‘ estúpidos’, pensé. ‘ no, inconscientes’, pensé. sentí piedad por ellos y algo muy parecido a la ternura. ‘ los estoy viendo, y dentro de muy poco no los veré ya más.
ahmad, mi hijo, está en moclín, ignorante de lo que aquí sucede; moraima y yusuf me aguardarán en vano.’ vi el ejército enemigo, impaciente, piafante como sus caballos, ordenado. sin darme cuenta, buscaba con los ojos a gonzalo fernández de córdoba; no lo encontré. pensaba: ‘ para unas fauces tan grandes, somos sólo un bocado. cuanto antes seamos engullidos, mejor.’ mandé avanzar un poco. ‘ es como una corrida de toros: se cita al animal moviéndose ante él para que se arranque y embista. seguramente es lo mismo que ellos planean. el triunfo del que corre bien toros consiste en no perder la iniciativa. los cristianos quieren que nos alejemos lo más posible de las murallas para correr luego más de prisa que nosotros, e impedir nuestra vuelta, y ganarnos la mano en las entradas.’
– ¡ esperad ya! ¡ deteneos! ¡ ya basta! -mandé.
– se acercan -era la voz de farax.
me volví. estaba tenso, absorto en el ejército contrario, de pie sobre los estribos, estirado el cuello de un modo increíble. era un niño atento a su tarea.
– van a atacarnos. ¡ nos atacan! -decía como para sí mismo.
en efecto, nos atacaban. pero, en lugar de concentrarse, se abrían como un gran abanico. ¿ pretendían envolvernos? abarcaban un frente mucho mayor que el nuestro. se dividían en numerosos cuerpos. se adelantaban todos a la vez, seguros y ligeros. antes de que me diera tiempo a entender ni a decidir, abdalbar bajó al galope la cuesta.
me distrajo su repentina decisión, tomada sin consultarme ni explicarse. bastó ese instante de distracción; cuando miré de nuevo, mis hombres se dividían también. intentaban responder a los distintos cuerpos atacantes; vacilaban de uno en otro, sin orden ni concierto.
abdalbar impartía desesperadas órdenes. todo era inútil. ono: acaso para lo que yo deseaba nada era inútil.
– te dejo, señor -gritó farax incontenible.
– ¡ te mando que te quedes! -le dije a voz en cuello: tanto, que mi voz se oyó por encima del encarnizado ruido de los encuentros de abajo.
el polvo se espesaba; apenas nos permitía adivinar, pero el coraje de mis hombres relucía hasta velado por el polvo. un solapado orgullo me hizo respirar hondo.
– bravos, bravos -dije volviéndome a farax-. pero ya, ¿para qué?
farax, más excitado de lo que puede describirse, no me oyó. daba golpes al aire con su espada, agitaba la cabeza, reía y lloraba a la vez. era un niño apasionado por un juego al que ve jugar a otros más afortunados que él.
se multiplicaban los encuentros parciales. mis hombres estaban despilfarrando su valor. cuatro, diez, veinte cristianos por cada musulmán, aislado de los suyos. y, de repente, por ambos lados, desde lejos, vi acercarse dos nubes de polvo. lo que temí: nos envolvían.
las alas de su ejército, ocultas hasta ahora, traían reservas contra mis hombres fatigados. con otra artimaña, fernando me vencía de nuevo. mi corazón, que había latido hasta entonces a su compás, sin aceleración ninguna, se arrebató. sentí a la vez odio y cólera. un odio y una cólera ciegos contra aquellos extraños que en lo único que nos aventajaban era en fuerza: más fuerza que nosotros y más odio y más cólera. si el deseo matara, delante de mí en ese instante habrían muerto todos. los refuerzos -a la cabeza de uno de ellos creí ver a don gonzalofraccionaban más aún a mi gente.
mis peones retrocedían. no porque se hubiesen puesto de acuerdo, ni por obedecer orden alguna: trataban de salvarse simplemente. miré a farax. tenía una mano delante de los ojos.
– ¡ adelante, farax!
saltó como si le hubiese dado un golpe con la espuela:
– ya era hora.
nos adentramos entre los que luchaban. me escoltaban sólo unos cuantos negros: los que quedaban de la guardia real. procuré reunir a los caballeros desperdigados; no lo conseguí. la infantería cejaba hacia las murallas. ‘ en un combate, hasta el final no se sabe quién gana: es todo tan confuso. en tanto dura, sólo pierde quien muere.’
como si me hubiesen escuchado, todos a una, girando ante el empujón del instinto, mis peones corrían ya, sin remilgos, dando esta vez la espalda no a la muralla, sino al enemigo. mis caballeros, que no tardaron en percibirlo, flaqueaban. oí las voces de farax:
– ¡ abrid las puertas! ¡ que abran las puertas!
– ¡ no! ¡ no! -grité; pero supe que las abrirían: él era mi portaórdenes.
– ovolvemos, o esta noche granada será suya -me dijo.
– ¡ no! -volví a gritar.
mi guardia había sido separada de mí. sentí un golpe en el capacete; no dolor, sólo el golpe. no sé ni quién me hirió, ni si lo herí al responder. en una batalla no se sabe nada si se está dentro de ella. justifiqué la desobediencia de mis tropas: sólo los avezados y los expertos en batallas tienen clara la mente para ver qué conviene. lo otro es el alboroto, el caos, el embrollo. ‘ esto no es una batalla: es una humillación.’
– vamos, señor. vamos. ¡ de prisa! -era abdalbar, que refrenaba su caballo junto a mí.
– ve. tú ve. ya voy yo.
unas palomas grises volaban por el cielo azul, por encima del polvo y la barbarie. ‘ tontunas. ¿ qué hacen ahí arriba esas palomas en lugar de los buitres? ¿ qué hacemos aquí abajo nosotros?’ dejé de pensar. espoleé mi caballo. me lancé hacia adelante. junto a mí sólo había un par de jinetes de mi guardia y farax. me habría gustado tropezarme con gonzalo de córdoba; que al menos fuera él quien… pero ya daba igual.
quien fuese. adelante. me sorprendí diciendo adiós a voces. ya no había nadie mío cerca de mí.
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