lo que ignoraba yo -por lo menos en sus detalles- era que, desde el mes de abril, no sólo aben comisa y el maleh, sino muchos más personajes de mi corte, habían abierto tratos ya. todo eran ambigüedades; todo, supuestos; todo, palabras en el aire, porque a cuanto se hiciera a espaldas mías tendría yo que dar mi visto bueno; pero entretanto se hacía. quizá la otra parte confiaba en que yo sabía más de lo que sabía, y en que tácitamente autorizaba y ratificaba esas gestiones como las más arriba expuestas del alguacil mayor y del visir. en la diplomacia la habilidad consiste en revestir de autenticidad lo hipotético o lo inventado, en adornar lo ilusorio, y en presentar como verdad lo imaginario; apoyándose, entre otras cosas, en el anhelo del engañado de que sea firme cuanto se le insinúa.
así, entremezclados los pasos oficiales con los semioficiales, e incluso, por desgracia, con los privados en estricto sentido -opuesto a veces a los intereses de granada-, era muy arduo para cualquiera -sin exceptuarme a mí- discernir cuáles eran los límites de unos y de otros. cautivos liberados sin mi consentimiento llevaban a santa fe propuestas que yo desconocía; traidores siempre a punto para venderse iban y venían con recados que sólo la parte interesada en darlos -o sea, el rey fernando- se tomaba el trabajo de fingir.
[ pero ¿cómo iba yo a suponer que, mucho antes de que yo decidiera negociar, aquéllos en quienes más confiaba lo hacían ya en la sombra?] ¿ cómo iba yo a suponer que el maleh, al que siempre tuve -y aún tengo- por fiel, se oponía desde meses atrás a que interviniera en las conversaciones aben comisa, a quien tachaba en sus cartas a zafra de estúpido y de avariento, y exigía el monopolio para él, cosa en la que coincidía con aben comisa, que también opinaba que habían de hacerse por una sola mano: la suya en su caso, por supuesto? ¿ cómo iba a suponer que los dos personajes habían ya fijado con el enemigo el precio exacto de sus intervenciones: 10 mil castellanos de oro cada uno, además del temple con todas sus alquerías, en donación que había de hacerse a juro de heredad, con pleno dominio en poblado y despoblado, en lo alto y lo bajo, más todos los pactos, salmas, diezmos, pechos, derechos y jurisdicciones privativas? ¿ cómo iba a suponer que, más adelante, cuando ya me había implicado en la correspondencia, el maleh me entregaba las cartas pero se reservaba unas hijuelas que en el mismo sobre le incluía zafra para que las leyera él solo a escondidas del alguacil mayor y de mí mismo? ¿ podría creer a el maleh -y sin embargo lo creí-, cuando me explicó que así me convenía, y que también él le mandaba otras hijuelas secretas a zafra, pues no es bueno que un rey pueda enojarse demasiado, o poner en riesgo su dignidad real, o enterarse de las pequeñeces y cicaterías con que sus súbditos obran compelidos por su servicio, o estar al cabo de las mentiras e hipocresías que tan precisas son, para impedir que hasta de esos súbditos, leales aunque no siempre limpios, acabe por desconfiar? cierto que yo sabía más de lo que aparentaba, porque no convenía asustar a la liebre con un ballestazo prematuro, y porque los personajes de mi corte no eran tan respetables como para no denunciarse ante mi los unos a los otros; pero de ahí a conocer el auténtico estado de las cosas había, por desgracia, un trecho demasiado grande.
tardé tiempo en caer en la cuenta de que los motines que se producían en granada eran provocados por agentes más o menos explícitos del rey fernando -y con su dinero-, que soliviantaba lenta pero seguramente hasta a los alfaquíes. como eran provocados (los primeros; luego ya se encadenaron unos con otros, porque no hay nada más difusivo que la subversión bien gratificada) los saqueos de las casas ricas, que tenían el efecto reflejo de poner contra mí, por falta de firmeza, a los robados.
tardé tiempo en darme cuenta de que se me alentaba a ser especialmente duro con los amotinados, insistiéndoseme mucho en que las represalias contra ellos y sus fortunas, aparte de tranquilidad, me proporcionarían medios suficientes para continuar la resistencia: ¿cómo iba a suponer que quienes así me aconsejaban eran precisamente los que pretendían que la resistencia cesase? yasí, entre las sediciones de las clases altas contra mí, las ásperas represiones con que se me impulsaba a reaccionar, y los robos continuados del populacho, me fui quedando poco a poco sin ricos, sin comerciantes, sin notables influyentes en los plebeyos y sin el respeto en general de los granadinos, a los que se daba una versión de los hechos opuesta por completo a la que se me daba a mí.
atodo esto hay que agregar que mi madre solía tomar partido en mi contra, movida por su perpetua animosidad y por su amistad con aben comisa, que era quien proponía mano dura contra los levantiscos. mi madre no olvidaba que la aristocracia era más bien legitimista, y había estado siempre de parte de mi padre y luego de mi tío; ella había contado más con los ricos y con buena parte del ejército, es decir, con los más resentidos y rebeldes ahora: ambos eran ya fuerzas en plena decadencia. su enemiga por la nobleza, de la que desconfiaba y a la que encontraba peligrosa, se acentuó por influencias del alguacil mayor, y propugnaba la necesidad de asestarle golpes certeros en la cresta, y aun de prescindir de ella por eliminación.
– no puedes permitirte el lujo, a estas alturas, de albergar enemigos dentro de tu alcoba. son gentuza que te venderá cuando una puja les compense. si se atreven a gritar aun delante de ti, imagínate cómo obrarán detrás.
– lo que no puede hacerse (a estas alturas, como tú dices, madre) es diezmar a los ciudadanos.
todas las fuerzas nos van a ser precisas. no actuemos nosotros como si fuésemos nuestro peor adversario. fieles o no fieles a mí, son granadinos, madre; son musulmanes, madre. quizá no se te mete en la cabeza -yo había empezado a emplear ante ella expresiones tan bruscas como jamás hubiese soñadoque no me estoy defendiendo yo, ni estoy defendiendo mi trono, que titubea y se hunde: estoy tratando de defender granada. seamos sinceros: si la ciudad se salva, poco importa que no se salven la monarquía ni el islam. y, si no se salva el reino, ni la monarquía ni el islam podrán salvarse.
me niego a transcribir lo que mi madre me respondió. aparte de acusarme de traidor a mi sangre y de blasfemo, me reprochó defraudar las tradiciones y los preceptos que un emir ha personificado desde el principio de la dinastía.
– mi mayor desdicha -me lanzó, entre otras cosas, a la cara- es que tú seas imprescindible. un emir es un dueño y, como dueño, ha de proteger a su reino y a sus súbditos. sólo como dueño; si dejase de serlo, la ciudad y su gente habrían de protegerse solas.
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