yo tiendo a ser menos expresivo con la gente que él, pero a la vez frecuento gente más variada de lo que nos corresponde por razones de sangre, de vecindad o de estudios.
no obstante, a él le basta con aparecer para arrebatarme la primacía de una relación que me ha costado semanas adquirir, y cualquier amigo mío de los que hablo en estos papeles habría preferido sin duda ser amigo suyo; pero él, con la misma simplicidad con que me la arrebata, abdica de tal preferencia como si su interés se cifrara siempre en otra cosa. es decir, yo, con más dedicación, consigo menos de lo que él abandona una vez que le es dispensado sin esfuerzo.
tiene los ojos muy oscuros y las pestañas largas y vueltas, lo que da a su mirada un tinte pensativo y profundo, que contrasta con sus cabellos claros y su boca sonrosada y riente. ysiempre, aún hoy, ha tenido un aspecto infantil muy atractivo, entre indefenso y provocador -con su nariz corta y un poquito remangada-, junto a una fuerza física impresionante y una aventajada estatura. creo yo que todas las mujeres de granada, si fuesen tan sinceras como las niñas que nos rodearon, admitirían que se mueren de ganas de ser besadas por yusuf.
quizá parezca que siento por él una debilidad inmoderada. me congratulo de que lo parezca porque es cierto. mi vida entera, no sólo mi infancia, habría sido otra -más tenebrosa y menos rica- de no ser por la existencia de yusuf a mi lado. sus ocurrencias, sus iniciativas, su continuo invento de juegos y aventuras, su afición a los secretos compartidos, su amor por los animales y las plantas, han sido la atmósfera que he respirado durante los no muy abundantes momentos de oro de mi niñez. en él he tenido una fe ciega; no recuerdo haber hecho nada que no le haya contado, o que no hubiese deseado contarle. sólo el episodio del tío abu abdalá en salobreña lo reservé para mí, no por lo que significó, sino porque no habría sabido cómo contárselo ni qué consecuencia sacar; ni quizá yusuf habría querido oírlo: él no es inclinado a dar soluciones, ni a meditar sobre los hechos. probablemente me habría aconsejado olvidarlo, y él mismo lo habría olvidado de inmediato.
no tientan a yusuf los proyectos a largo plazo, ni el arreglo de la vida de nadie, ni de la propia: vive cada hora con la mayor intensidad, y se entrega al presente, sin preguntarse cómo ha llegado, ni cómo y cuándo concluirá. cuando los habitantes de la alhambra coincidían en que mi padre iba a elegirme sucesor oficial, comenté con yusuf cuánto habría ganado el reino teniéndolo a él por rey. casi se asfixia con las carcajadas.
– si soy como soy, no es por haber nacido así -me replicó al cesar de reír-, sino por la absoluta certeza de que nunca seré rey.
sólo imaginar que alguien dependiera de mí, me haría cambiar de modo de obrar y de pensar, si es que he pensado alguna vez. ¿ ono te das cuenta de que soy el mayor irresponsable que hay en toda granada?
apesar de ser tan contrarios, o quizá por eso, tenemos muchas afinidades. una ojeada nos basta para comprobar que los dos nos hemos interesado por la misma muchacha, o que a los dos nos están emocionando las luces de un atardecer, o la grácil curva con que se reclina una flor, o la fábula que alguien nos relata. en este mismo instante pienso en yusuf, más separado de mí que nunca, y lo echo de menos, y sé que él me echará de menos a mí, y es suficiente eso para aproximarnos. comprendo que nuestras mujeres puedan tener celos de esta reciprocidad, porque no hay ningún sentimiento en este mundo que yo anteponga al nuestro… hoy evoco colores que no sé dónde vi, ni qué los sustentaba: vagos azules, verdes incipientes, rosas ya decaídos; son como los colores de un antiguo amor, de una vida ya exhausta, de un breve día pasado.
evoco colores tan difusos como el aroma de un jazmín marchito -¿y quién puede evocar un aroma?-, tan indescifrables y móviles como la sombra de una nube por tierra o el reflejo de una cara en una alberca.
y, sin embargo, sé que yo vi tales colores junto a yusuf, y que me llenaron de una alegría que se multiplicaba al ser común, y que cubrían un cuerpo armonioso, o perfilaban el vidrio de un vaso, o trazaban la línea de un paisaje, o bordeaban unos ojos, que yusuf y yo vimos en el mismo instante y de idéntico modo. ysé además que es muy probable que yusuf ya los haya olvidado, y no me importa; fue verlos con él lo que los ha hecho para mí inolvidables.
un día, en una almunia que la familia poseía en la vega, nos fuimos con jadicha a un melonar.
no tendríamos más de nueve años.
yusuf tuvo la idea de ir calando, con un cuchillito que le habían regalado, todos los frutos hasta encontrar uno lo bastante dulce como para ofrecérselo a la prima, de la que andábamos enamoriscados.
como ninguno de los melones estaba aún maduro, resolvimos volver a colocar los trocitos sacados de cada uno para que así siguieran madurando. por supuesto, destrozamos toda la plantación. eso nos valió una buena regañuza de las nodrizas, y la cruel burla de jadicha, que nos dejó hacer a sabiendas de que el daño era ya irrevocable. el ridículo ante los ojos verdes y la insufrible insolencia de jadicha hicieron que, como dos perrillos que empiezan por turno a gruñirse, y van levantando el vigor del gruñido hasta pasar al primer zarpazo y luego ya al mordisco, yusuf y yo nos enzarzáramos a la puerta de la almunia, junto al estanque, en una pelea sin precedente entre nosotros. fue encarnizada y sordomuda, más terrible aún por ser la primera, como si en ella se concentrasen todas las que no habíamos tenido. con los ojos cerrados nos golpeábamos, al principio entre las risas, luego entre la alarma y los intentos de separarnos de todos los presentes. en un momento dado, yo, sobre yusuf, abrí los ojos para atizarle donde más pudiese dolerle; junto a mis ojos vi su pequeño puño lisiado, decidido también a golpearme con furia. yde improviso me llené de horror. supongo que inexplicablemente para todos, y hasta para mí mismo, me desplomé sobre su pecho llorando. con ese llanto a raudales no trataba de suplicar su perdón, que sabía concedido de antemano, sino el mío, que me sería mucho más difícil de obtener.
otro día, en un patio de columnas -por entonces vivíamos en un pequeño palacio, no lejos del de mohamed II-, cubiertas las cabezas y extendidas las manos, jugábamos a encontrarnos sin más referencia que las voces. yo lo llamé en una dirección y, acto seguido, haciendo trampa, levanté el paño que me tapaba y, al ver a yusuf venir a la carrera, lo evité poniéndome detrás de una columna.
yusuf fue a estrellarse contra ella, y se hirió en una ceja.
Читать дальше