el día 18 de agosto de 1487, en el mes de rayá, en medio del calor, entró por las puertas de málaga el comendador de león -el mismo que luego entró, el primero también, por las de la alhambra- a la cabeza de su caballería. el 19, muertos sus defensores, gibralfaro cayó. al “ zegrí”, encadenado -sea para él la gloria-, se le mandó a una miserable mazmorra de carmona. sus últimas palabras al despedirse de su tierra fueron:
– yo juré defender mi patria, mi ley y el honor de quien en mí confiaba. me han faltado ayudadores que me ayudaran a morir peleando. no es culpa mía seguir vivo.
en málaga habían muerto 20 mil andaluces; los cerca de 15 mil restantes fueron vendidos por los reyes cristianos en cincuenta y seis millones de maravedíes. la ciudad se usó como escarmiento de las que quedaban por conquistar; en ella incumplió fernando su última y su penúltima palabras. se apoderó de todas las haciendas, y llamó a su trinchante y capitán alonso yáñez fajardo para que se hiciese cargo de las casas en que deberían recogerse todas las mujeres jóvenes del partido. [ aél se le había concedido en exclusiva cuantas casas de lenocinio se instalaran en todo el reino granadino, con lo que amasó una enorme fortuna: en tales logrerías termina la espada de los bravos.] con ello, la ciudad que había sido opulenta y feliz, la ciudad que luego había sido heroica se transformó en ciudad de prostitución y esclavitud; sin excepción, todos sus moradores, hasta los niños, fueron reducidos a ellas.
tan grande fue su infortunio como había sido su intrepidez. por málaga se estrujaron todos los corazones, se apenaron todas las almas y se derramó inacabable llanto. aninguna villa ni lugar de su algarbía les quedó deseo de resistir; pero sus habitantes en vano clamaron después por la paz pactada: fueron hechos esclavos y sometidos a obediencia sin combate, ni cerco ni fatiga. yo sufrí como en carne propia sus padecimientos, y me encontré, como ellos me encontraban, responsable de la tragedia.
porque lo sucedido en málaga, al defraudar las promesas a mí hechas y por mí transmitidas, movió a muchos musulmanes a sublevarse en mi contra y a reclamar el mando del “ zagal”. los granadinos volvieron a las andadas, el albayzín dudó, y sólo los refuerzos de gonzalo de córdoba me permitieron mantener mi cabeza y mi poder. así y todo, la ayuda de fernando no fue graciosamente concedida: hube de comprometerme a entregar granada treinta días después de que se conquistase la parte del reino que “el zagal” mantenía. con esto me vi de nuevo en la encrucijada de desear que mi tío resistiese lo más posible, y de prepararme para luchar cuando él dejase de hacerlo.
aespaldas de todos, le mandé una embajada que le expusiera mi criterio; me tildó de embustero y de felón, y no se dignó atenderla.
fernando, por su parte, sospechando, me advirtió de que cualquier intento de concordia entre “el zagal” y yo significaría una violación de lo pactado y una confederación contra castilla que desencadenaría la guerra sin cuartel.
durante un almuerzo me quejé de la incomprensiva intransigencia de su rey a gonzalo de córdoba.
– alteza -me contestó-, ya son idos los tiempos en que los caballeros sostenían su ideal a la vez y con la misma mano que su espada.
son idos ya los tiempos en que dos campeones luchaban entre sí por la suerte de los reinos a que representaban: las guerras son muy distintas hoy, y se ganan tanto más en las cancillerías que en los campos de batalla. yo de cancillerías no entiendo, ni me gusta entender. yos aseguro que, ya os lo dije en porcuna, vuestro lugar es el último que desearía ocupar. porque, si mi rey es oscuro en sus conductas, bien claro manifiesta el propósito de acabar a toda costa con vuestro poder. yademás lucha contra quienes tampoco ofrecen rectitud ni en sus intenciones ni en sus métodos; más que de ser engañados, podían lamentarse de ser torpes. los perjudicados por mi rey, alteza, no lo son por más leales, sino por menos listos.
días vendrán en que recordéis lo que ahora os digo y me deis la razón; si es necesario que para dármela, alteza, pase el tiempo.
con lo cual vino a decirme que comprendía que tampoco yo iba a ajustarme a lo firmado. porque cuando se juega el porvenir de un reino, cualquier ardid que se emplee es comprensible. aunque la ley de la caballería lo repruebe.
los atentados contra mi persona se sucedieron en granada. apenas había día en que algún fanático, excitado por las predicaciones de los sacerdotes del “ zagal”, no osara dirigir sus gritos de amenaza y aun sus armas contra mí. moraima vivía en medio del terror; cada mañana me suplicaba que no saliera del palacio. mi madre, por el contrario, me incitaba -si es que con el desprecio puede incitarse a alguien- a reaccionar tanto frente a mi tío cuanto frente a los cristianos; un buen arranque sería, según ella, la matanza de los embajadores, gonzalo de córdoba el primero. se negaba a aceptar la nulidad de mis posibilidades; a aceptar que me había convertido en un rey de mentirijillas, cuya táctica había de ser la de la caña, que se doblega al viento para levantarse a duras penas una vez pasado.
quiero dejar testimonio de que resistía tan sólo por mi pueblo, no por ambición personal alguna, ya que las contraprestaciones por mi rendición disminuirían más cuanto más la aplazase. si hubiese sido mi idea traicionar a los míos, más fructuoso y descansado habría sido para mí contentarme con los ofrecimientos del rey y no seguir luchando.
así las cosas, el tiempo, mi enemigo, era también mi único aliado: esperar que él volviera las tornas a nuestro favor, o llegara alguna ayuda de las solicitadas, o “el zagal” se aviniese a reconciliarse conmigo y a reunir nuestras disponibilidades, o la política internacional preocupase tanto a castilla y a aragón como para poner sus miras en otra parte, o una decisión del gran turco hiciese que europa entera se uniese contra él desviando sus ejércitos hacia oriente. pero entretanto yo no podía hacer más que esquivar los atentados y mantenerme vivo. aunque había momentos en que hubiese preferido terminar o que me terminaran. las horas de zozobra eran más largas cada día. en la alhambra las noches rebosaban de angustia y soledad, y, si bien hasta el sentido de la derrota puede convertirse en una rutina, cada mañana traía su propia preocupación, distinta de la preocupación de la anterior y de la siguiente.
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