– ¿ con jadicha?
– con jadicha.
– desde que teníamos siete años, los dos (y cuando digo ahora los dos, digo tú y ella) sabíais que esto sucedería. y, lo que es peor para mí, yo también. os deseo de todo corazón que seais felices.
no me cabe la menor duda de que contigo ella sí lo será.
ycomencé a recitar unos versos que aprendimos de pequeños, sin saber con exactitud qué significaban, como una consigna de complicidad:
“ la mano de la aurora convierte en alcanfor el almizcle sombrío de la noche”.
él respondió la contraseña:
“ perfume por perfume, no sé con cuál quedarme.
renovar los olores no es ninguna torpeza”.
yo después, descargándolo de su preocupación, rematé lo más alegremente que pude el poema:
“ verdad es lo que afirmas, mas no del todo acaso, porque el almizcle es perfume de esponsales, y el alcanfor, perfume de mortajas”.
á¿ quién hubiese imaginado entonces hasta qué punto era una profecía.
nunca he dormido bien; pero hace meses que apenas duermo. como remedio empecé a emplear un recurso que a veces me daba buenos resultados y, a veces, los peores.
apenas apagadas las luces y abatidos los cortinajes, cierro los ojos e imagino una escena lo más lejana posible de mí y de mis desvelos: un par de rostros, sin edad ni sexo, que se inclinan conversando sobre una mesa; un emparrado bajo el que una criada se atarea; un hombre que pisa la uva, calzado con los ásperos zapatos del lagar, o descalzo, y se detiene un momento para escuchar a alguien que le habla y que yo no veo. se trata de inmovilizar poco a poco las figuras, en un proceso de concentración: las voy viendo más precisas y, al mismo ritmo, yo voy dejando de ser alguien que imagina y paso a ser alguien que observa. es decir, la escena está ya ahí, y yo fuera de ella como quien está mirando con atención una caligrafía o un paisaje, acaso asomado a una ventana. el riesgo, en el que incurro con frecuencia, es que, si el sueño no viene lo bastante pronto, también se traspase esa frontera, se deje atrás la ventana, y penetre el durmiente -o mejor, el que pretende dormir- en la escena que tenía que ayudarlo. yentonces se produce una de estas dos consecuencias: o el interés por lo que sucede en la escena se acentúa, alertando por completo al que la observaba desinteresado, o, al revés, sobreviene el sueño más o menos tarde, pero rodeado por esas mismas circunstancias, y se ensueña, por tanto, la escena contemplada, de la que el sujeto forma ya parte y en la que contra su voluntad interviene. amí me ocurre con frecuencia esto último; hasta tal punto que he conseguido provocarme sueños de ninguna manera previsibles y que en absoluto me atañen. por eso me esfuerzo en que las figuras sean ajenas a mí y sin la menor importancia; porque, de otra manera, se me imponen con tal vigor que caigo en donde no quisiera, y me veo implicado en casos remotos que aspiraba a olvidar, en episodios que traté de abolir, en escenas violentas que un día sucedieron y me marcaron, o que no sucedieron y yo desearía que hubiesen sucedido…
en la actualidad me resisto a emplear tal recurso. porque, piense en lo que piense, y cualquiera que sea el principio de la táctica utilizada para dormir, acabo soñando con la misma cosa. sea una mesa con dos insignificantes y vulgares comensales, o una floresta donde dos amantes pasean y se detienen para acariciarse, o una elevada torre desde la que un espectador domina un panorama sin grandes perspectivas… da lo mismo: acabo por ver, entre paños blancos y bolas de alcanfor, dentro de un arca que unas manos entreabren, sobre una bandeja cubierta con un lino que levantan unas manos de hombre o de mujer, o encima de un almohadón entre hermosas flores perfumadas, o en medio de dos hachones que han sido encendidos con prisa por una figura de espaldas, siempre, siempre, acabo por ver la cabeza, separada del cuerpo, de mi hermano yusuf. yoigo alzarse y arreciar el llanto de las mujeres por el otro yusuf, el del corán, y veo cómo ante su belleza se cortan las manos, y todo el sueño es ya un puro alarido del que quiero despertar y no puedo, un puro charco de sangre que, al incorporarme de un salto, me obliga a mirarme y a mirar alrededor, tan seguro estoy de que voy a encontrarme empapado de ella.
en la fiesta del mawlid correspondiente a mis once años, a la vez que celebraba el nacimiento del profeta, celebré, sin preverlo, mi entrada en la adolescencia; en ese laberinto confuso en que el muchacho, solitario, no sabe a quién busca, y se extravía hasta que, frente a un ignoto espejo, se da de manos a boca consigo mismo.
las doctrinas de malik que nos enseñan en la madraza, los libros de la justicia y la religión misma consideran los bailes y las canciones como licenciosos y proclives a la inmoralidad. de las casas donde hay esa clase de festejos acostumbran ausentarse los alfaquíes. incluso mi padre, no muy cumplidor de las normas, cuando sale al frente de una algara, no permite tañer los instrumentos hasta atravesar la puerta de elvira.
sin embargo, granada ha hecho siempre oídos sordos a cualquier predicación contra la música. en ese día del mawlid del que hablo no había ni un rincón sin ella.
toda la ciudad era una resonancia vivaz y jolgoriosa. por dondequiera se oían los cantos andaluces que, desde que tengo noticia de mí, me enfervorizan: unos cantos que se levantan como varas de nardo, como afiladas lanzas y, de pronto, se desploman igual que las rapaces después de cernerse; se desploman quejándose y riéndose al mismo tiempo. no sé si esos cantos los encauzó ziryab el bagdadí, al que en córdoba llamaron “el pájaro negro”, pero siempre he creído que brotan de esta tierra como brotan las flores: de su clima, de su luz, de su conciencia de la muerte mezclada con el gozo de la vida.
igual que brotaban en mi alma, a la expectativa de lo desconocido, aquella tarde.
en la alhambra, el sultán celebraba una gran fiesta para los mayores, en todos los sentidos, del reino. anosotros, no sólo a yusuf y a mí, sino a algunos de nuestros hermanastros, nos permitieron asistir a otra, que ofrecía en su casa el hijo de un ministro.
su nombre es husayn, y no lo conocíamos porque había pasado los últimos años en almería con unos familiares suyos dedicados al comercio por mar. si me traslado a aquel atardecer que hoy veo tan distante, todavía me estremece su frío. mientras atravesábamos la alhambra para llegar a casa de husayn, no lejos de la de los abencerrajes, yo hacía un gesto con el que levantaba en torno mío una barrera invisible: consistía en apretar por sus junturas las mandíbulas, hasta producirme dentro de los oídos un zumbido que multiplicaba mi sensación de frío y de abandono. aislado por el ruido interior, que distanciaba todos los otros, veía con mayor precisión las hojas secas que el viento arrastraba y arremolinaba. los jardines se habían convertido en una ruina hermosa y desolada; los amarillos, los ocres, los rojizos, se entreveraban y se desprendían; caía una lluvia menuda, impávida y glacial, que levantaba de las enramadas un incipiente olor a corrupción.
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