no mediaba aún mayo cuando la noche entera, por poniente, se convirtió en una descomunal fogata.
la luz era tan fuerte que, a la distancia, parecía un amanecer rojo. los granadinos despiertos sacudieron a los dormidos creyendo que se trataba de alguna estratagema. yo ordené que no molestaran a moraima, y corrí con farax a la torre de la guardia. allí estaba mi madre ya, cerca de las almenas.
– arde el campamento, hijo.
¡ arde! -gritaba trastornada por la alegría-. dios está con nosotros.
el aire de la noche acrecentaba el incendio. llegaba hasta nosotros el relincho de los caballos enloquecidos, el vocerío de la multitud cogida en pleno sueño, las explosiones de los polvorines que multiplicaban el desastre. mis súbditos palmoteaban ante el espectáculo, como si fuese un esparcimiento de fuegos de artificio que una voluntad más inapelable que la de los hombres hubiese concebido para ellos. la desventura del amenazador, una vez más, provocaba en el alma del amenazado un alivio, y despabilaba el tenue sueño de la ilusión: se aplazaría nuevamente el asedio; la suerte y dios, como vociferaba sin cesar mi madre, se inclinaba de nuestro lado; los cristianos tendrían que retirarse, renovar sus abastecimientos, sus viviendas, sus armas, su frenesí destructor. el fuego se cebaba, meticuloso e insobornable, en cuanto allí se levantaba o se le interponía. como un enorme juguete que la imprevisión de un niño ha dejado prenderse, ardía todo lo que nos acobardaba hasta ese instante; ardía el flamear de las banderas, la magnificencia de los pabellones, las tiendas, las cabañas, los chamizos, los cuerpos. ‘ todo menos el odio’, pensé yo. el aire traía ya hasta nosotros el olor de la carne chamuscada…
tuve un escalofrío. refrescaba la madrugada. imaginé el calor que sentirían, en ese infierno que estaba presenciando, los cristianos.
me amargaba la boca. me vino a la cabeza, acaso en un momento impropio, lo baladí de todo lo humano, lo efímero del poderío, lo caduco de cualquier grandeza. como si el fuego se hubiera levantado para que escarmentase yo en cabeza ajena.
pájaros sobresaltados huían del incendio; galopaban caballos sueltos en mitad de la noche.
– una oportunidad para atacarlos -dijo despacio, sin mirarme, aben comisa.
– ¿ qué ganaríamos con eso?
– preguntó abdalbar el abencerraje.
– destruirlos -gritó mi madre, que pasaba de una almena a otra almena-. ¡ destruirlos!
– ¿ es que no lo está haciendo el fuego por nosotros? -murmuré-.
no puede improvisarse una batalla.
– ¿ improvisar? -la cólera enrojecía más que el incendio la cara de mi madre-. llevamos ocho siglos luchando. ¡ toca alarma, boabdil!
manda tocar alarma, y que salgan los hombres de granada a acabar lo que el fuego ha comenzado. en la guerra no hay leyes.
la boca me amargó más aún.
sentí otro escalofrío y el asomo de un remordimiento. pensé en mi hijo ahmad, en los muchachos que se habían quedado de rehenes en córdoba. miré las llamas que subían al cielo. consideré la terrible venganza de los supervivientes. bajé los ojos hacia la ciudad, los volví hacia el albayzín, vi a mi pueblo que cantaba y bailaba en los adarves, iluminado como por el fuego del poniente; pero cantaba y bailaba sobrecogido ante la destrucción del campamento que, hasta esa tarde, lo había amedrentado, el campamento indomable y populoso. ‘ si dios está de nuestra parte -pensé-, continuará estándolo.’
– tiene razón abdalbar -dije-, ¿qué ganaríamos?
– ¿ es que no quedan hombres en granada? -gritó mi madre enfurecida.
– sí quedan -repuse con tristeza-. quedan ciento cincuenta caballeros. no sé si se improvisa una batalla, pero un ejército no puede improvisarse.
me retiré al palacio. tranquilicé a moraima, a la que el resplandor del fuego embellecía.
la convencí para que volviera a sus habitaciones. me invadió un gran agotamiento. caí en el sueño lo mismo que una piedra.
no amanecía aún cuando me despertó farax.
– se reorganizan los cristianos, boabdil -me llamó por mi nombre.
– ¿ se ha extinguido el incendio?
– sí. ya ha devorado cuanto había que devorar. pero el ejército se reagrupa en orden de combate.
salté de la cama. era cierto.
así me lo confirmó un espía que llegaba jadeante. fernando había resuelto provocarnos en una escaramuza, para evitar el desaliento de sus tropas. su proyecto era apartarnos de las murallas cuanto pudiesen, y hacernos frente entonces, no para herirnos ni matarnos, sino para entrarse por la puertas de la ciudad, aunque fuese revueltos con nosotros, muriese quien muriese. abul kasim era el nombre del espía, no sé por qué me acuerdo: como el de mi visir y el de mi alguacil mayor. resbalaba ya la luz por la sierra solera. una luz cenicienta, que nos dejaba ver el inmenso campo también ceniciento en que santa fe se había transformado. aún brotaban bocanadas de humo; el olor a la carne quemada no es opuesto al acre olor de las batallas. súbitamente supe con claridad lo que tenía que hacer, lo que iba a hacer.
– no sé si es imposible o no improvisar una batalla, farax; pero lo vamos a saber antes del mediodía. cuando termine de amanecer, saldremos por la puerta de elvira. que llamen a mi gente.
¡ arebato! la ventaja de tener un ejército tan chico es que se junta pronto. ahora sí que ha llegado el final.
farax fue a encontrame en los baños de mi casa cuando acabó de transmitir mis órdenes. se desnudó despacio. yo me hallaba en la sala de la estufa. entró inocente y fuerte, enjuto y aplomado. al acercarse, las luces coloreadas de la claraboya le manchaban el cuerpo de verde, de rojo, de azul. no apartaba sus ojos de mí, como imantados por los míos. yo recorrí con la mirada su hermoso cuerpo.
luego, ya, con la mano. nos amamos furiosamente en la sala de reposo. nunca he hecho con tan devastadora fruición, con tal ferocidad, los gestos del amo. parecía que los estábamos haciendo ambos por primera vez. ¿ oera que los hacíamos por última?
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