notaba yo la admiración y el fervor de farax reflejados en sus ojos cuando, a la cabeza de un desmedrado ejército, ataqué con fiera decisión, sin arengas y sin vacilaciones, aquel castillo. él había albergado la penúltima aflicción y la derrota interna del hombre que había sido para mí, desde niño, el blanco de mis veneraciones. por él nada podía hacer ya sino vencer en donde fue vencido. afines de septiembre tomé posesión de andarax, y entraron de nuevo en mi obediencia los lugares de aquella taha; al ocuparlos, sentí que mi poder y mis manos eran los delegados del “ zagal”. ‘ mejor -me dije-, porque él ya me advirtió, en su postrer mensaje, que sus manos conservarían esta tierra con más firmeza que las mías.’
mientras así reflexionaba, puso farax una mano oportuna sobre mi hombro.
– tú tienes que seguir tu propia estrella, señor. que su luz te conduzca, y que yo te acompañe.
lleno de gratitud le repliqué:
– si todos mis hombres fueran como tú, obedecer a mi estrella sería mucho más fácil.
ala reconquista de andarax prosiguió la de purchena, donde tomé venganza en nombre del altivo jeque que se negó a venderse. cayó su guarnición prisionera mía y, en vista de mi superioridad, tornaron a nuestra religión y acatamiento los habitantes que habían renegado.
animada por su ejemplo, la gente de fiñana se alzó contra los ocupantes de su alcazaba; pero, advertido el alcaide de guadix, se echó sobre ella de improviso y, ayudado por los que descendían espada en mano del castillo, degolló a cuantos moradores pudo, cautivó a los supervivientes y se llevó consigo todo lo que encontró. alarmados los habitantes de las otras aldeas del cenete, me suplicaron que los auxiliase con soldados y con acémilas en que transportar sus ajuares y sus mantenimientos; lo hice así. terminaba septiembre, y aún no habían comenzado a dorarse los bosques. ordené la búsqueda de caballerías que portaran los cereales de aquella feraz tierra, y dispuse que sus habitantes se refugiasen en granada, meta ya de cuantos se oponían en su intimidad a los infieles. ante la inseguridad de lo que nos aguardara en el invierno próximo, me congratulé de que la cantidad de trigo, de cebada y de mijo fuese tan difícil de acarrear por incontable. en jerez me llegaron noticias de que los cristianos se disponían a invadirnos, y regresé a granada. el mismo día en que cumplí veintiocho años supe que los cristianos, al ver abandonadas las alquerías del cenete, ofrecieron seguro a cuantos retornaran a ellas. fiados en su palabra, muchos lo hicieron en seguida; pasada una semana, casi todos. sólo unos cuantos quedaron en tierra musulmana. fue un rumboso regalo de cumpleaños comprobar qué volubles son las promesas y los deseos de los hombres.
hasta la primavera la providencia fue piadosa. nos consintió recrearnos en la ficción de que constituíamos entre todos un reino reducido; nos adormeció con una quebradiza y desmemoriada felicidad, esa felicidad de que a menudo se disfraza la interrupción de la desdicha. transcurrían los días -eran los primeros y los últimos en los que yo disfruté de una paz relativa- con una gustosa uniformidad. administraba justicia, muy vulnerada siempre en épocas de guerra, porque, al ser la guerra el mal y el desorden mayores, parece disculpar con su presencia los otros menores; me esforzaba en juzgar los delitos, las violaciones, los robos, con gran serenidad, para convencer a mis súbditos de que el orden -un orden que todos sabíamos artificial y efímero- era el supremo bien, y entre todos debíamos precaverlo. asistía con devoción y puntualidad a las oraciones, que se elevaban en mi nombre. daba, en los palacios, fiestas a los altos dignatarios de la corte, tan exigua que todos sus miembros nos conocíamos, incluso demasiado. recibía con júbilo, más o menos sincero, a quienes venían a asilarse en granada desde tierras donde el yugo del vencedor era cada vez más pesado, y los recibía intentando borrar de sus ojos y de sus corazones el zarpazo de la pérdida. después de mi trabajo, descansaba en farax y en moraima; cada uno de nosotros procuraba que los otros dos olvidaran lo inolvidable, con la buena e inservible intención con que a un moribundo puede dársele a oler un frasco de perfume. yme distraía confirmar, cada tarde con mayor evidencia, cómo “ hernán”, mi perro, después de un tiempo en que se había ido familiarizando con mi hijo yusuf, lo prefería descaradamente a mí, y era correspondido con el mismo descaro. trataba, pues, de dar a todos -y a mí mismo- la impresión de que nada extraordinario sucedía; de encubrir la amenaza que, pendiente de un pelo como la espada de damocles, se balanceaba sobre nuestras cabezas.
lo irremediable estaba sentado a las puertas de nuestras casas; no era preciso verlo. pero el hombre, ya acostumbrado a vivir con la certeza de su propia muerte, es el animal más adaptable de la creación. el pueblo correspondía con docilidad a mis mentidos desentendimientos; se divertía mirando hacia otro lado; exageraba su preocupación por las menudencias que suelen colmar los días de quienes los infortunados consideran felices: como si alguien lo fuese por entero. convive el doliente con su dolor, y se familiariza con él hasta tal punto que lo echará de menos si desaparece; el que reside en una ciudad de mal clima, o devastada por los vientos, de tal manera la tiene por suya que se negaría a abandonarla aunque se le proporcionase la ocasión. yasí, los granadinos, comparándose con otros musulmanes más infelices -los procedentes de tierras ocupadas, y aún más, los que ni siquiera se atrevían a dejarlas-, se reputaban privilegiados, y se engañaban unos a otros viéndose rodeados de sus casas, de sus hijos y de sus mujeres. cantaban cuando salían a trabajar la tierra, que, ajena a las malignidades de los hombres, se entreabría a las nuevas siembras, y cantaban al volver del trabajo.
durante seis meses se desprendió sobre nosotros y sobre el territorio, desde el cielo, un manto de misericordia y conmiseración: la imprescindible insensibilidad con que el ser humano, para no morir, embota los filos de sus desvelos y de sus obsesiones.
no obstante, no enmudecieron del todo los cristianos. el conde de tendilla en alcalá y los otros en sus correspondientes lugares fronterizos, ponían a contribución a sus espías y a sus prácticos del terreno. cada uno, movido por un vano afán de gloria, trataba de inferir el mayor daño posible a quienes, entre nosotros, se sentían asimismo movidos por un más vano aún afán de gloria. fue ya en invierno, por ejemplo, cuando apresaron a ciento veinte jinetes que, con dubitativa autorización, dejé ir a regañadientes para caer sobre los cristianos más desprevenidos.
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