– yo también -insinuó. ypuso su mano sobre la mía-. aunque estaríamos mejor en otro sitio.
– ¿ dónde? -le pregunté.
– ven.
me llevó, sin soltarme la mano, a un aposento pequeño y retirado.
“ din”, que nos acompañó, saltaba alrededor, feliz con el cambio.
volví a recriminarme no haberlo atado en casa. husayn con una mano acariciaba mi cara, y, con la otra, mi cintura. yo, ignorando qué hacer con mis manos, dudaba, hasta que las coloqué, como si no fueran mías -o acaso ellas se colocaron solas-, sobre sus caderas. había bajado los ojos, y me oí suspirar.
husayn me levantó la barbilla y nos miramos: todo el mundo eran sus ojos. tanto, que tuve que cerrar los míos. luego me besó en la boca. sentía las patas y los gañidos de “ din”, que reclamaba mi atención, depositada entera en otro sitio. se escuchaba una voz:
“ por la boca entra el licor que me embriaga y entra el humo venturoso del hachís.
pero los restos del vino salen por una espita que no nombro y los restos del humo son sólo risas y humo”.
la boca de husayn se demoraba sobre la mía. para poder respirar, entreabrí los labios. imaginé sus dientes algo grandes y sus labios, que había visto de cerca un poco antes. pero me pregunté por qué tenía que imaginármelos si ahora estaban entre los míos.
“ el vino y el hachís son las muletas en que me apoyo: de agradecer son ambas; pero la del vino me traba los pies y la del hachís me proporciona alas”.
nuestros cuerpos, apoyados el uno contra el otro, se frotaban y se apretaban. algo crecía en mí, se dilataba en mí con un insólito sufrimiento. sufrí un vértigo, cerré los ojos en el vacío y eché las caderas de golpe hacia adelante. husayn levantó el borde de mi falda, e introdujo su mano bajo ella. me acarició allí donde algo nuevo se tramaba, al parecer en contra mía. con la otra mano me empujó en el hombro hacia abajo, y nos recostamos sobre unos almohadones. cogió mi mano y la puso entre sus piernas: entonces comprendí lo que se alzaba entre las mías. alguien cantó, y me sonaba dentro:
“ ay, jilguero, ay, jilguero, pósate en la rama de mi cuerpo, brinca sobre ella y trina, balancéate y canta y haz tu nido en mi pecho, que ya no puede servir para otra cosa”.
“ din”, ofendido por nuestra indiferencia, se tumbó a nuestro lado, mirándonos con ojos de reproche, atentos y suplicantes. husayn me acariciaba y yo lo acariciaba.
con los ojos perdidos, llegó un momento en que creí que me estaba muriendo sobre los almohadones, y que se me escapaba la vida, y que nunca más podría ponerme de pie, ni ver, ni oír. abrí los ojos porque “ din” me olfateaba el vientre, mojado de algo que no había visto nunca. husayn yacía como desmayado al lado mío, con el pene erecto, protegiéndolo de “ din”, que a toda costa trataba de lamerlo.
– ” din” -grité, o no sé si grité-. ¡” din”!
– él sabe lo que hace -sonrió husayn y, después de un instante en silencio, añadió-: vamos con los demás.
amí me parecía que llevábamos años apartados de ellos. al volver al salón principal, todavía cantaba el hijo del herrero con su blanca y aguda voz de niño:
“ ay, jilguero, ay, jilguero, déjame besar tu cuello mientras te digo adiós”.
la mano de husayn acarició mi cuello sin detenerse en él.
– tienes -me dijo- el cachorro más bonito del mundo.
– quédate con él. quiero regalarte algo por el mawlid y por tu fiesta.
– ¿ de verdad?
– nada me gustaría tanto, siempre que me dejes visitarlo de cuando en cuando.
sonrió, me hizo una reverencia de gratitud, y llamó a “ din”.
como si comprendiese que había cambiado de dueño, “ din” corrió hacia él haciéndole zalemas, y meneando, no el rabo sólo, sino las ancas y casi el cuerpo entero.
aquella noche yo no podía dormir. estaba poseído de una agitada felicidad. oquizá no de felicidad, porque suponía que ése habría de ser un sentimiento menos torturador. lo que no me dejaba dormir era una tensión que me representaba, detalle por detalle, lo sucedido; la necesidad de que la noche no pasara, y a la vez de que llegara el día siguiente para comprobar, a su luz, que todo había sido cierto, y que, a pesar de ello, yo seguía siendo el mismo.
con los ojos abiertos en lo oscuro, percibía resonancias no percibidas hasta entonces en las noches de la alhambra: los sonidos quebradizos y entrecortados del agua, los remotos chasquidos de las armas de la vigilancia, el aire insomne desordenando los jardines, el silencio armonioso que luego he escuchado tantas noches descender desde las estrellas. me parecía que, por fin, había sabido quién era yo y para qué era yo…
me quedé dormido sin querer.
no debía de haber pasado mucho tiempo cuando me despertaron los voraces lametones de “ din” humedeciéndome la cara. sin abrir los ojos, sonreí. pensé qué fácilmente había encontrado él el camino de vuelta, ahora que yo iniciaba otro de ida sin la menor idea de dónde me conduciría. suspiró el perro, suspiré yo, y nos dormimos abrazados.
pasaron dos días antes de que volviera a ver a husayn. fue a la salida de la oración de la tarde en la mezquita de la alhambra. me saludó con amabilidad. mis ojos, llenos de intensidad, buscaron los suyos; después los abatió la decepción: husayn me miraba con la sencilla indiferencia con que miraba los árboles, el minarete, los tejados verdes, la tarde, la suave cuesta que desciende hasta la entrada principal de los palacios, y los rostros de quienes nos rodeaban. me preguntó por “ din” y me contó riendo que la otra noche no había durado a sus pies ni una vela siquiera; en cuanto apagó la antorcha para dormir, “ din” huyó de su alcoba.
husayn, en adelante, me trató como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. yasí era, en efecto: nada importante había ocurrido.
sin embargo, yo tardé en descubrirlo. cuando lo descubrí, había dejado para siempre de ser un niño ya.
estábamos jugando, entre lección y lección, en la madraza de los príncipes, dentro del recinto de los palacios. éramos doce o catorce. nos habían enviado hacía muy poco, desde loja, unos kurray: unos preciosos potros tallados en madera de colores brillantes, con los faldones de tela listada y bordada. nos los atábamos, para correr cañas, a la cintura. el de mi hermanastro nazar acababa de chocar tan fuerte contra el mío que le había partido una oreja; yo la tenía en la mano, la miraba con pena, pretendía ajustarla de nuevo a la cabeza. entonces entró un criado de la casa de mi padre, y, dirigiéndose a mí, dijo tajantemente:
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