conozco a mi madre y sé que, en el fondo, ha obtenido lo que perseguía. la guerra fratricida, consciente ella de que la iba a perder, no ha sido más que un instrumento para reafirmarse en un sector de nuestro territorio. me atormenta la inutilidad de una sangre vertida sin otro motivo que regar una intriga.
por todas partes veo maniobras, y moraima también. todo se vuelve noticias que se anulan las unas a las otras, e ignoramos dónde se encuentra la verdad, si es que hay alguna. no entiendo qué pretende aben comisa, y me pregunto si no andará en gestiones privadas con mi tío para ir todos a una contra los cristianos. ( eso no sería malo, pero dudo que mi madre las apruebe; tendrían que llevarse a cabo a espaldas suyas.) incluso es posible que con quien esté tratando privadamente sea con los cristianos.
de lo que me dice el conde, que ha estado ausente unos días, y de un mensaje de aben comisa fechado en vélez, deduzco lo siguiente.
el rey fernando, a la cabeza de un nutrido ejército, sitió loja.
una tropilla procedente del albayzín, al tanto de que su sultán se encontraba allí, fue a reunírsele y a cumplir sus deberes en la guerra santa. los partidarios del “ zagal”, tanto de granada como de su entorno, recelosos de que el sitio de loja fuese sólo un ardid del enemigo, como ya sucedió cuando la conquista de ronda, no acudieron al socorro de la plaza; pero el cerco, por desgracia, era cierto, si existe algo cierto en este caos. los cristianos lo apretaron con una rigurosa línea de fortines y fosos, y entre los sitiados circularon rumores alarmantes de que todo era un asunto convenido por el rey de aragón y boabdil durante el cautiverio. en realidad, nada había de amañado: el boabdil de loja era, en efecto, falso, pero no es él el que sirve a los cristianos. la toma de uno de los arrabales por el rey, la asolación de gran parte de las murallas, la muerte de sus más intrépidos defensores, la incomparecencia del fingido sultán por una repentina enfermedad también fingida, y la convicción de que granada no les socorrería por estar de parte del emir abu abdalá, empujaron a los habitantes de loja a rendirse.
así lo hicieron el 29 de mayo después de una valerosa y estéril resistencia, que yo he sufrido como si me arrancasen los cabellos. la capitulación se firmó bajo el seguro de sus habitantes, hijos, caballos y acémilas, con cuanto pudieran llevarse. quedaron libres todos, salvo boabdil, que permanece prisionero de los reyes cristianos por segunda vez -por segunda vez, y yo no me he movido sino de porcuna a castro-, con la intención de someter por medio de él a toda andalucía.
tales hechos han persuadido a los de granada, donde se han refugiado muchos de los exiliados de loja, de que la toma de ésta no llevaba otra mira que la de cumplir lo pactado entre los reyes y el sultán, como una parte del precio del rescate; un precio infame que incluiría la entrega de ciertas ciudades, tras más o menos inventadas dificultades con que cubrir las formas.
fernando dejó un destacamento en loja y publicó que se retiraba a córdoba con su prisionero boabdil. pero unos días después atacó el castillo de elvira, y demolió con su artillería la mitad de sus muros hasta rendir a su guarnición en igualdad de condiciones que loja. luego trasladó su campamento a moclín, donde en la última campaña fue derrotado mi huésped el conde de cabra, y donde calculo, por las fechas de su ausencia, que fue a acompañar a su rey para resarcirse de la derrota. lo calculo por su relato de que, sitiada la fortaleza, la combatieron con sus cañones, entre los que figuraban algunos que lanzan globos de fuego -eso me cuentan, y ahora comprendo mejor las explicaciones de gonzalo de córdoba-: unos globos que se elevan por el aire y caen luego sobre el lugar elegido, abrasándolo. uno de ellos prendió en el almacén de pólvora, forzando a los nuestros a entregarse. los habitantes de las ciudades que fernando conquista -y me quita el sueño imaginarlos desemparados, acosados, extenuados por campos ya de infieles- van refugiándose en granada, y engrosan así el número de los partidarios del “ zagal”.
la misma suerte han corrido después los musulmanes de colomera, salar e illora que, ante lo sucedido en los castillos cercanos, entregaron los suyos sin resistir.
ylos de montefrío, cuyos depósitos de víveres y armas ardieron, y los de adaha, y los de la sagra, y los de otras fortalezas en el camino de la capital, de las que se ha apoderado el rey abasteciéndolas de hombres y vituallas y artillerías con el propósito de ir poniendo un estrecho cerco -cada vez más estrecho- a granada.
por fin, el rey fernando, ufano y satisfecho, se dirigirá a córdoba. me dice el conde que ahora no tardará, siempre con su cautivo boabdil, que ya no sé si es el apresado en loja, que era el de mi madre, o el que él ya tenía; ni sé si el que sobra de los dos ha desaparecido o ha sido ejecutado.
oquizá el boabdil que sobra soy yo precisamente.
me han trasladado, a mí solo y a toda prisa, a córdoba. el viaje se ha efectuado de noche. al llegar, de incógnito, me han conducido directamente al palacio del obispo. [ debo esperar aquí la llegada del rey.]
cada vez que respiro el aire de esta ciudad, que huele como ha de oler el paraíso; cada vez que imagino su grandeza, cuyas huellas perduran; cada vez que soy testigo de su serenidad, y adivino el sentido de lo universal que en ella persiste, y presencio la pujanza de la cultura contra la que no atentó la serie interminable de sus dominadores, se ratifica mi opinión.
es una opinión que proviene de copiosos aunque poco sonoros testimonios, y de alusiones halladas en libros de la biblioteca de la alhambra, y de mis atrevidas pero insoslayables conclusiones. aquí en córdoba, ni en ningún otro lugar de la península, los árabes no entraron a caballo, sino a pie y de uno en uno. quiero decir que jamás hubo en esta península una invasión guerrera musulmana como se nos ha hecho creer por los historiadores de un bando y otro.
la islamización de la península -me entretengo en escribir hasta que alguien me anuncie para qué me han traído- no se debe a una conquista árabe procedente de áfrica. trabajo me ha costado adentrarme sin prejuicios en los textos, comparar datos y fechas, y procurar no abandonarme, yo también, a una idea preconcebida que demostrar. porque ése suele ser el error de los cronistas, que a menudo no tienen más prueba de sus afirmaciones que el haber sido hechas de antemano por otros.
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