– también lo hubo con mohamed vi, el que se teñía las canas con aleña y cártamo, y por eso le llamaban “el bermejo”. ¿ lo sabías?
yfumaba hachís, y más cosas.
– ¿ qué más cosas fumaba?
– no hablo de fumar. cosas que no debe saber un niño como tú, pero que con los niños como tú tienen algo que ver. no siempre en la alhambra han gozado las concubinas de tanto auge como ahora. en un pasado próximo hubo concubinos también. - al notar que yo no aceptaba la conversación, la cortó-. pero dejemos eso: no es lo que yo quería decirte de ismail II. quería decirte que su coronación fue el resultado de las maquinaciones de una mujer sin el menor escrúpulo.
era hermanastro del gran mohamed v, y su madre, mariam, consiguió que una noche de ramadán, en pleno verano, en mitad del calor, y en mitad de este mismo patio, usurpase su hijito (no tan pequeño: tenía veinte años) el trono de granada.
– pues, además de entronizarlo, esa mariam pudo haberlo educado mejor: ismail, según tengo entendido, era gordo, grosero, lleno de tics y, aparte de las trenzas, no se cuidaba nada de su aspecto exterior.
nasim se echó a reír palmeándome la espalda.
– de todas formas, vigila a las madres del harén: son más poderosas de lo que parecen, y tienen demasiado tiempo libre para trapichear.
aunque, sean ellas como sean, tú serás un buen príncipe heredero.
apostaré por ti.
pero antes de que yo dejara de percibir la presión de su mano y percibiera la proximidad del visir benegas, nasim se había volatilizado.
cuando hace un año avanzaba yo por el patio de comares hacia el salón del trono el día de mi boda, intenté ver de reojo el séquito que acompañaba a moraima al otro lado de la alberca. tanto me esforcé, que di un tropezón contra uno de los portadores de las pértigas floridas. entre los invitados brotó un murmullo de simpatía, ya que advirtieron el porqué. en primera fila de los espectadores, a unos pasos de mí, con la misma cara de niño grande de antes, mucho mejor vestido -incluso demasiado-, más erguido si cabe, descubrí a nasim. ‘ está de dios -pensé-, que mis relaciones con él vayan de tropiezo en tropiezo.’ al verlo me invadió una ambigua impresión: él o yo estábamos traicionándonos, no sé si el uno al otro o cada uno a sí mismo. ypensé también: ‘ de no haber nacido príncipe, mi vida habría sido por una parte más aburrida, pero mucho más divertida por otra’. yconcluí: ‘ antes de morir, me gustaría ser una vez yo mismo. pero qué difícil… oquizá ya lo he sido, en algún momento, y no me he dado cuenta, y ni siquiera guardo la memoria de ello, ni la memoria de cuándo pudo ser’.
por un instante me conmovió una tristeza anónima similar a la del día del harén.
nasim se inclinó en una exagerada reverencia. apunto de sobrepasarlo, oí su voz.
– sigues siendo un magnífico príncipe heredero. no cabe otro mejor. apostaré por ti.
hay hombres que nacen con una estrella en la frente. no he conocido a ninguno con una más radiante que mi hermano. subh juraba que había llorado en el vientre de mi madre, y que nació envuelto en el manto, sin romperlo al salir.
pero no habrían sido necesarios tales signos, ni que los astrólogos le vaticinasen una larga vida, fructífera, alegre y luminosa. los horóscopos lo han pintado siempre dotado de hijos, de felicidad, del amor de quienes lo traten y de años interminables. un motivo más para desconfiar de los horóscopos, tanto al menos como de la propia vida.
es lógico que sea así, entre otras razones, porque no se me parece en nada. yo soy en lo físico como la familia de mi padre; él, como nuestro abuelo materno, mohamed x, según quienes lo conocieron.
es espigado, rubio, con una permanente sonrisa alumbrándole el rostro, de amabilísimo talante, y, para mayor precisión, zurdo como el abuelo. sin embargo, en el caso de yusuf, la zurdería es obligada.
nació con un defecto en la mano derecha: le faltan los dedos corazón, anular y meñique, y su pulgar y su índice tienen sólo una articulación. pero nunca le ha afectado esta falta, ni le ha impedido hacer cuantos ejercicios nos han impuesto para nuestra instrucción.
yusuf y yo apenas nos hemos separado alguna vez, y muy recientemente. quizá yo he sido más fisgón que él y me he metido en más berenjenales; para salir de ellos, con frecuencia necesité su ayuda.
asus ojos, el mundo está bien como es: no pretende cambiarlo; ni lo acepta siquiera, sino que se incluye en él con la naturalidad con que una tesela se incluye en un mosaico. desempeña gozoso su acendrado oficio de tesela en cada instante, sin reclamar más ni menos que aquello que le es dado y que su sino hace coincidir con lo mejor.
dicen que los hermanos gemelos llevan a tal extremo su compenetración que adivinan todo el uno del otro, o más aún, que no precisan adivinarlo, sino que uno se siente el otro y viceversa. yusuf y yo no somos gemelos: él es un año menor que yo, y somos casi opuestos; pero tenemos tal confianza, hemos convivido tanto, el vacío de afectos familiares nos ha volcado tanto recíprocamente, que dudo que existan hermanos más unidos. por ejemplo, si jugábamos al escondite con otros niños, nos bastaba calcular dónde nos habríamos escondido si fuésemos el otro, para descubrirnos yo a él o él a mí. el mundo se dividía para nosotros en dos grupos: uno, yusuf y yo; el otro, los demás. y, en el reparto de actuaciones que en una pareja se plantea cuando ha de ser suficiente por sí misma, a yusuf le ha correspondido siempre la diplomacia con la otra mitad del mundo. él es el que ha endulzado las acritudes suscitadas por mí; quien ha convencido a los extraños de que nos concediesen un capricho; quien ha suplicado el perdón de los castigos que se nos imponían; quien ha alzado nuestras quejas o nuestras peticiones a los ayos y a los maestros.
debo hacer constar que la mayor destreza de yusuf, y más cuando éramos más chicos, consistía en volcar sobre mí la culpa de todos los percances. no de una forma explícita: tenía suficiente con mirarme de soslayo. yeso sólo al principio, luego las culpas me eran adjudicadas de manera automática.
sin embargo, en el mismo instante en que yo iba a sufrir las consecuencias de sus tácitas acusaciones, él, con campechanía, daba un paso al frente, se confesaba responsable, y se disponía a arrostrar cualquier sanción; pero con tal tono de inocencia que jamás era castigado. con lo cual los dos quedábamos exentos.
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