era en alhama donde las razones de ibrahim, respetuoso investigador de la naturaleza, mejor se comprendían.
á releyendo lo anterior, me viene a la memoria algo que quizá nunca olvidé. unos años después de aquéllos a los que se refieren estas líneas, al salir de las termas romanas, que se habían conservado con sus hermosas esculturas, divisé a un muchacho tan grácil que nada tenía que envidiar a los modelos de ellas. para entablar conversación, le pregunté no sé qué. yél, al ver de cerca al príncipe heredero, sobrecogido y tembloroso, no logró responder. volvió la espalda y huyó. yo me quedé a solas, observando un rebaño de cabras que trepaba por la otra orilla del río.
especialmente me fijé en una, coja, que se esforzaba en seguir a las demás, y renqueaba, y permanecía la última siempre, arreada por el pastor, y se detenía un momento a descansar y considerar su mala suerte, y continuaba avanzando, fatigada y pesarosa, con su pata delantera rígida e inútil. no sé por qué -o sí- recuerdo con tal viveza hoy a ese muchacho ágil que huía, y a esa cabra inválida que no podía aligerar.
ibrahim era muy religioso, y acudía a todas partes con una bolsa en que transportaba, además de las medicinas más habituales, la biblia y la misná: para consultarlas si lo precisaba, o sólo para sentirse acompañado. él cumplía los preceptos de su religión con estricta observancia, y respetaba a los que cumplían con estricta observancia los preceptos de la propia.
cuando se declaró la epidemia de peste, la gente la atribuyó a una conjunción nefasta de tres astros, y hasta algunos colegas de ibrahim la juzgaron un azote divino descargado por nuestros pecados. sin embargo, ibrahim, tan religioso, entendió que todo eso eran tonterías, y que se imponía trabajar sin descanso en contra de planetas y de azotes. pregonó los peligros del contagio y la importancia del aislamiento de los enfermos; mandó hervir o quemar sus trajes y sus utensilios, y hasta los zarcillos de las mujeres; prohibió concurrir a los baños públicos que dispersaban la contaminación, y, en una palabra, atribuyó el mal a causas naturales, avivadas por la falta de higiene y por el hacinamiento y escasez de viviendas.
él sabía que los de su raza habían sido -y serán, afirmabaperseguidos en granada y en muchos otros reinos. ysabía que, en ocasiones, dieron motivos de persecución a un pueblo empobrecido por usuras, por tributos que en gran parte ellos cobraban, y por los altos precios que debía pagar a los profesionales judíos cuando los requería. ibrahim habitaba en la judería, el barrio que trepa por la antequeruela -donde se refugiaron los fugitivos de antequera cuando la toma por el infante don fernando- hasta las torres bermejas.
– así -decía-, estoy dispuesto a venir en cuanto me llamen. basta tocar un silbato desde la alhambra para que yo lo escuche.
y, en efecto, comparecía al instante con su bolsa repleta de hierbas, de remedios y de libros sagrados.
se reconocía de la escuela de ibn zarzar, un judío famoso que fue médico de pedro ide castilla, y luego embajador suyo en granada ante mohamed v, cuyos destierros y retornos siguió para conservar la vida. ibrahim estaba orgulloso de su antecesor, como físico y como hombre brillante partidario de dejar obrar a la naturaleza y despejar de obstáculos su acción. él mismo era también hombre de gran predicamento; incluso, según oí, un respetado talmudista, consultor de sus compañeros de raza en las situaciones nebulosas que a menudo suscitan sus escrupulosísimas leyes. ymás de una vez le escuché dos afirmaciones. la primera, que, para los andaluces, la religión es más que nada una cuestión de liturgia.
– yhablo de cualquiera de las tres religiones -puntualizaba-.
una serie de reglas prácticas, devociones o supersticiones para ganarse el paraíso; una serie de amenazas y prohibiciones para evitar el mal físico, y, por fin, una serie de procedimientos con que conquistar el dominio social. eso es la religión para nosotros.
yla otra afirmación es que la superioridad literaria de los judíos andaluces sobre los de otros países se debe, sí, a que son descendientes de las tribus de judá y benjamín; pero aún más que a eso, al profundo aprendizaje de la lengua arábiga, que había enriquecido y ampliado la suya. ibrahim, él mismo, era la demostración de cuanto decía: un hombre exquisita y firmemente religioso, que hablaba un bello árabe clásico, pero salpicado por las deslumbrantes locuciones y los hallazgos del árabe popular (con el acento de imala, con el que aquí lo pronunciamos), y aderezado con numerosas expresiones romances.
– al fin y al cabo -afirmaba-, un idioma ha de servir para entenderse con los otros, no para ocultarse detrás de él.
– ¿ quiénes son los judíos?
¿ qué hay que hacer, o dejar de hacer para ser judío? -le preguntaba yo.
– está claro, jovencito: haber nacido de madre judía, o haberse convertido al judaísmo. pero, si quieres saber mi opinión, en el fondo, todas las religiones son la misma. al menos, las tres que cohabitan en granada. su diferencia depende de dónde se detengan, de quiénes sean sus últimos profetas.
para nosotros, los del antiguo testamento; para los cristianos, jesús; para vosotros, mahoma.
por eso muchas veces me asalta la duda de si yo soy un auténtico ortodoxo; aunque espero en dios que así sea, pero en el buen sentido de la palabra. yo le temo a los ortodoxos, porque suelen convertirse en fanáticos. acuérdate de los almorávides: para nuestra cultura y nuestra tranquilidad fueron como un martillo. en la biblioteca de la alhambra existe la copia de un libro escrito por el último rey zirí, que deberías leer por si un día te encuentras en el mismo aprieto. aél le arrebataron granada los ortodoxos, y lo desterraron a áfrica. no lo olvides, boabdil. abdalá fue también su nombre. vivió hace exactamente cuatro siglos.
– si es como dices, ¿qué diferencia hay entre las religiones para que sean tan incompatibles?
– quizá ellas no lo son, sino nosotros. ahí está mi peligro de heterodoxia. después del exilio del pueblo judío a babilonia, en el que no cantábamos porque no éramos libres y colgamos nuestras cítaras de los árboles; después de la destrucción del primer templo, surgió entre los judíos el temor a ser asimilados, a que se nos borrara como pueblo por la importancia de los vencedores, o por la importancia del helenismo en tiempo de los macabeos. por eso nuestro fin principal fue la continuidad, nuestra preservación como pueblo con características propias y singularidades. ypara ello se insistió, sobre todas las cosas, en las prohibiciones, paralizando la evolución. en tales circunstancias, imagínate qué tragedia supuso la destrucción del segundo templo por los romanos. ello confirmó nuestros temores. pudimos haber aceptado la doctrina de jesús; pero sus seguidores gentiles la hicieron antagónica del espíritu hebreo, y, por si fuera poco, mi pueblo perdió la tierra prometida. tuvimos que defendernos, agruparnos, encerrarnos alrededor de nuestros rabinos: el talmud fue nuestra patria, el sustituto del suelo de la patria.
Читать дальше