¿ ycuáles eran éstas? sospecho que, tanto las nuestras cuanto las de los adversarios, eran involuntarias y movidas por idénticas causas. nuestra persistencia en no ceder se fundaba en lo mismo que su persistencia en asediarnos: ambos estábamos convencidos de que, con el invierno, se imposibilitaría la resistencia del contrario. ellos, de que nosotros nos veríamos, por hambre, forzados a capitular; nosotros, de que ellos se verían forzados a abandonar el sitio, como en las campañas anteriores. pero el tiempo corría, se ennegrecían las circunstancias, y ni unos ni otros nos supeditábamos a ellas, aunque en granada los partidarios de resistir eran cada vez menos: una parte no mayoritaria del ejército, los alfaquíes, mis familiares y yo: quizá los que más teníamos que perder, si es que aún nos restaba algo no perdido. imposible expresar qué violencia me hacía, ante la ilusa esperanza de que se alzara el cerco, para no atender las razones del pueblo; un pueblo espantado de que, si la rendición se hacía como consecuencia de la guerra, sólo la muerte o la esclavitud le aguardaban. se necesitaba un sutil y enorme don de la oportunidad para acertar hasta qué momento podrían mejorarse las condiciones de la capitulación, y a partir de qué momento serían destructivas. yera justamente yo quien tenía que tomar, en definitiva, esa resolución, insoportable en especial para unos hombros como los míos, no hechos a cargas semejantes.
fueron estas consideraciones, que se hospedaban despóticamente en mis noches, las que pronto me movieron a iniciar contactos imprecisos que facilitasen, llegado el caso y la hora, las pertinentes diligencias. esos contactos constituyeron la segunda vía de que hablé.
la impaciencia de fernando lo hizo precipitarse. apenas comenzada la construcción del segundo campamento, me envió un mensajero, no personalmente a mí, sino a través de abrahén el caisí. se llamaba juan de bazán. ya había recibido yo por medio de él hacía meses, antes de que se interrumpieran los últimos contactos, varias cartas del rey. en ellas -aparte de reiterarme su gran amor y sus muchos deseos de hacerme mercedes, y excusarse por los daños que nos causaba, atribuyéndolos sólo a los escasos deseos de servirle que teníamos mi ciudad y yo, y a nuestro afán de alteración y discordia- insistía siempre en llevar a cabo lo pactado; pero en ninguna de sus cartas explicaba sus flagrantes incumplimientos. en la ocasión de que ahora trato, juan de bazán permaneció unos días en granada. fue alojado en el albayzín, en una casa por bajo del castillo del aceituno, con el más riguroso sigilo. los vigilantes que le puse me informaron de que muchos palaciegos y ministros míos -muchos, en relación con los que poseía- acudían de noche y disfrazados a entrevistarse con él. conociendo ya cómo se las gastaba el rey cristiano, imaginé las ofertas que les haría por traicionarme o persuadirme. ypara darle una lección, sin duda inconsecuente, me negué a recibir la carta. el caisí, puesto de acuerdo conmigo, la devolvió cerrada a su portador; un secretario mío se había esmerado en cerrarla y sellarla de nuevo, después de leída por mí. [ en ella se me repetían los ofrecimientos de costumbre, quizá algo acrecentados si entregaba sin más dilaciones la ciudad; pero no se refería sino a mis ventajas personales. yo, del mensaje y de la actitud del mensajero, deduje dos consecuencias: la primera, la urgencia que, pese a sus baladronadas, tenía el rey de resolver cuanto antes el tema de la entrega; la segunda, que trataría de segarme la hierba bajo los pies empleando toda clase de ardides.] ya antes habíamos tenido alguna correspondencia el rey fernando y yo, a través de personas interpuestas. el marqués de villena se dirigió con insinuadas promesas a algunos nobles de mi corte poco escrupulosos, o fáciles de abordar, o destacados por su enemistad hacia mí. otros nobles cristianos -no don gonzalo fernández de córdoba, ni don martín de alarcón, mis más allegados- habían esgrimido discretas amenazas, sugeridas más que enunciadas, ante los padres de aquellos muchachos que permanecían en córdoba como rehenes. yel mismo abrahén el caisí, so capa de sus andanzas comerciales, había llevado algún despacho mío en el que, aparte de interesarme por el estado de mi primogénito, abría -o dejaba abierto- algún portillo a unas futuras y previsibles conversaciones. ( incluso me trajo una carta de ahmad desde moclín; tanto alegró a moraima aquella carta que el llanto no la dejó leerla, y se la leí yo. le remitimos, con el mismo conducto, unas pocas monedas de oro y unas cosillas para que se vistiese a nuestro estilo en la pascua. moraima besaba las telas que rozarían la carne de su hijo, y yo miré mucho tiempo el papel, y pensé que mi hijo crecía y ya escribía con gracia las letras, y sus frases, tan cortas, me sonaron mejor que nada en este mundo.) sin embargo, de ninguna de estas inconcretas gestiones podía darse cuenta al pueblo, que las hubiese malogrado quién sabe si sublevándose o magnificándolas. su esencia era el secreto, y su valor exclusivo el estar hechas con la mano izquierda, de forma que la derecha pudiera negarse no sólo a cumplirlas sino a reconocer su existencia.
del mismo modo, de una manera no oficial, el alguacil mayor aben comisa y el visir de granada el maleh mantenían relaciones difusas -o eso pensaba yo- con la corte cristiana, a alguno de cuyos secretarios conocían ya de las negociaciones expresas anteriores. en el campo cristiano hallaron un fidelísimo espejo de ellos, hernando de zafra. él y el maleh intercambiaban votos de sincera, afectuosa y recíproca amistad, en los que sospecho que ninguno de los dos confiaba; pero zafra agilizó bastante las gestiones, empujando a los míos a plantearme clara y rotundamente los asuntos. los míos, por lo que yo sabía, y según lo que yo les había sugerido, se resistían, balbuceaban, se hacían de rogar. mis órdenes eran que aplazaran, sin romperlos, los tratos; que aseguraran que mi resolución de no entrar en el negocio era veraz e inflexible, y que arguyeran, contra cualquier apresuramiento de zafra, que no osaban arrostrar mi indignación si aludían, ni sesgadamente, a la entrega de la ciudad. pero zafra era aún más artero que su rey, quizá por proceder de más abajo. ( fue criado de enrique iv, y luego secretario de ínfima categoría de la reina; con servilismo y paciencia, había medrado: llegó a confidente y consejero de fernando. ycuando éste, desvanecido su optimismo, se resignaba a aplazar la solución del cerco hasta la siguiente primavera, él lo disuadió y se comprometió a hacer la torva labor de zapa que el rey personalmente había llevado a cabo en baza, y de la que se encontraba muy cansado.) fue con este villano inteligente, al que nada le impedía arrastrarse con tal de alcanzar lo que deseaba, con el que entablaron negociaciones -creí que en exclusiva- mis principales mediadores.
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