– entonces, sí.
– ojalá seas en todo igual. tu tío es fuerte, generoso y valiente.
– eso aseguran todos.
– yo hice con él una campaña muy cerca de comares, aunque no soy partidario de las guerras. da gozo verlo galopar a banderas desplegadas.
yluego, sin dejar de sonreír, se despidió. yo vi perdida mi oportunidad. alargué, bajo el albornoz, la mano, pero ya sin motivo, porque muley se alejaba. y, de repente, se volvió.
– si lo que quieres es tocarme la joroba con lo que guardas ahí debajo, no lo dudes y hazlo. ya estoy acostumbrado. me encanta ser portador de buena suerte para los demás.
– no, no -repliqué aturullado-.
dios te bendiga, pero no.
– está bien. hasta pronto.
yentró en el palacio, que entonces habitaba uno de los visires de mi padre. en ese momento, cayendo precipitadamente en la cuenta de que jamás se me presentaría ocasión tan propicia, corrí tras él y, sin decir palabra, restregué furiosamente el collar y la bolsa contra la chepa de muley, que se retorcía de risa, en un ángulo del estanque.
avergonzado de mi conducta, procuré esquivarlo durante mucho tiempo. faiz me repetía que sus monedas, contadas y recontadas, no se multiplicaban. subh, sin embargo, publicaba haber entrado en una racha de fortuna, tener novios a montones, y que su verruga del pómulo izquierdo -que antes era un simple lunar, y ahora estaba lleno de pelos- se reducía por momentos, gracias a una navaja de jabalí que colgaba de su collar. pero ¿cómo iba yo a escucharlos? en la alhambra todos nos encontrábamos, y yo temía la hora en que habría de enfrentarme cara a cara con el etíope, ‘ante el que el mismo sol se negaba a salir’.
fue un mediodía. acababa de evitar un encuentro con muley, que venía de frente hacia mí, no lejos de la rauda donde yacen los antepasados, y el corazón me latía tan fuerte que tuve que recostarme en la pared. pasado el peligro, casi veía aún su chilaba azul inflada por la jiba, cuando por el otro lado, exactamente por el lado contrario de la calle, apareció otra vez muley. dejó caer su terrible mano sobre mi hombro, y yo supe que estaba completamente perdido y que allí mismo me estrangularía. sin embargo, aquella mano subió hasta mi cuello y mi mejilla con una suavidad inesperada.
– creí que éramos amigos desde el otro día; por lo que veo, no es así.
tartamudeando de miedo le pregunté:
– ¿ es que tú quieres ser amigo mío?
– no deseo otra cosa. si me das permiso, te acompaño donde vayas.
– no voy a ningún lado. sólo huía de ti.
– ése será un trabajo que te ahorrarás de ahora en adelante.
nadie me había fascinado tanto como él con sus relatos fabulosos.
nadie como él despertó en mí el deseo de viajar y conocer tierras exóticas, remotos paisajes, gentes nuevas de costumbres insólitas, animales y flores recién estrenados por mis ojos. por desgracia, hasta ahora no he podido realizarlo.
– yo, boabdil, como la granada y como tú, coronado nací. pertenezco a la familia imperial de etiopía, más antigua que el mundo, que se vio destronada por otra, enemiga aunque no de distinta sangre, hace ya quince años. todos mis hermanos murieron; pero yo, a quien, por mi monstruosa apariencia confundieron con un esclavo desechable, logré escapar de la matanza. eso prueba cómo nunca se sabe qué es lo malo o lo bueno, qué lo que cae y qué lo que se eleva, y cómo hay algo siempre peor que lo peor. amí, que me quejaba a los dioses de mi pueblo, antes de convertirme, por haberme hecho deforme y repugnante, quién me iba a decir que un día daría gracias al amor de dios que, bajo este disfraz, salvó mi vida. mi nombre no es muley; o a muley debería seguir mi propio nombre. soy fawcet, príncipe de etiopía, aunque un príncipe sin reino no es más que un vasallo que ha de ganarse el pan y la consideración ajena, y mirar siempre el rostro de quien manda para procurar aligerarlo de nublados. dicen que engendra alegría beber en vasos de oro y oler narcisos; dicen que sentarse a la vera de un río junto a una mesa de arrayán cura la melancolía. yo, como copero de farsa que soy, sigo esas recomendaciones, salvo la de beber vino, porque acato los preceptos del profeta; pero lo único que con ello se consigue es reavivar los recuerdos de cuanto se tuvo y se perdió. apesar de todo, he aprendido de los andaluces la mejor lección: disminuir las necesidades para disminuir las fatigas que cuesta satisfacerlas. yasí he llegado a necesitar muy pocas cosas, y esas pocas, muy poco. porque la verdadera felicidad no está en tener, amigo mío, sino en ser y en no necesitar.
yo le planteaba la cuestión de si podría alguna vez sentarse en su trono familiar, y de si habría acertado al huir tan lejos de su patria.
– nadie -me contestaba- puede retener un reino sin contar con sus pobladores. quizá mi familia gobernó mal, y los súbditos se sacudieron su yugo para siempre. pero no hablemos del pasado: contar una catástrofe es como perecer de nuevo bajo ella. he visto demasiada hermosura en el universo como para entristecerme porque sólo yo sea feo y desdichado. cuánto me gustaría enseñarte lo que llamas mi patria. yo nací en el mismo macizo montañoso en el que nace el nilo azul. siguiendo su sendero de agua atravesé el sudán y el egipto de los mamelucos y de los fatimíes. serví para lo que me mandaron servir, y complací a quienes me asalariaban. he sido esclavo libre tantas veces, que ya no veo diferencia entre la libertad y la esclavitud. he desempeñado oficios tan distintos, que podría naufragar en una isla solo y saldría adelante. he tratado gente tan diversa, que nada hay ya que logre sorprenderme. sin embargo, añoro aquí, ante esta ciudad tan bella que un día heredarás, las dimensiones de mi tierra. añoro la lenta majestad de los leones, la serenidad indiferente y rayada de los tigres, los indescriptibles plumajes de las aves. añoro una naturaleza no sometida al hombre, que se entrega, inagotable e incansable, sin esperar siquiera que nadie la recoja.
yo le mostraba mi colección de animalitos de cerámica, y él me hablaba de animales incógnitos; de la jirafa, sobre todo, a instancias mías. eran tan expresivas sus palabras que las confundo aún hoy con los versos de ibn zamrak. á el poeta que colmó de aleyas y de antífonas las paredes de la alhambra en la época de mi antepasado mohamed v, y cuya historia, como ejemplo de la justicia de la vida, me complacería contar tarde o temprano, porque estoy convencido de que el que a hierro mata a hierro muere. dicen así:
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