– el mío, boabdil -dijo riendo-. no obstante, ahora que te conozco, quiero que el río no se desborde, y que vaya a moler a tu molino.
nasim me acariciaba con ternura, y abandonaba, con aparente despreocupación, su mano en mis hombros, en mi cuello, en mi talle.
por un lado, eso producía en mí un rechazo; pero, por otro, me lisonjeaba, y me excitaba la excitación que demostraban sus caricias. no es que me ofreciera a ellas, pero fingía no notarlas. qué complicada es el alma de un niño, al mismo tiempo transparente y hermética.
– eres muy guapo -me murmuró al oído nasim una templada tarde de mayo-. más guapo te encuentro cuanto más te veo. yeso es extraño en mí, que en seguida me canso de las cosas. - y, después de mirarme largo rato con los ojos húmedos, concluyó-: si soraya fuese niño, sería igual que tú.
un anochecer, cerrada ya la cancillería, subimos a la torre de comares. comenzaba a cerrarse muy despacio la noche. nasim abrió con una llave prestada -tenía amigos en todas partes- una puerta situada al lado contrario del oratorio, y ascendimos por la estrecha escalera, en lo alto de cuyos descansillos se abren unas menudas y graciosas cúpulas. estaban abiertas las ventanas de las espaciosas naves donde trabajan los encargados de la secretaría.
– tu padre -iba diciéndome nasim- ha agilizado tanto las tramitaciones que hasta los granadinos, que son los súbditos más descontentadizos del mundo, se lo aplauden.
de repente, vi flotar y entrechocarse varias sombras. se proyectaban agrandadas - nasim llevaba una luz- sobre los muros. el eunuco apoyaba su mano libre sobre mi hombro, y, al seguir mi mirada, comprendió por qué me había detenido.
– son murciélagos -dijo con ligereza.
amí me pareció indecente gritar y descender como una exhalación las escaleras, que era lo que el cuerpo me pedía; pero me refugié en el suyo, y él me estrechó como si lo esperara. yo entreví vagamente que por eso había avivado mi afán por visitar las salas de la administración; pero ¿qué podía hacer?: allí estaban los murciélagos. permanecí petrificado mientras, una vez dejada en el suelo la luz, nasim me tomó entre sus brazos y me besó con devoto entusiasmo, al tiempo que sus entrecortados susurros me tranquilizaban.
– ¿ que qué es un harén? -exclamó ante mi insistencia-. ya lo sabes, y si no, te lo imaginas: un batiburrillo de mujeres que arden por pasar el mayor número posible de noches con su dueño. no por amor (en un harén no lo hay; si lo hubiera, lista estaría la que lo sintiese), sino por conseguir una preferencia, un favor, o simplemente un tarro de ungüento o de perfume, o un velo nuevo. ala que intriga en contra de la voluntad del amo, se le corta la cabeza, o desaparece una noche sin dejar huella alguna; a la que incordia, se la echa; a la que es repudiada, porque fue una de las cuatro esposas permitidas, se le proporciona una habitación fuera, a no ser que se resigne a su declive. en un harén las únicas contentas son las que aspiran sólo a acicalarse, gulusmear y estar ociosas, sin cuidarse de hijos, ni de comidas, ni de maridos, ni de suegras; las que aspiran sólo a chacharear, a oír músicas y canciones, y a aguardar engordando al dueño o al que traiga sus mensajes.
era casi de noche cuando me introdujo en el harén. la guardia nos observó con simpatía. era primavera avanzada, y no sé ahora por qué -y supongo que entonces tampoco- yo estaba triste. al desembocar en el segundo tramo de la escalera, se me salió una babucha.
nasim, en cuclillas, la besó y me calzó de nuevo. con el dedo índice sobre los labios me indicaba que guardara silencio, aunque la barahúnda que venía de arriba era espeluznante: gritos, insultos, risotadas, músicas. las alcobas de las concubinas daban a un pasillo no muy ancho, cuyo zócalo imitaba con pintura la azulejería de los salones del palacio. yo veía a través de una ventana moverse los laureles de un patio, y eso me entristeció más aún. ala altura de una puerta, nasim dijo:
– ésta era la habitación de soraya, al principio. ahora vive una negra.
salió, en efecto, la negra.
era alta y flexible, con una boca grande y la nariz aplastada. me pareció imponente, pero no repulsiva. llevaba unas cintas de colores prendidas en su pelo arracimado, y sonreía de modo tan total que la sonrisa le rebosaba de la cara y le resbalaba cuerpo abajo.
se conoce que estaba en connivencia con nasim, porque éste le dejó en las manos un minúsculo paquete, y recibió a su vez algo que yo no vi. en el patio del harén se erguían dos columnas de mármol muy oscuro que jamás he olvidado. ignoro la razón; acaso porque las asocié a la concubina negra. ala salida tropecé con una viga atravesada que sobresalía, sin duda el sostén de una de las cúpulas que coronan los salones de abajo. el leve dolor del pie me distrajo de la tristeza, que alguna subterránea relación guardaba con mi madre.
es cuanto recuerdo de aquella visita. yel llanto de uno o dos niños de pecho, y el trasiego de nodrizas, criadas, gruesas tañedoras, bailarinas -que quizá no eran tales, sino concubinas del propio harén- y una vendedora, anciana y desdentada, de encajes y abalorios. al bajar el primer tramo de la escalera, pensaba en la fatiga de mi padre para tener satisfecho a tal hato de hembras; aunque, por mi edad, no me fijaba en otra satisfacción que la del simple y vulgar mantenimiento.
lo que más me maravillaba de nasim era su capacidad para eclipsarse cuando alguien respetable aparecía. mi hermano yusuf se eclipsaba un momento y más bien por diversión, pero nasim se evaporaba. no se tenía la sensación de que hubiera desaparecido, sino la de que no había estado nunca. uno quedaba convencido de haber sido víctima de una alucinación, y de que estaba y había estado a solas.
la primera vez que mostró tal destacada facultad, después de algún tiempo de tratarlo, estaba refiriéndose a las ventanas con celosías de un piso alto, que dan a un armonioso patio con una alberca profunda e indiferente. me decía:
– ¿ aque no sabes qué es lo que había ahí? antes, pero no mucho antes.
– no lo sé. ¿ algunos oficios de la cancillería?
– no. eso es ahora. en tiempos de ismail II, el que se peinaba con trenzas que le llegaban hasta la cintura, enredadas con hilos de oro y sedas, ahí había un harén masculino.
– de eso hace más de un siglo -repliqué con involuntario despecho.
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