pensé que, por mucho que viva, nunca podré lucir, aunque no sea más que por un instante, cada una de las prendas que allí hay -albornoces, aljubas, capellares, marlotas, mantos, qué sé yo- conservados en una mustia y sombría espera.
no lejos, miles de objetos disponibles para el ornamento de la corte y para la ostentación de los sultanes: almimbares de maderas de oriente, guirnaldas de abalorios, ataifores de damasco con incrustaciones de nácar, tibores de la china, copas de irak, vasos de tabaxir, cueros de córdoba y una interminable serie de porcelanas, cristales y taraceas. vi cientos de instrumentos musicales: dulzainas, bandolinas, guzlas, chirimías, trompas italianas, ajabebas, adufes, sacabuches, clarines, laúdes, cítaras, rabeles. vi una multitud de pebeteros y de perfumes envasados; lámparas y candeleros incrustados de ágatas y ónices; espejos de plata, o de marco de oro y cerco de diamantes… amis jóvenes ojos todo aquello se desplegaba como un sueño, o como un cuento de “ las mil y una noches” que pudiera tocarse.
me llamó más la atención, sin embargo, algo que no brillaba: rimeros altos y resguardados de pergaminos y papeles carmesíes: los usados en la cancillería para la correspondencia oficial. pregunté:
– ¿ puedo llevarme alguno?
el maleh, que me acompañaba, sonrió:
– no hay riesgo de que falsifiques ninguna carta regia: te falta el sello aún. cógelos.
cogí un pequeño montón. tres años después comencé a escribir en ellos estas leves memorias.
en un corredor ancho, próximo a numerosas tiendas de campaña plegadas, de las que entreví el lujo y los colores, un hormiguero de relojes de arena, de complicadas clepsidras que miden el tiempo con el agua, de largos telescopios, de astrolabios, de brújulas, de artefactos que había visto en casa del médico ibrahim, de extraños útiles de alquimia, de sopletes, de retortas, de matraces, de tablas geométricas, de aparatos y mecanismos cuya finalidad y funcionamiento yo ignoraba y aún hoy sigo ignorando.
yen estanterías adosadas a paredes más lisas y protegidas por cueros, antiguos manuscritos y libros esmerada y lujosamente encuadernados. los miré con ojos compasivos al encontrarlos tan fuera de su destino de estudio y de lectura. yen mi interior les dije: ‘ cuando reine, si reino, os subiréis conmigo. en vosotros reside la única majestad’, y me despedí de ellos, sin poder desplegar mi mirada de su significado: porque ellos son la huella y la manifestación de la sabiduría, de las ciencias que nos han hecho célebres en la historia del mundo, de la literatura que alberga las palabras de amor y de tristeza por las cuales los hombres pueden quizá salvarse.
no obstante, aún me quedaba por ver lo más fantástico. tras una puerta que sólo se abre con cinco llaves, cada una de las cuales custodia un alguacil distinto, está la habitación del tesoro real. en el centro, una luenga mesa con tablero de ágata y patas de oro. sobre ella y a los lados, vasijas de cristal donde se depositan, ordenadas por tamaños y colores, la mayor cantidad de piedras preciosas que sea dado imaginar. apesar de la oscuridad que reina allí dentro, al moverse la luz de la antorcha que el maleh llevaba, se producía un verdadero incendio frío. soy incapaz de transcribir la diversidad de piedras sin montar que allí arden, ni de aventurar su número.
sus ofuscantes destellos mariposeaban, latían, se apagaban, bullían de un lado a otro, se contagiaban prendiendo y saltando de una a otra vasija.
aun extremo, en arcones, cofres y talegos de piel, se apiñan las monedas acuñadas de oro y plata, así como bolsas repletas de oro en polvo, en lingotes y en barras.
al extremo contrario, las alhajas de los sultanes y de las mujeres de la casa real: diademas, brazaletes, arracadas, sartales, ajorcas, herretes, todo cuanto la jactancia crea para embellecer o para provocar una impresión de majestad y de opulencia. en lugar de sentirme atraído por tales galas, en que se había holgado el deseo y el arte de muchos hombres y mujeres ya fenecidos, sentí por lo que sobrevivió a sus propios dueños sólo desdén.
acaso porque, acumulados en una cantidad sobre toda medida, perdían aquello que verdaderamente aspiraban a ser: únicos, irrepetibles y ensalzadores de una persona sola e irrepetible también. al estar barajados unos con otros y constituir un apretado hervidero de esplendores, semejaban un montón de baratijas como las que se ven en un bazar cualquiera, susceptibles de servir para la colección y el intercambio de los niños. ytal vez nunca fueron más que eso.
el okailí, a quien expuse el juicio que me merecía el tesoro, me habló de la ilimitada insensatez de la ambición humana. pero, por una parte, yo noté que no quería enemistarse con la tradicional actitud de sus reyes, y, por otra, que aquella insensatez le atañía también a él muy seriamente, ya que era aficionado a sortijas y joyeles. amí, no obstante, la visita me sirvió como cura de asombros y como prevención; igual que el niño que entra a trabajar en un obrador de pastelería y, al primer atracón, deja de soñar con los dulces y empieza a aborrecerlos.
el okailí prefirió desviar la conversación de las joyas y tratar de las armas. me dijo:
– aunque no es misión mía adiestrarte en el arte de la guerra, debes saber que, entre nosotros, las artes y las ciencias no están separadas del todo, y que la poesía, un aire aromado y cálido, a todas las impregna. voy a darte una prueba. abu bakr al sairafi, un antiguo poeta, se permitió aconsejar a los almorávides, después de una derrota asestada por los cristianos, la secular estrategia de los musulmanes andaluces. porque nadie mejor que los guerreros nativos, buenos conocedores de las geografías y de los climas y del carácter de sus enemigos, para acertar en la técnica bélica que ha de ser empleada. á el infeliz el okailí miraba asimismo al pasado, sin echar de ver que quien renovase las antiguas técnicas e incorporase las novedades, apostadas ya en el umbral, sería precisamente el que habría de cantar la victoria definitiva, si es que la hay. dice al sayrafi a su imaginario interlocutor, uno de los invasores ortodoxos que soñaron con ser los propietarios del paraíso andaluz:
“ en cuanto a la estrategia, te brindo los recursos por los que los reyes de persia se apasionaron y triunfaron mucho antes que tú.
no pretendo ser un entendido, pero acaso mi compendio animará a los creyentes y les será beneficioso.
vístete una de aquellas cotas de malla doble que tuba, el hábil artesano, recomendaba.
toma una espada india, delgada y cortante, pues es la que hace más mella en las corazas, y taja con más nervio que las otras.
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