se me ha ido la mañana procurando resolver con tiento sus pleitos, sus carencias, sus disputas. me he sentido como un niño que imita los gestos de un sultán a la puerta de su mezquita, y juega a administrar justicia, y se cansa de pronto de jugar. abrevié cuanto pude la reunión, y salí con suspicacia y cautela al jardín. no lo había visto desde entonces. está en flor.
ignoro cómo los vegetales trabajan en su sigiloso taller de savias y raíces. yo me despierto, como el jardín, cada mañana, con la sensación de haber soñado la solución de todo y de haber olvidado el sueño al despertar. he percibido hoy la soledad del jardín contra la mía; no en torno mío su soledad, no, sino lidiando contra mí. igual que si nuestra alcoba predilecta se hubiera convertido en una sala de tortura, y en ella hubiesen amordazado a alguien dentro de mí: alguien que necesita expresar algo con una urgencia ineludible. ¿ por qué no lloraré? ¿ por qué he reprimido el llanto desde hace tanto tiempo?
hoy me asalta el temor de haber extraviado no sé el qué no sé cuándo, o de haber omitido un quehacer: el más esencial, para lo que nací. después he hallado muchos, cientos de ellos, y he trabajado y fracasado en muchos; pero ya distraído, con la memoria apasionadamente vuelta atrás, y el alma suspendida de una alegría ya no recuperable. hoy me encuentro -y me parece que también el jardín que farax y yo amamos- igual que quien escucha en vilo un complejo relato, y deja de atender un sólo instante, y desoye un minúsculo fragmento, y a partir de ahí zozobra, y todo es ya un ininteligible laberinto y un enmarañado ovillo en el que, cuanto más persigue el hilo, más se enreda. hoy estoy como alguien, sumergido en tinieblas, a quien se hubiese prometido que se hará una instantánea luz sobre una recóndita salida, pero sin decirle exactamente cuándo, y, confiado en la promesa, acecha, se desoja, aguarda aquel destello, aquella salvadora chispa, sin atreverse a reposar ni a moverse, porque ignora cómo y en qué momento sobrevendrá la efímera ocasión de volver a la claridad.
en esta blanca mañana de primavera, ¿es el jardín quien habla en mi favor? ¿ es farax quien me habla, a través del jardín del que ya participa, o es la vida, que nos incluye a todos, vivos y muertos, y cuyos drásticos y maternos mandatos he desobedecido? ¿ no estaré yo sin saberlo, igual que farax sin saberlo también, a salvo en el jardín?
balbuceantes y agridulces pasan así mis horas. estériles en busca del destino, siendo así que es al destino a quien le corresponde la labor de buscarme. oquizá mi indecisión provenga, como la de este jardín primaveral, de haber perdido lo que era más mío que yo mismo.
sin embargo, ¿no es ahora el jardín quien lo posee? cuando pase la ardiente batalla de las rosas, tendremos que firmar una ardiente paz este jardín y yo. quizá una paz eterna.
aben comisa volvió de barcelona. me esquivaba, pretextaba cansancio, se hacía el huidizo; tanto, que sospeché una mala pasada. el maleh daba largas también a mis preguntas: algún atisbo había de tener. superando mi desgana, convoqué irrevocablemente a aben comisa. una vez en mi presencia, ante mi rigidez, eligió cortar por lo sano. me alargó un legajo.
mientras lo leía -aunque no necesité más que echarle una ojeada para saber qué era-, él intento amortiguar el golpe ponderándome las ventajas obtenidas, lo benigno de las condiciones, y su prudencia al adelantarse a unos acontecimientos que se habían hecho, según él, inevitables.
dejé de leer los papeles.
supuse que él, al tanto de mi marasmo, imaginó que una vez más yo iba a pasar por alto su vil comportamiento. lo fleché con los ojos.
– ¿ qué significa esto? -pregunté agitando los papeles.
– los reyes han sido generosos porque, en vista del amor que te profeso…
– ¿ qué significa esto? -insistí.
– cuando lo leas despacio, comprenderás cuánto hemos de agradecer…
lo interrumpí. me había acercado a él. entre su cara y la mía no cabía ni un puño.
– ¿ qué significa esto? -le golpeé con los papeles en el rostro. retrocedió asustado. había palidecido-. ¿ es esto una escritura por la que vendes, en mi nombre, todas mis propiedades a castilla? ¡ perro traidor! ¿ es esto un compromiso de abandonar mi tierra y no volver jamás? ¡ hijo de puta!, ¡dilo!
– no quedó otra salida -balbuceaba-. los reyes lo exigían. tu vida está amenazada. si no hubiese firmado, habrías muerto…
no sé qué aspecto tenía yo; él temblaba. vi sobre un arca un alfanje, y ya no vi otra cosa. se había borrado todo. sólo estaban la traición y el alfanje: el alfanje, que lo llenaba todo, y la traición, que todo lo ensuciaba.
debí de apretar tanto las mandíbulas que me duelen aún. cogí el alfanje, lo desenvainé, lo enarbolé con una frialdad tan consciente como maquinal, y asesté un golpe contra el pecho de aben comisa.
se retiró de un salto, pero no lo bastante como para que el filo no rasgara la tela de su traje. gritó con voz aguda:
– ¡ amí! ¡ el señor me mata!
¡ amí! ¡ me mata!
el maleh debía de estar a la escucha en un lugar muy próximo.
apareció en el momento exacto: ni antes, ni después.
– sal, perro -le dijo al alguacil-. por fin has mordido a tu amo. ¡ vete! - le empujó fuera de la sala-. ¿ cuánto has cobrado, infame? - luego se me acercó con los brazos muy abiertos, como para indicarme su indefensión-. calma, señor. estudiaremos esos documentos. los miraremos. cálmate. ese cobarde apestoso fue a barcelona sin poder tuyo. no te representaba. lo que ha hecho es nulo.
tendrá remedio; pero cálmate.
arrojé el alfanje contra la pared. rebotó. miré dónde caía.
cayó junto a la puerta por la que en ese instante entró moraima. me sorprendieron a la vez su rapidez, mucho mayor de lo que su embarazo le permite, y una sonrisa que la rejuvenecía. pensé: ‘ voy a marchitar esa sonrisa, pero…’ iba a contarle la felonía del alguacil.
aún sostenía -no entiendo cómo- en mi mano los papeles.
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