detrás de las primeras estribaciones mudas, clareaban las nevadas cumbres de sierra solera, señaladas, como por un índice, por el minarete de la mezquita de la alhambra. los pájaros más osados se llamaban y reclamaban ya unos a otros, y a la izquierda del palacio de vigilancia se abrió un rosicler casi malva, mientras el primer término del poniente se iluminaba ya por el sol, que aún no había brotado desde el cerro que lleva su nombre.
– la luz del sol nos llega antes que el sol -murmuré, como si estuviésemos en un templo.
dos lágrimas resbalaban por sus mejillas. alargué la mano y estreché la suya. con un sollozo que parecía un ronquido de tan hondo, apretó mi mano; tanto, que me hizo daño. sentí el dolor con una alegría inexplicable.
comenzaba a encenderse la izquierda de la quinta y a blanquear el generalife. el albayzín aparecía muy claro, y se concretaban las distancias que las sombras confunden. enfrente, el horizonte era verde igual que una manzana. y, debajo de la torre, las casas de la tropa se entreabrían. aun toque de timbal arreciaron los ruidos, las carreras, las risotadas; la torpeza novicia de los jóvenes soldados tropezaba y jugueteaba, aún soñolienta, entre las abluciones.
– todavía no saben que han sido ya vencidos -susurré.
la mano de farax volvió a oprimir la mía.
– no vuelvas a decir eso, señor. confía en dios, único y altísimo.
como una aquiescencia, montevive, entre poniente y mediodía, se convirtió en una llamarada en medio de la plomiza bruma de los montes que circundan la vega. más allá del cerro del sol no quedaban colores en el cielo: sólo luz.
era el mundo, que se revestía de sus diarios tonos como quien, al madrugar, toma la ropa acostumbrada. todos los pájaros cantaban al día nuevo, confundidos y juntos.
frente a nosotros, una perspectiva de nácar, y el albayzín, bajo una luminosidad mate y precisa. el sol se alzó entonando su himno de oro. y farax, sin embargo, rompió a llorar. lo abracé. su llanto, entre hipos y sollozos, era estremecido como el de un niño. palmeé su hombro; le hablé en voz baja de cosas sin sentido; traté de sosegarlo. él, con los labios hinchados por el vino y la pena me besó la mejilla. descendimos abrazados por las estrechas escaleras de la torre. abrazados y un poco tambaleantes llegamos al palacio de yusuf, y abrazados dormimos, como si estuviésemos bajo la misma tienda o la misma intemperie en las dilatadas y trémulas noches de la guerra.
el enemigo -los espías me lo habían anunciado- no tardó. aquella tarde se mostró en la vega.
lo acompañaban muchos mudéjares que le servían de asesores. durante ocho días quemó o taló sembrados, panes y viñedos, y arrasó torres, como la malahá. no cercó granada, según supe, porque la reina había sido atacada de fiebres; pero ordenó al marqués de villena, al conde de tendilla, a alonso de aguilar y a portocarrero que pusiesen, sin dilación ni contemplaciones, freno a nuestras correrías, y no se dejasen arrebatar ni una de sus posiciones conquistadas. luego el rey fernando, desmantelando castillos, se dirigió a guadix y, en represalia, expulsó a sus mudéjares. ni en ella ni en sus arrabales quedó un solo creyente. en seguida ordenó la destrucción del castillo de andarax y la evacuación de los renegados que lo habitaban. la orden también se aplicó a mi tío “el zagal”, al que retiró, sin explicaciones, su estima y su rango. una vez utilizado, ¿para qué respetarlo?
recogido en la torre de comares, donde de niño temblé de miedo, pensaba en las tribulaciones del “ zagal”: asaetado por el infortunio, incapaz de sujetar a los pocos vasallos que le quedaban, avergonzado por su defección, debilitada y acongojada su alma, inhábil para ser súbdito donde había sido rey… no me extrañó lo que vinieron a decirme: dando por perdidos su vida y su esfuerzo penúltimo, pidió a fernando que lo dejara pasar a áfrica en las condiciones establecidas. el día en que él, el invencible, se encomendó a la benevolencia de su vencedor, partió en dos el escudo en que se leía el lema que rigió su destino hasta su peor hora: ‘ querer es poder.’ “ el zagal”, que personificó el coraje de todos, no tuvo más coraje; sólo aspiró a vivir, apartado e ignorado de todos, en un lugar donde nadie supiese cuánto había sido el que ya nada era. en la torre de comares, erguida sobre el trono nazarí, llegué a la conclusión de que vive mejor el que mejor se esconde y de que nacer junto a un trono es igual que nacer junto a un abismo.
otorgado el permiso de expatriación, como si para morir hubiese que pedirlo, vendió “el zagal” sus propiedades a los reyes de castilla. antes de que se fraguaran las tempestades del estrecho, a principios de otoño, se alejó de andalucía el que pudo ser su más cumplido rey. ¿ quién imaginará lo que eso significa?
empezar una vida nueva cuando la verdadera vida nos ha vuelto la espalda; cuando se ha llegado a la certeza de que lo más firme, rutilante y apasionado de un destino ha sucedido ya, y sólo resta la rutinaria monotonía a la que los mediocres llaman vida. qué inicuo que no mueran los héroes en el ápice de su heroicidad. la grandeza, una vez consumada, debería devorar a su dueño; porque luego éste se quebranta y se gasta y se achica, y de ella sólo queda un recuerdo mortificante y homicida.
quien había sido una leyenda y un modelo embarcó, despojado de sí mismo, en almería con unos pocos de los suyos que pidieron seguirlo.
camino de orán fue, para ocultarse y aguardar con ansiedad la muerte; una muerte que su sino de guerrero y de rey se olvidó de proporcionarle en el momento justo.
asegurado por tales sucesos, fernando se desplazó a la frontera norte de su reino, donde los franceses lo aguijaban. en su ausencia, yo, que llevaba al “ zagal” siempre en mi corazón, fui con mis soldados, por él mismo y por mí, como en una peregrinación, a andarax. estoy convencido de que, en la paz y en la guerra, hay instantes en que cualquier hombre es indomable; si aplica su absoluta voluntad a un fin, lo consigue, sin que valgan interposiciones ni obstáculos que traten de arredrarlo.
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