¿ qué les importaba que el aislamiento infligido por los cristianos no fuese total, y quedaran exentas de él las cuencas altas del darro y del genil, con los frutos de la huerta y de la ganadería de las vegas de zenes, de dúdar, de quéntar y beas, de pinos genil y güejar- sierra, aparte de los caminos arriscados pero andables de las alquerías y aldeas alpujarreñas, muchas de las cuales aún eran musulmanas? los granadinos, aunque no se lo confesasen, ardían en deseos de zafarse como fuese de unas circunstancias que se les hacían insostenibles, y salir de las cuales como fuese, por el solo hecho de salir, se les antojaba un bien inapreciable.
ytampoco les importaba contar con defensas que eran otro bien inapreciable: la resistencia de alfacar, por ejemplo, con la que todos los arranques cristianos, reiteradamente lanzados contra su fortaleza, no habían podido; o tener dentro de sus muros las dos ciudadelas mejor guarnidas y más grandes de europa según mis noticias: la alcazaba del albayzín y la alhambra (entre las que yo oscilaba con moraima y mi hijo yusuf, acompañado por farax, sin ton ni son en apariencia, aunque generalmente por causa de amenazas y atentados que había de eludir).
yse manifestaban asimismo indiferentes los granadinos a las heroicas gestas que para animarlos toleraba yo, aunque estaban oficialmente vedadas; me refiero a las acciones campales, aceleradas y efectivas, que denodados jóvenes emprendían aún, y que sembraban la inseguridad hasta en el campamento de santa fe, cuyos muros algunas noches alcanzaron, matando centinelas, sorprendiendo guardias y asaltando convoyes. pero los granadinos sólo tenían ojos para su mal, no para lo que los debía de alentar, y tampoco para el mal de sus enemigos, que en cierta amarga forma contrapesaba el suyo.
¿ oes que se encontraban los cristianos en condiciones óptimas?
acausa de la suciedad y de la inmundicia de piojos, chinches y pulgas, se desencadenaron en sus reales epidemias que, por alto que fuese el nivel de sus hospitales, ocasionaban bajas y fugas. faltaba el dinero, que no siempre lograban recaudar, ya porque se negaran los pueblos, ya porque los recaudadores lo sisaran, ya porque se aprovechara el papado y lo escatimaran las órdenes religiosas, abrumados todos por la prolongación de las campañas: ni a los súbditos ni a los aliados puede exigírseles un gran esfuerzo duradero. el agotamiento de los concejos, el desconocimiento de castilla sobre qué era granada, qué su reino, cómo se desenvolvían las conquistas y qué se adquiría con su dinero, eran muy perjudiciales. la necesidad de hombres aumentaba al ritmo de nuestros asaltos; hubieron de establecerse por la vega grupos de lanceros en turnos de día y de noche, y, alrededor de santa fe, trincheras, parapetos y avanzadillas surtidos por soldados, en una incesante actividad que los desalentaba al transformarlos de asediadores en asediados. era tanta la perentoriedad que los reyes tenían de apresurar la entrega de granada, ya que no su conquista, que tuvieron que intervenir con decisión, por procedimientos sesgados, para empeorar las condiciones físicas y morales de los granadinos y apremiarnos así a la negociación. recibíamos noticias del malestar de los cristianos, que presenciaban el correr del tiempo y el gasto de sus arcas y de sus márgenes de recuperación, sin avanzar ni un sólo paso. recibíamos noticias de la acuciante tentación que sufría fernando de levantar sus tiendas, dejar una guarnición como testigo y aplazar hasta el próximo año, en que estaría ya deshecha granada, la arremetida final. recibíamos, a través de nuestros escuchas -que eran de vaivén en la mayor parte de las ocasiones-, los ecos de las desfavorables nuevas que les llegaban desde fuera a los reyes: el incendio de medina del campo, una de las ciudades más ricas de castilla y la mejor proveedora por devoción a su reina; la muerte del príncipe heredero de portugal, hacía tan poco casado con la hija mayor de los reyes, a la que le abrieron las puertas de santa fe transformada en una casa de duelo, hasta el punto de que tuvieron que enviarla a illora, con don gonzalo de córdoba, a que él la consolase, ya que bastante tenían los soldados con sus propios desánimos. pero los granadinos, desde que vieron blanquear el campamento, que encalaban los cristianos casi a diario precisamente para que fuese divisado y admirado, vivían obsesionados por sus propias heridas, y no cesaban de contemplarlas y agrandárselas a fuerza de hurgar en ellas. con lo cual, cuando al acercarse el invierno se agravaron esas heridas para todos -sitiados y sitiadores-, la depresión de los granadinos llegó a su ápice y se produjo el estallido.
los víveres empezaron a faltar en cuanto las nieves y los hielos obstruyeron los contactos con las alpujarras, menguaron las posibilidades de viajes productivos, y los cristianos, más duchos que antes en atajos y en trochas, se adiestraron en impedir entradas y salidas. con ello se produjeron motines de los más poderosos, que no veían suficientemente protegidos por los justicias sus bienes, sus casas y posesiones. hubo saqueos, con los que los pobres buscaban su manutención a costa de los ricos; saqueos desenfrenados, en los que se llegó a matar propietarios, a arrasar mansiones, o a instalarse por las bravas en ellas, destruyendo sus jardines, acampando en sus suntuosos salones y atropellando a las mujeres de sus harenes. las discordias civiles, que antes se basaron en diferencias políticas, se basaban ahora en profundas diferencias económicas, más insalvables todavía y más tajantes. el hambre, como consejera desatentada, hizo su aparición en este paisaje, incitando a quienes la padecían a una especie de locura. los hambrientos se asomaban a las murallas a las horas de comer, e imaginaban cómo se saciaban los cristianos de los alimentos de que aquí carecíamos. ya nadie recordaba que, no mucho tiempo atrás, cuando hacían presa nuestras tropillas en rebaños cristianos de vacas o carneros, hubo tanta abundancia de carne en granada que por un dirhem pudo comprarse un arrelde de ella; hecha la digestión, el cuerpo olvida, y reclama una ingestión nueva. ver a las mujeres con sus hijos en brazos, por las callejuelas, voceando su laceria y su indigencia; ver a los viejos sentados al sol contra los blancos muros, resignados a una muerte anticipada contra la que no hallaban remedio alguno; escuchar los gritos de numerosas cuadrillas que, sin otro quehacer, requerían que se llegase a un arreglo con los cristianos, o que se les permitiese a ellas mismas hacerlo; escuchar a los más exaltados pedir que se abrieran las puertas, y se les dejara ir al real de los enemigos para rendírseles; presenciar los continuos retos de caballeros cristianos bien atalajados y sustentados, aunque fuese sólo en apariencia, que se acercaban con plumas y estandartes para provocarnos y excitar a los súbditos a la rebelión, todos eran cuadros que originaban en quienes gobernábamos -aunque, como luego diré, no en todos- graves escrúpulos sobre nuestras decisiones.
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