– lo que haya de ser, será -y ha cambiado de conversación.
su respuesta me parece una definición del fatalismo que ellos nos reprochan.
por fin sé algo. en el palacio ha aparecido hoy aben comisa, con una actitud equívoca y una asombrosa naturalidad, como si nos acabáramos de ver hace dos días. sé que no va a contarme con pormenores lo sucedido, ni ahora ni nunca. tendré que ir descubriéndolo por mí mismo; tendré que entresacar los retazos de verdad que haya en su relato, e imaginar el resto.
de momento me ha comunicado, entre elogios a mi madre y a su propia labor, que las condiciones propuestas para aquel ya remoto primer rescate han sido aceptadas con algunas modificaciones. consisten en un pago de doce mil zahenes anuales en concepto de tributo y por razón del vasallaje, que ha de ratificarse; la devolución escalonada de mil cautivos de los que mi parcialidad aún conserve, porque no creo que haya hecho nuevos presos últimamente; y, desde luego, la entrega de los jóvenes rehenes estipulados y de mi hijo ahmad, que va a cumplir seis años, si es que yo no he perdido la cuenta de los que sin él llevo. se me ordena además establecerme en vélez, en la ajarquía de málaga, cuya guarnición me permanece fiel; a cambio, me otorgan el gobierno de una región que va desde guadix y baza hasta vélez blanco, vélez rubio y mojácar. con una gravosa condición: que me apodere de ella con mis soldados, y supongo que con ayuda cristiana, dentro de un plazo de ocho meses contados desde la caída de loja, que es cuando, a los ojos de todos, volví a caer en poder de mi enemigo. más de un mes ya ha pasado.
una cláusula secreta me prohibe intervenir en favor de mis correligionarios cuando los cristianos ataquen a ciudades que pertenezcan al “ zagal”. es evidente que buscan profundizar nuestra escisión, constituyendo en la parte oriental del reino una especie de emirato independiente, cuyo mando me ofrecen y al que relevan de la obediencia de granada. su política está clara: prestarme su colaboración para que sea yo quien los libre de mi tío.
de esta estipulación resulta que ahora soy yo el que tiene que elegir entre mi libertad, hipotecada a una traición, o la continuidad de mi cautiverio, también expuesto a toda clase de traiciones y desmanes. mi madre y aben comisa no dudan que aceptaré lo primero; tanto es así, que el visir ha venido a córdoba con mi hijo ahmad de la mano. no sé hasta qué punto, por tanto, soy independiente de adoptar una elección que se me da ya hecha. después de tres años y tres meses de prisión, ¿qué podría elegir sino la libertad a cualquier precio? el retorcimiento del rey fernando se manifiesta una vez más.
del tema de los dobles, aben comisa se resiste a hablar.
– son agua pasada. ya no hay ninguno. ignoro qué habrá hecho el rey con ellos, pero me lo imagino.
contigo en libertad no hay más boabdil que boabdil -y añade sonriendo-: como no hay más dios que dios.
– ¿ y aben comisa es su profeta? -le pregunto con aviesa intención.
– y aben comisa es su profeta -me responde-. tú lo has dicho.
luego, con una inflexión mucho menos terminante, ha proseguido:
– decían los del consejo real que, puesto que tú firmas la concordia declarándote vasallo, debías besar la mano de los reyes. yo me he opuesto en redondo; las rúbricas del protocolo, contra lo presumible, importan mucho. con magnanimidad, el rey ha resuelto que te daría la mano a besar si estuvieses libre y en tu reino, pero que, como estás en el suyo, no te la debe dar. ¿ es o no es hábil?
hoy, día 7 de julio, se han firmado las capitulaciones.
vino al palacio a recogerme el comendador martín de alarcón. en él se observaba una nueva actitud, doblegada y complaciente: yo ya soy mucho más que su prisionero.
– todo llega, alteza -me ha dicho-. estoy satisfecho de haberos custodiado, y de ser yo el que os entregue al rey.
luego, sin el menor tino, añadió:
– no sé si sabéis que también vuestro hijo se ha encomendado a mi custodia.
las calles, los ajimezes, las celosías, los balcones, las plazas, estaban repletos de una abigarrada muchedumbre. aben comisa me había traído una ropa, para mi gusto excesivamente recargada, pero que imagino que es con la que un pueblo cristiano espera ver a un rey moro.
los señores y los titulados lucían galas vistosas, acaso no menos recargadas que las mías: sus reyes les han hecho creer que la grandeza de los príncipes reside en la riqueza y calidad de sus vasallos. ami alrededor iba el acompañamiento de mancebos que me sustituirán en el cautiverio y de cuantos han venido de mi reino a testificar mi libertad. no bajarían de una cincuentena. el cortejo era, en general, lucido. no habrá defraudado las expectativas de la multitud que salió a contemplarlo.
anoche dormí mal. me desperté a menudo empapado en sudor. debía de sufrir pesadillas, que al despertar no recordaba, porque sentía angustia y una gran opresión en el pecho. esta mañana me he levantado con la boca seca y la cabeza como rellena de algodón, igual que si hubiese pasado una noche de zambra y vino. el malestar físico me ha impedido añadir ninguna solemnidad al acto. estaba deseando terminar.
me veía a mí mismo como si me hubiese desdoblado (pero esta vez yo solo y por mi cuenta, sin argucias políticas): por una parte, hacía mecánicamente los gestos que habían prevenido los cancilleres; por otra, miraba en torno mío los movimientos de los demás a través de una mente opaca y desgranada. no he tenido en ningún momento ni la menor conciencia de estar viviendo, como decía soberbio aben comisa, “un momento histórico”; aunque la hubiese tenido, mi mayor interés habría sido que el momento pasara.
para bañarme el cuerpo en agua fría, para cerrar los ojos, reposar la cabeza en una almohada, y escabullirme de todos los que se esforzaban en tocarme y en saludarme entre muecas de adulación.
ya al salir del palacio, casi en el umbral, había tenido una hemorragia de nariz; gracias a dios fue leve. me acordé de aquella otra que me restañó mi tío abu abdalá, cuando no era previsible tanta pena. pensaba en él con tal intensidad que se me empañaron los ojos de lágrimas, mientras el físico de los reyes, en quien recaía una responsabilidad impensada, haldeaba por la alcoba, sudaba y me ponía sobre la nariz una compresa fría. ha sido moraima (yo solicité que viniera con martín de alarcón desde castro, y no sé si ha venido con él o con el conde de cabra) la que al cabo me ha sofocado la sangría de un modo muy sencillo: aplicándome, con la cabeza echada hacia atrás, el filo de la daga contra la parte baja de la ternilla de la nariz. por descontado, ante la protesta del médico, que movía la cabeza con incredulidad, como si mi esposa y yo fuésemos unos pobres salvajes. ignora que, si él sabe algo sobre hipócrates o galeno, es por mediación de nuestros médicos y nuestros traductores.
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