porque no soy yo quien ha inventado el mundo. porque no me puedo desentender de la realidad. porque no me está permitido sumergirme otra vez en los libros, ni en los vagos anhelos. para mí lo escribió al mutanabi:
“ si he de vivir, habrá de ser la guerra mi madre; mi hermano, el sable; mi padre, el filo de la espada.”
tengo, pues, que fingir; fingir que sigo siendo como soy, aunque haya decidido, de ahora en adelante, ser ya de otra manera. tengo que desempeñar mi papel de hombre sin carácter que a nadie satisface, porque, si alguien llegase a sentirse satisfecho de mí, todo estaría perdido. yes necesario salvar aquello que aún pueda ser salvado.
engañaré a los reyes cristianos, simulando cumplir la cláusula secreta de mi pacto con ellos. engañaré a mi madre, simulando que obedezco sus órdenes con la mansedumbre que ella vio siempre en mí. engañaré a aben comisa, que no vive sino para engañarnos a todos en busca de su propio beneficio. engañaré al “ zagal”, simulando entablar con él, si no hay otro remedio, una guerra que no podría entablar nunca, porque pienso que es más yo que yo mismo: el que yo habría deseado ser. engañaré a mi pueblo, simulando esperar contra toda esperanza, para que no se hunda en la desesperación. me engañaré a mí mismo, simulando que aún quedan batallas que reñir y triunfos que alcanzar. ala única que no engañaré será a moraima: sin ella no sería capaz de emprender este áspero camino de simulaciones.
miro los astros esta noche, y colijo que ha de haber otros mundos en que la paz florezca. siento que ellos también me miran, como los ojos de los muertos que han luchado por lo que yo tengo que luchar sin convicción alguna. soy igual que un caballo que en la carrera ha perdido a su jinete, y escucha una voz que le dice: ‘ galopa.’ ‘ pero ¿hacia dónde; en dónde está la meta?’ ‘ tú galopa’, le ordenan. ygalopa a ciegas, sin porqué ni para qué; sin saber quién lo mira, ni quién le habla, ni qué se aguarda de él.
aquí abandono estos papeles, que no debo seguir escribiendo.
fuera de ellos, he de arrostrar mucha faena. no sé si serán obras trascendentales; lo único que sé es que me son ajenas. ha llegado la hora de la generosidad; de una generosidad que -lo presiento- nos llevará al mismo lugar al que nos llevaría el egoísmo: acaso los caminos son convergentes todos, y nada cambia, cualquiera que se elija. una generosidad opuesta en apariencia a la razón; pero ¿qué es la razón sino el envejecimiento de la inocencia? hoy, cuando acaba mi padre de morir en la desolación de la locura, recuerdo los ojos de mi hijo ahmad en córdoba: me miraba tratando de sentirse orgulloso de mí, y el orgullo de un niño es un padre orgulloso. igual que un niño, he de avanzar desde hoy -a impulsos de la ficción, porque no soy un niño- procurando desatender lo que la sensatez me dicte; procurando complacer a mi pueblo, que es también otro niño, para que crea en mí y descanse en mí. como si yo fuera lo bastante fuerte para soportar la carga de su despreocupación…
esta noche de la luna creciente de octubre, extinguida la fe y perdida la confianza, me acobarda el temor de no engañar a nadie: ni a los cristianos, ni a mi madre, ni al “ zagal”, ni a mí siquiera; me acobarda el temor de que quizá a la única que consiga engañar sea a moraima.
aquí abandono estos papeles, que de nada han servido.
casi pasado el día, caigo en la cuenta de que he cumplido en él veinticuatro años.
III. altos son y relucían
“-¿ qué castillos son aquéllos?
altos son y relucían - el alhambra era, señor, y la otra la mezquita…” “ romance de abenamar”
han pasado seis años desde que dejé de escribir en estos papeles carmesíes. ahora ya tengo tiempo de volver a ellos; lo que me queda ahora es sólo tiempo.
cuando a un hombre se le impone al nacer una misión, gloriosa o desdichada, su vida tendría que concluirse cuando se concluyera esa misión. si no, ¿qué hará con lo que sobra?: ¿ordenar los recuerdos en la confusa arca de la memoria, trasladar, componer, recomponer, intentar situarlos, intentar que entre todos configuren una pieza coherente? pero eso es imposible, porque la realidad no es ni remotamente parecida al relato que se hace de ella. cada cual cuenta aquello que vio, o que se imaginó haber visto, o que deseó ver; si otro lo contara, lo haría de distinta manera, incluso de una manera opuesta, según sus impresiones, o según sus propósitos. yeso, aunque todos actúen con honradez (lo cual es improbable), y aunque todos actúen con ecuanimidad, sin el único objeto de exponer lo que, antes de empezar, tenían ya previsto (lo cual es imposible).
yo estaba hecho de dudas, y los reyes cristianos no tenían ni una sola. perseguían algo muy concreto y plausible; lo único que yo podía hacer era oscurecerlo, perturbarlo, aplazarlo.
el “ zagal”, por el camino de la guerra, no habría conseguido sino destruirnos en más o menos tiempo: los cristianos tenían muchos más medios que nosotros y, por añadidura, una irrevocable decisión tomada en el mejor instante, en un instante de entusiasmo y de renacimiento. el descorazonador estribillo me envolvía una vez y otra vez: ‘ nada tiene remedio, y todos lo sabemos.’ sólo cabía la eventualidad -no la certeza- de alargar el tormento, es decir, de continuar un día más, un mes más, un año más, en la disfrazada desesperanza en que vivíamos. las capitulaciones de córdoba y de loja habían allanado el camino a granada; yo las firmé consciente de su fin, que era precisamente nuestro fin.
amis partidarios se les concedía en ellas la condición de mudéjares: el derecho a seguir en sus propias casas, disponer de sus bienes, tener sus mezquitas y casas de oración, y ser eximidos de pechos, del alojamiento de soldados y de tributos durante diez años; así como el casi póstumo derecho de marchar a áfrica sin incurrir en sanción y a costa del erario real.
osea, dada la cuestión por perdida, se aliviaba la desgracia de los perdedores. alos partidarios del “ zagal”, por el contrario, no se les otorgaba derecho alguno, y sólo por merced podrían habitar en los barrios de las ciudades que se habilitasen como morerías.
mi máxima aspiración consistía no ya en vencer, lo cual era absurdo, sino en ser vencido con el menor daño. pero absurdo era también que todas aquellas “generosidades” con los míos sólo entrarían en vigor cuando yo hubiera entregado granada y su territorio; ante todo, debía expulsar de él a mi tío. la sagacidad de fernando fue aceptada con resignación por mí, pero sin el ánimo de obligarme, sino de ir contra ella en cada oportunidad que se me presentara.
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