– lo sé todo -me dijo.
– ¿ por qué sonríes entonces?
– levanté el legajo-. ¿ sabes lo que quiere decir esto?
– sí; que estás vivo, boabdil.
– se agachó con dificultad, recogió del suelo el alfanje, y lo apretó contra su pecho-. que estás vivo otra vez. nadie quiere matar si no está vivo. el resto no me importa.
no he vuelto a ver a aben comisa. no fue preciso desterrarlo de este pequeño señorío: sin despedirse de nadie, ha desaparecido. se llevó a su familia, y al mismo tiempo que él me han dejado bastantes de los que me siguieron.
los comprendo muy bien. yo mismo me pregunto qué hago aquí, cercado y vendido en la tierra que me tuvo por rey. mis vasallos no llegan ya a dos mil.
hoy, 10 de abril de 1493, después de tratarlo con moraima y en presencia de ella, he llamado a mi secretario mohamed ibn nazar, a el maleh, a bejir y a abrahén el caisí. redactada por el primero, he otorgado autorización al segundo para que llegue, con hernando de zafra, a un acuerdo sobre la venta de estos estados que me quedan y sobre mi partida a áfrica. el texto lo ha traducido el caisí. con esta decisión sé que agoto mis últimos poderes; acaso no existían. oponerse a la fatalidad es dar coces contra el aguijón. al ver la fecha, he pensado que otros abriles me fueron más propicios.
inmediatamente deseché el pensamiento: no quiero refugiarme en el pasado; no lo haré nunca más. firmé con mi nombre, y sellé el documento con mi sello privado; es el único sello que conservo.
no es que el hombre se solace en su desgracia, pero se amolda a ella. vivir sin esperanza es un dislate, o quizá un imposible. se sacan fuerzas de la flaqueza con la espontaneidad con que crece la yerba en un estercolero. oen una tumba.
moraima, frente a mí, tiene su postura habitual: las manos recogidas sobre su regazo ya muy protuberante, y los ojos volcados hacia la vida nueva. yo he cubierto sus manos con las mías.
– no son sólo nuestras manos lo que apoyamos aquí, moraima.
– el sol es el mismo en todas partes -me ha respondido con su voz templada-. tú y yo juntos con nuestros hijos, fuera de tanta agitación y tantas mezquindades, indiferentes a la avidez de los poderosos y de quienes tratan de serlo, conseguiremos finalmente la felicidad. - en aquel momento era para mí la madre que nunca había tenido-. en una tierra que no te haya sido robada, y que no nos haya robado a su vez a los seres que amábamos y amamos.
el maleh regresó de granada.
sólo ha tardado cinco días en extender con zafra la escritura de mi entrega total. sin duda los reyes acucian mi partida, que redondea sus propósitos. tienen ya virtualmente la península entera bajo su cetro, y proyectan nuevos viajes a los mundos recién descubiertos. si dios está con ellos y les vale, ¿qué necia resistencia puedo oponerles yo?
me planteo ahora la elección del lugar en el que emprenderemos otra aventura, si es que es factible semejante quimera. moraima y yo deseamos uno pacífico y salubre, en donde se preparen nuestros hijos para un porvenir que se les ofrece acaso demasiado versátil, y en donde a nosotros se nos permita descansar. barajamos los nombres de orán, de túnez, de fez, de alejandría. túnez me atrae por encontrarme en él con mi tío abu abdalá, del que nada había sabido en los últimos años, y que recientemente parece que ha pasado allí desde orán; pero hay nuevas de que esa tierra se halla afligida por la calamidad, la carestía, la escasez y la peste. por otra parte, alejandría está en exceso lejos de esta patria, de la que aún confío que dios no haya desarraigado el islam para siempre.
la opción -y eso sí que es nuevo- depende en exclusiva de nosotros. quizá me pavoneo hablando así; pero, ilusionados con tal libertad, proponemos sin prisa pros y contras como niños que vacilan, en las vísperas de su fiesta, sobre qué regalo pedirán a sus padres.
aún no he ratificado las escrituras; sin embargo, he prometido a zafra que, cuando pasen los calores del verano y antes de que las tormentas encrespen el estrecho, pasaré con los míos al otro continente. de momento somos libres -o nos sentimos, lo que es suficiente y habitual entre los hombres-. o, por lo menos, nos empeñamos en sentirnos libres.
el embarazo de moraima avanza a velas desplegadas. mis hijos y nosotros, y confío que los que bien nos quieren, estamos consagrados a él. de él hablamos; a él nos remitimos de continuo. nunca antes he estado tan unido a mi esposa; en sus desfallecimientos, en sus caprichos un tanto inusitados, en sus vacilaciones al subir y bajar una escalera, siempre estoy cerca de ella. creo que mi encomienda fundamental es ahora ésta: preparar la bienvenida a lo que venga. deseo que mi tercer hijo nazca en andalucía, aunque el resto de su vida -¿quién lo sabe, después de mi experiencia?- se desarrolle en una tierra extraña. extraña para mí, no para él. quizá sea eso lo que nos separe.
mi madre, entre las decepciones y la edad, está más insufrible, si es que cabe. ha empezado a sentir -y a exteriorizarlos, que es peorcelos del niño que va a nacer, porque acapara nuestra atención, y porque ahmad, que ha vuelto con nosotros a petición mía, lo ha adoptado como algo de él y protegido suyo.
imagino que mi madre echa de menos sus intrigas con aben comisa, que fomentaba sus baldías presunciones para tenerla de su lado; que la contraría que no la consultemos en el asunto de nuestro traslado ( moraima y yo nos resistimos a llamarlo exilio), y que la mortifica tener que reducir su pasión de mando a los estrechos límites de una alcazaba provinciana. ella, que sobre el mapa de granada, trazó en un tiempo estrategias y fronteras, ahora ha de conformarse con decidir si se muda un palmo más allá o más acá la orla de espliegos de un arriate, o si se aplaza la poda de un laurel.
los meses de mayo y junio, con sus amenas horas indolentes, me han hecho acordarme de faiz, el jardinero de mi infancia. cómo me gustaría tenerlo, entre zafio y perspicaz, al cuidado de este jardín que pronto dejaremos y que, como si lo adivinara, se esfuerza en prodigar perfumes y en regocijarnos el olfato y los ojos. yaun los demás sentidos, porque todos reciben gusto de él.
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