“ de terciopelo son sus flancos, tachonados de alhajas: la mano del destino recamó su prodigio.
deslumbrante su piel, como un jardín donde florecen las juncias entre anémonas: blanca y jalde a la vez, igual que plata sostenida en oro.
semejante a unos arriates de narcisos en los altos ribazos donde serpea el arroyo”.
muley me hacía dibujos de flores, de fieras y de aves, que se cuidaba luego de romper para no quebrantar las normas del corán.
me describía criaturas increíbles; ríos que, si yo hubiera soñado, no habría conseguido soñar nunca; gacelas con los cuernos más finos y altos y retorcidos que es dado imaginar; cabras tan distintas a las nuestras que jamás les habríamos dado ese nombre; paquidermos como edificios, y de piel más dura que las corazas de los guerreros; ingentes animales, inofensivos y cariñosos como pájaros, y pájaros que llevan los colores del iris en cada una de sus plumas. me describía a los hombres que se comen unos a otros; a los que descansan apoyados sobre una sola pierna; a los que, igual que los cristianos, se alimentan de bestias impuras; a los que adoran piedras, o árboles, o la luna, o el sol; a los que gimen y gritan cuando sus mujeres están de parto, y a los que, para evitarles la vejez y sus tristezas, matan a sus padres por amor.
– aunque pienso -concluía- que lo mismo sucede en todos sitios.
nos sorprendemos de aquello que no hemos visto desde niños; pero en granada hay también quienes adoran el dinero; quienes, para que se les considere, fingen el mismo sufrimiento que provocan; quienes descansan, como tu tío yusuf, sin tenderse ni de noche ni de día; quienes destronan a su padre para sustituirlo en el poder…
yo bajé los ojos al escuchar lo último, porque comprendí que se refería a mi padre, a quien no parecía tener devoción excesiva.
a muley toda la alhambra lo hallaba grotesco y divertido igual que un chascarrillo inventado por la naturaleza. amí, por el contrario, me parecía solemne y variado como un libro que jamás se acabase, y nunca me hartaba de escucharlo. él era el único de los criados cuyo rostro no se cerraba al aparecer el amo a quien servía.
el único que adquiría de repente una expresión señorial y enigmática cuando entrecerraba los ojos, a pesar de tenerlos como huevos enrojecidos, y marcaba con los dedos sobre un tambor pequeño un ritmo volandero, tenaz y alucinante, que a mí me producía a veces sopor y a veces una excitación incontenible.
una noche me fue a buscar y, contra el parecer de mis nodrizas, me sacó al patio bajo la fría luz de la luna llena, y me obligó -tan sólo con el son de unas frutas secas dentro de un cantarillo- a bailar y bailar lleno de gozo, mientras él entonaba una insondable salmodia, y se movía más ágilmente que una bailarina, como si el peso de su jiba se hubiese evaporado.
las nodrizas, contagiadas por el alegre misterio, acabaron por acompañarnos también con sus palmadas, hasta que un mayordomo nos ordenó con muy malos modales volver a las alcobas.
creo que fue al año siguiente -aunque insisto en que, para los niños, el tiempo se amplía o se empequeñece, como un recipiente cuya importancia no depende de él, sino de su contenido- cuando, a la vuelta de salobreña, no encontré ya a muley. unos me dijeron que una noche se había despeñado desde el cerro del sol, donde se aventuró a subir borracho; pero yo sabía que él era de los pocos que en la alhambra no bebía. otros me dijeron que no había regresado de la sierra, a la que subió en busca de hierbas para los médicos. otros me susurraron que mi padre había mandado cortarle la cabeza, porque se negó a burlarse de mi madre como le ordenaba soraya. otros, por fin, a los que me cuesta menos creer, me dijeron que, habiendo visto ya cuanto tenía que ver en el reino de granada, se fue a la cristiandad a conocer otros lugares, otras costumbres y otras gentes.
sea de él lo que fuere, me habría complacido tenerlo más tiempo junto a mí. hoy incluso, porque era alguien en quien se reflejaba el mundo entero. sentí no haberme despedido de él. dificulto que haya otro hombre que merezca ser príncipe más que él, ni otro a quien le siente mejor el nombre de muley.
ibrahim, el médico judío.
de cuantos médicos ejercen en la alhambra, y su número es grande, ninguno tan cercano a nosotros como ibrahim. era minucioso y cargante: de una bondad y una paciencia tales que ponían a prueba la paciencia y la bondad de todos.
perito en hidroterapia, tenía una confianza acendrada en la virtud curativa de las aguas. á gozaba fama de tener infalible ojo clínico y una estupenda facultad para diagnosticar; yo no estoy seguro de que a mi tío yusuf le ayudara extraordinariamente, pero tampoco mi tío se dejaba ayudar. opinaba que el hombre había nacido para la salud y que, si la perdía, era por error suyo, aunque la naturaleza disponía de medios suficientes para devolvérsela sin recurrir a la mano de otro hombre. recelaba de los astrólogos, y, a pesar de admirar a los cirujanos, los miraba por encima del hombro -lo cual es una paradoja-, por entender que las vías de la naturaleza no es bueno contrariarlas, ni interrumpir sus ritmos. se llevaba especialmente mal con otro médico, llamado alí ibn mohamed ibn muslim, de notable habilidad en las intervenciones quirúrgicas, y su vanidad sufrió un rudo golpe cuando tuvo que ponerse en manos de su rival para que lo operara de cataratas, porque estaba perdiendo la vista a ojos vistas (si es tolerable hacer un retruécano con algo tan grave).
á tengo entendido que las extirpan, o bien por extracción, o bien por reabsorción mediante agujas metálicas ahuecadas. comentaba mi madre que en el plazo que su curación había impedido a ibrahim tratarnos a nosotros, habíamos gozado de envidiable salud.
la opinión de mi madre es, sin embargo, rebatible; ella es poco propensa a contar con nadie que no sea ella misma. hasta tal punto que, siendo ibrahim el responsable de sus viajes a alhama para remediar su ciática -o fuese cual fuese la causa de sus molestias-, nunca le confesó que mejoraba, aunque continuó yendo a los baños con puntualidad, y llevándonos a mi hermana, a mi hermano y a mí, supongo que para aligerar su aburrimiento. alguna vez nos acompañó el propio médico. ¿ cómo olvidar esos viajes anuales? su anuncio nos desvelaba desde muchos días antes, puesto que perdíamos memoria de un año para otro de lo pronto que nos hastiábamos. yo, en cuanto veía el paisaje ondulado y fértil de las cercanías de alhama, las verdes vegas con tan vigilante amor cultivadas, las laderas de olivos, y las lejanas sierras, que hasta marzo conservaban aún restos de la nieve, sentía como un abandono interior, una disponibilidad, por gratitud quizá al alejamiento de la monotonía de la alhambra. aún hoy me enternecen el puentecito sobre el río, las caídas de agua caliente, ferruginosa y salada, los barrancos con sus rocas todavía no asentadas, los pájaros que gorjean allí con otro brillo. yo paseaba bajo la arboleda. ¿ pasear?: saltaba, como un pájaro también, desde una franja de sol a la siguiente, y evitaba, casi volando, la sombra de las copas. escuchaba el gran ruido de la cascada cerca del agua quieta, como un espejo rodeado de zarzas, donde los ruiseñores anidan. ysiempre me sorprendía comprobar que el agua humeante desembocara en un arroyo tan helado.
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