primera. Creo que pensaba que me ayudar í a a entender a mi familia. Un momento, ¿ puede borrar eso?

JT: ¿ El qu é ?

ID: Lo de mi familia. ¿ Puede eliminarlo?

JT: Claro, no se preocupe.

ID: [Gesto de alivio]. Uf, gracias. Vale; entonces, yo era b á sicamente una joven de primero de carrera sin rumbo que estudiaba psicolog í a, y cuando o í hablar del proyecto de los monos y fui a verlos, ya no me pude imaginar haciendo otra cosa en la vida. No puedo describirlo. Le rogu é y le supliqu é al doctor Hughes que me dejara hacer algo, lo que fuera. Fregar el suelo, limpiar los ba ñ os, hacer la colada, lo que fuera con tal de estar cerca de ellos. [Pausa larga, mirada al infinito]. No puedo explicarlo, simplemente es as í . Tuve la certeza absoluta de que este era mi sitio.

JT: Y é l la admiti ó en su equipo…

ID: No precisamente. [Risas]. Me dijo que si hac í a un curso intensivo de ling üí stica en verano, le í a toda su obra y volv í a hablando perfectamente la lengua de signos, se lo pensar í a.

JT: ¿ Y lo hizo?

ID: [Cara de sorpresa]. S í . Lo hice. Fue el verano m á s duro de mi vida. Es como si le dices a alguien que se vaya y vuelva hablando perfectamente japon é s en cuatro meses. La lengua de signos americana no consiste simplemente en hablar ingl é s por signos. Es una lengua diferente, con una sintaxis distinta. Suele hacer referencia al tiempo-tema-comentario, aunque, al igual que sucede con el ingl é s, hay variaciones. Por ejemplo, se puede decir [empieza a comunicarse mediante signos]: « D í a pasado m í comer cerezas » o « D í a pasado comer cerezas m í» . Aunque eso no quiere decir que la lengua de signos americana no use la estructura sujeto-verbo-objeto, sino que simplemente no usa los verbos de estado.

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