málaga era nuestra ciudad del gozo. los que nos precedieron habían elegido bien su asiento: las vertientes costeras de una sierra llenas de vides, de almendros, higueras y olivos, y una llanura fértil, resguardada por ella, al borde mismo de la mar. sus dos alcázares, muy anteriores a nosotros, se alzaban dominando el caserío, confiados y señeros; se comunicaban entre sí por pasadizos subterráneos, y ostentaban su faro y sus banderas ante las admiradas marinerías. la importancia de su comercio y la firmeza de sus baluartes la habían convertido en una ciudad orgullosa y despreocupada, entre la hoya que riega el guadalhorce y la montuosa ajarquía.
durante aquel caluroso verano, yo la recordaba azul y blanca como la vi en mi adolescencia, prolongada en sus dos arrabales, ceñida por un cinturón de huertos y vergeles, bajo un cielo transparente y templado. recordaba los torreones rampantes que salvaguardan el barrio de los genoveses, sus murallas anchas, su coracha, las espigadas torres de las atarazanas cuyos pies lamen las olas, sus barrios trepadores y pacíficos, sus colinas suaves y su vega cuajadas de naranjos, su invariable primavera, la deleitosa vida de sus gentes… ella sola es un reino: ¿cómo no iba a provocar la avidez?
alo largo de su historia, siempre sucedió así.
los malagueños más ricos entraron -el dinero no tiene religión ni otro ideal que él mismo- en clandestinas conversaciones con fernando; pero el gobernador mandó decapitar a quienes pactaban la entrega, entre ellos a un hermano de aben comisa. ya un nuevo ofrecimiento del rey, respondió:
’ en aragón y castilla no hay suficientes tesoros para comprar nuestra fidelidad.’ ante tal negativa, fernando levantó sus reales de vélez y se dirigió a málaga. era el 7 de mayo de 1487. traía 12 mil caballeros y 50 mil peones. avanzó por las ventas de bezmiliana, mientras cerraba el puerto una escuadra al mando del catalán galcerán de requesséns. [ tiempo después me remitió con martín de alarcón estos antecedentes, con el fin de que me aleccionaran.] con esas fuerzas habría bastado para rodear toda la ciudad, pero fernando buscaba un triunfo rápido y sin dudas: temía la tradición de rebeldía y entereza de málaga. aumentó, por lo tanto, el tren del asedio: desembarcaron de las naves las piezas menores; la artillería gruesa se acercó desde antequera; de flandes llegaron, despertando las soñolientas playas, dos barcos en que el rey de romanos [que iba a ser su consuegro] enviaba piezas de distintos calibres, gran cantidad de pólvora, y experimentados lombarderos y artilleros. allí concurrieron los alemanes maestro pedro y sanceo manse, y nicolás de berna, y el portugués álvaro de braganza, y muchos fundidores franceses, y un sinfín de mercenarios de otros sitios de europa.
el valle del paso estaba vigilado por gibralfaro de una parte, y de otra por los últimos cerros de la sierra del norte. sin embargo, a pesar de sus abundantes pérdidas, aquel enorme ejército logró avistar la ciudad y cerrar el cerco por el mar y la tierra. los malagueños reaccionaron con coraje; se propusieron como blanco de sus tiros la tienda real, y fernando hubo de retirarla detrás de una colina. los primeros días fueron de prueba para los sitiadores; como una argamasa no bien mezclada, se descomponían sus tropas. el rey, recurriendo a un procedimiento ya habitual, solicitó la presencia de la reina, que estaba en córdoba.
el séquito de isabel, hábilmente suntuoso, insufló brío a las huestes. presionado por su esposa, el rey, que sólo había empleado hasta entonces artillería menor para conquistar la ciudad sin excesivo daño, resolvió utilizar los cañones de calibre más grueso, el estrago y la mortandad fueron incontables. yel estrechamiento del cerco permitió además a los sitiadores afinar su puntería y ocupar uno de los arrabales altos de la ciudad, desde el que su capacidad de destrucción se acrecentó.
mi tío mandó de adra un grupo de voluntarios, que intentó en vélez una maniobra de diversión, y un cuerpo de morabitos, que burló la vigilancia y penetró en la plaza, ayudando a hacer nuevas, aunque cada vez más dificultosas, salidas.
no fueron de ninguna utilidad. el hambre se agravaba por momentos; se acabó el trigo y se sustituyó por la cebada. hubo que tomar medidas radicales; todos los alimentos se requisaron y se almacenaron; se daban a quienes combatían cuatro onzas de pan por la mañana y dos por la noche; las raciones disminuyeron hasta su inexistencia. los malagueños entonces devoraron sus asnos y acémilas; después, sus caballos; luego, perros, gatos, ratones y toda suerte de animales inmundos. con ello sólo intentaban retrasar la muerte. recurrieron a los cogollos de palmera cocidos y molidos, a las cortezas de árboles, a las hojas de vid y de parra picadas y aliñadas con aceite. nada quedaba en la ciudad que, aun sin ser comestible, pudiera ser comido.
las enfermedades por desnutrición y envenenamiento cundían; se multiplicaban las defunciones y, sin embargo, el pueblo continuó su ciega resistencia. con esforzado empuje y corazón bizarro, quienes no disparaban -hembras, ancianos, niños- reparaban las defensas, preparaban las municiones, secaban el sudor de los soldados, refrescaban su cansancio hasta que ellos mismos caían moribundos, extenuados por la debilidad. los admirables malagueños clamaron por un socorro que nadie les prestó. [ un escuadrón de voluntarios que envié en secreto no acertó a entrar en la ciudad.] mordiéndome los puños, veía ensangrentarse los atardeceres de granada y era sangre malagueña lo que veía.
ainstancias del rey, el marqués de cádiz intentó comprar al “ zegrí”. le ofreció la villa de coín y cuatro mil doblas de oro, y otras mercedes para su lugarteniente y su alcaide y sus oficiales.
“ el zegrí” escupió en el rostro a los comisionados. ycomo, ante la desesperada obstinación, se alargaba el asedio, en el mes de julio se incorporaron oportunistas y aventureros ansiosos de fortuna de toda la península y de fuera de ella. el ejército cristiano llegó a contar con 90 mil hombres y la gloria del “ zegrí” corrió de boca en boca. pero otro era el punto flaco de aquel sitio, y su abyección me ha salpicado a mí. aben comisa fue requerido al campamento cristiano. amenazado de muerte si se resistía, hizo caso omiso de mi mandato; organizó un levantamiento contra “el zegrí” entre los desmoralizados después de tres meses y medio de penalidades, y rindió la ciudad.
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