21 de marzo de 1952.
El día de la primavera de 1952 acabó conmigo.
Cuando Carlos tomó los trastos de matar, la muleta, el estoque y la montera, miró hacia mí y sonrió. Yo estaba a pocos metros de él, un poco a la izquierda, sentada en la barrera junto a Luis Portazgo. Muy despacio, se vino hacia mí. Se detuvo un momento antes para pedir permiso a la presidencia y luego siguió dos pasos más hasta encararse conmigo desde el albero.
Se quedó quieto, con la mano derecha caída a lo largo del cuerpo sujetando la montera.
Muy despacio, alzó la mano y me brindó la montera. Me puse de pie, muda de emoción, latiéndome el corazón como si fuera una máquina a vapor. Pensé que me desmayaría y debí de tambalearme ligeramente. Luis, notándolo, me sujetó por el codo, imperturbable.
Carlos no pronunció palabra. Simplemente se subió en el estribo y con un gesto muy suave me lanzó la montera.
Fue una faena memorable. Chamaquito: tú y yo hemos ido a decenas de corridas, lo hemos visto todo, hemos visto lo mejor. Nada es comparable a lo que hizo Carlos aquella tarde con aquel torazo. ¡Qué más da! Me llevaré a la tumba el recuerdo de cada pase, de cada muletazo, de cada desplante. De la cara de Carlos, con la boca torcida por el esfuerzo, sudoroso, desafiante y totalmente fundido con el animal.
Hacia mitad de la faena, Luis me cogió la mano y la apretó fuerte y ya no la soltó. Le temblaba de emoción.
Carlos cuadró al toro delante de nosotros. Quieto, sin humillar, con la boca abierta y los ijares sacudiéndosele del agotamiento, el torazo miraba fijamente a Carlos. Era un animal vencido pero fuerte, lleno de casta y de bravura.
– Va a matar al volapié -murmuró Luis.
Carlos levantó muy despacio el estoque y casi simultáneamente la muleta, para que el toro se viniera hacia él. Todo sucedió como a cámara lenta. Se volcó encima, del toro, girando el pie izquierdo y levantando el derecho para volar hacia afuera. La espada entró de un trallazo hasta la bola y mató al bicho. Lo mató, Javier, pero en el último estertor de vida, mientras Carlos se vaciaba hacia afuera, el toro levantó la testuz y le enganchó de lleno.
Lo vi perfectamente, Dios mío, vi cómo el cuerno derecho, un puñal tan grande como mi brazo, entraba en el pecho de Carlos como si atravesara papel. En el horror instantáneo de toda la plaza, en medio del griterío ensordecedor, oí a Carlos exhalar violentamente el aire que le quedaba en los pulmones y vi su cara de dolor terrible cuando el toro lo lanzaba hacia atrás. El toro estaba muerto, Javier, y cayó como fulminado por el rayo. Pero Carlos quedó tendido en la arena con los ojos cerrados, mientras una gran mancha de sangre se le iba extendiendo por el pecho. Yo le veía respirar, sabía que respiraba y quería saltar al ruedo para socorrerle.
Luis me pasó el brazo por los hombros y me mantuvo inmóvil. Le miré. Estaba pálido, desencajado y decía algo que me resultaba incomprensible.
¿Cuánto tiempo pasó? Una eternidad, apenas unos segundos, y ya las gentes de su cuadrilla, los otros toreros, los mozos de estoques, el apoderado, le habían izado en volandas y se lo llevaban corriendo hacia la enfermería. Cruzaron la plaza sin contemplaciones y parecía una ceremonia, un rito de muerte.
– Ven -me dijo Luis.
Le seguí como una autómata, escondiéndome detrás de su espalda, mientras él, dando golpes y empellones, se abría paso a toda velocidad. No sé cómo llegamos a la enfermería.
La primera persona con la que topamos fue el mozo de estoques.
– ¿Cómo está? -preguntó Luis.
– Ay, mal, don Luis, muy mal.
Sé que di un aullido porque Luis me lo contó después. Estaba convencida de haber preguntado qué le pasaba a mi Carlos. Pero el mozo de estoques me entendió perfectamente.
– Le entró el asta, doña África, hasta muy dentro, pues… Ay, don Luis, el maestro está muy mal…
– ¡Cállese, hombre! Está vivo, ¿no? Pues cállese… Hombre, Chano -dijo interpelando al apoderado que salía de la enfermería en ese momento-, di.
