la política, querido príncipe, es, en lo más profundo, la sagacidad de saber elegir el mal menor, y de saber convencer a los súbditos de que cualquier resolución es un hecho consumado.
mientras peroraba benegas, entusiasmado con su propia oratoria, yo lo atendía con aplicación, no porque él me dijera lo que en realidad pensaba (salvo algunas excepciones más bien involuntarias), sino porque yo pensaba en la utilidad de lo que él me decía (acaso a su pesar). al ponerme en permanente guardia contra los demás, me ponía en guardia también contra él mismo. yo no le llevaba nunca la contraria; le formulaba cuestiones simples, cuya respuesta preveía; fortalecía su creencia en que yo no era muy advertido, ni llegaría a serlo nunca; procuraba acomodarme a sus palabras para que, ante mi mansedumbre, que le era tan conveniente como posible sucesor (posible sucesor yo de mi padre, y él de sí mismo), informara benévolamente al sultán. en una palabra, yo obraba como el enfermo que se traga el brebaje no tanto para librarse de la enfermedad cuanto, por lo menos, para librarse del médico.
‘ tu tío habría hecho un buen rey’, le oí un día a mi madre. ycuando más tarde mi padre comenzó a actuar con tanto desacierto, toda granada fue de la misma opinión.
mi tío, que se llama como yo, es moreno, delgado y muy alto; tiene la tez pálida y los ojos aterciopelados: ‘ mira como si acariciara’, decía subh. las mujeres, cuando lo ven, no logran apartar de él su mirada, y suspiran de pronto como si se les hubiese olvidado respirar por mirarlo. mi tío responde con una carcajada a esos suspiros: conoce su causa y la desdeña. no en balde anda siempre rodeado de mujeres; hasta en su casa, pues sólo tiene hijas.
desde antes de adquirir uso de razón he sentido por él una admiración maravillada. me habían contado que, teniendo yo dos años, él solía buscarme -’ vengo a verlo crecer’, decía-, me tomaba en brazos, me besuqueaba, y después me arrojaba por el aire y me recogía con la capa, ante el griterío de subh. hasta que una mañana se le trabó la capa con el sable y, al no extenderla a tiempo, di yo con mis huesos, todavía blandos, en las losas. añadía subh que la cara de mi tío se demudó de tal modo que ni ella se atrevió a aumentar su sobresalto con insultos. a dios gracias, las consecuencias de la caída fueron sólo unas cuantas moraduras y una gran hinchazón; pero mi tío no volvió a jugar con mi cuerpo a la pelota, y en la corte quedó confirmada su predilección por mí. si alguien me preguntaba en mi niñez a quién me gustaría parecerme, respondía sin dudar un instante. por eso cuando, unos días atrás, moraima, después de observarme con sonriente ironía, me dijo que cada vez me asemejaba más a abu abdalá, levanté la cabeza con orgullo. sospecho que ella no supo interpretar mi gesto, y calló pensando que la comparación me había incomodado.
mi padre y él, a pesar de la diferencia de edades, se llevaban muy bien. en los comienzos, mi tío lo ayudó más que todo un ejército.
entre los dos consiguieron lo que afirmó mi padre la mañana en que me llamó al consejo: un buen momento para el reino. el gobierno se desenvolvía con firmeza; los ciudadanos se sentían seguros; se respetaban los principios religiosos, lo cual proporciona a los instalados una plácida sensación de sosiego; se suprimió la delincuencia, y, sobre todo, la frontera se mantuvo estable y defendida, cosa que casi nunca había ocurrido. el pueblo, pues, estaba satisfecho con mi padre. sin embargo, contra él, y contra la ascendente estrella de benegas, pronto se levantaron los alcaides que promovió mi abuelo y que habían defendido su causa. los secundaron algunos capitanes cristianos (siempre dispuestos a alimentar cualquier discordia interna) y los abencerrajes, que no olvidaban la hostil actitud con que mi padre inició su reinado, y que sintieron la tentación de imitar a los grandes castellanos que se comportaban en la frontera como señores absolutos. estos grupos rebeldes izaron como bandera la más gallarda y noble que existía: el nombre de mi tío abu abdalá. por medio de artimañas, lo secuestraron y lo instalaron en málaga a la fuerza, coronándolo rey, y así declararon una guerra civil que pudo ser funesta. en granada, tan hecha a vaivenes, a nadie extrañó mucho; la gente opinaba, como mi madre, que mi tío había nacido para rey. yo había cumplido entonces ocho años, y cundió por la alhambra la noticia. tanto mi tío como los abencerrajes y los viejos alcaides gozaban de una simpatía que nunca alcanzó benegas, generalmente odiado, aunque luego lo sería más aún. por si fuera poco, málaga aspira por tradición a la independencia: en la dinastía anterior también fue gobernada por el hermano del último rey; ojalá sea falso que la historia reitera sus capítulos.
pero mi padre no se arredró; conocía demasiado a su hermano.
desde el principio supo que el alzamiento no era idea suya, sino una revuelta de los preteridos y humillados. á mi experiencia me dicta que los abencerrajes, como individuos, fueron siempre dignos de consideración, responsables y honrados; pero, cuando actuaron como tribu, han proporcionado muchos quebraderos de cabeza al reino.
les sucede al revés que a los voluntarios de la fe, que, como cuerpo, son una buena guardia y un buen baluarte, pero cuando han caído en manos de algún jefe intrigante, se han metido en política y han dislocado todo. por eso fue en persona hasta málaga y, mediante argucias y dinero, consiguió que mi tío escapara de las garras de los rebeldes y compareciera en su campamento. allí se mostraron los dos juntos y, sin mayor inconveniente, se sometieron los levantados ante el prestigio de uno y otro. mi tío volvió a ocupar el puesto que ocupaba; pero la represión contra los viejos alcaides y los abencerrajes fue terrible.
muchos de éstos fueron decapitados después de una cena en la alhambra, a la que acudieron embaucados por el perdón de mi padre a su hermano. los que huyeron con vida se refugiaron en castilla, o en aguilar y en medina sidonia, asilados por las familias fronterizas enemigas de las amigas de mi padre. y, tras aquel baño de sangre que suspendió el ánimo de la ciudad, el poder se estabilizó de nuevo. aunque quedó una sombra en la mente del pueblo, que estaba enamorado de los abencerrajes -apuestos y valientes y representativos- y cada día más reacio a benegas. qué misterioso el olfato de un pueblo para detectar con antelación el mal que se avecina.
tres años después, es decir, el mismo en que me entrevisté con mi padre, me mandaron a almuñécar con mi tío, cuyo cariño por mí aumentaba al seguir sin hijos varones.
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