Chano vino hacia mí y me abrazó fuerte, fuerte.
– Está muy malherido, África, muy malherido.
– ¡Quiero entrar ahí! -grité-, ¡tengo que entrar! Luis -imploré-, ¿no ves que se me muere?
– No dejan, África, los médicos no dejan. Ándele, que ésa es buena señal porque quiere decir que están luchando por su vida y lo van a salvar…
Pero yo empujaba hacia la puerta con tal fuerza nacida de la desesperación que les costó gran trabajo a los tres cerrarme el paso. Un momento después se abrió nuevamente la puerta del quirófano y salió un médico con la bata blanca toda manchada de sangre.
– ¡Doctor, Dios mío! -grité-. ¿Cómo está?
Apretó los labios.
– No muy bien. Tiene una cornada muy profunda que le ha pasado a menos de un milímetro del corazón. No le ha matado, pero ha hecho mucho destrozo. Es fuerte, Carlos es fuerte. Yo creo que resistirá. Lo vamos a llevar en la ambulancia al hospital Español ahora mismo.
– Quiero ir con él.
– No puede ser, doña África. Está inconsciente y necesita de todos nuestros cuidados hasta que podamos operarle con garantías en el quirófano y con un buen equipo de médicos…
Suprema ironía: cuando salíamos corriendo de la enfermería para dirigirnos al hospital, entraba el alguacilillo con cara compungida llevando en las manos las dos orejas y el rabo del torazo que el presidente le había concedido en premio a su faena.
La espera fue larga. Pasaron las horas y nadie vino a contarnos lo que estaba pasando. Sólo llegaron noticias que la madre de don Carlos, doña María, estaba postrada en casa, incapaz de moverse, destrozada por lo que le había ocurrido a su hijo. Su administrador la mantenía constantemente al tanto. ¡Qué cinismo! La vieja pécora. Por fin llegaron tía Ramona y tío Armando y, al rato, el tío Adolfo. Todos me abrazaron como si fuera una viuda, Dios mío. ¿Puedes comprender lo que yo sentía, Javier?
¿Puedes comprender las preguntas que me hacía después de haber atisbado la felicidad? ¿De qué hilo pendía la vida de Carlos? ¿De cuál de mis culpas? ¿De qué pecado mío que tuviera él que purgar?
Y poco a poco, a lo largo de aquella tarde interminable, fui comprendiendo cuál era el precio que se me exigía para que él siguiera viviendo. De pronto me asaltó nuevamente el olor a yerbazo que creía olvidado para siempre, el hedor de casa de tía María. ¿Fue un truco del subconsciente? ¿Fue la maldición que ella me había echado con tanta saña? No lo sé, Javier, no lo sé. No lo sabré nunca ya.
La tía Ramona me miraba fijo, fijo. Ella sabía, porque conocía mis pensamientos y mis temores. Ella también supo sin lugar a dudas cuál era el precio. Lo supo con tanta certeza como si yo se lo hubiera contado. La venganza de María no era conmigo. Oh, no. Era conmigo a través de lo único que podía doblegarme: mi vida a cambio de la de su hijo. Espero que esa mujer esté ardiendo en los infiernos.
Me puse en pie y me acerqué lentamente a una ventana. Miré a la tía Ramona y ella también se levantó y se me acercó.
– Me voy, tía Ramona. Me voy a ir de vuelta a España.
No dijo nada. Asintió despacio con la cabeza, pero no dijo nada. Desde el otro lado de la habitación, Luis también lo comprendió.
En ese mismo momento, se abrió la puerta del quirófano y salieron dos médicos, aún con las batas puestas y las caretas asépticas colgándoles del cuello. Vinieron derechos hacia mí.
– Está muy grave -me dijo el que parecía e1 mayor de los dos-, pero se repondrá. Me da mucho gusto decírselo.
Yo ya lo sabía.
Perdí a mi hijo (imagínate, a mi hijo de dos semanas, dos semanas respirándome dentro) dos días después. Tuve una hemorragia muy fuerte, el cansancio, dijo el médico, el susto de la cogida de Carlos, el disgusto, la tensión. Esas cosas eran muy delicadas. Lo sentía mucho, me dijo, pero me recomendaba al menos una semana de reposo en la cama antes de emprender viaje.
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