Y sentí dolor físico de no estar en sus brazos, de su ausencia. En ese mismo momento, le necesitaba más que a nada en este mundo. Miré al tío Adolfo, ensimismado en su soledad, y le comprendí del todo: cuando Alicia había muerto, él se había muerto tanto como ella; sólo seguía viviendo como un acto reflejo, simplemente porque no se le paraba el corazón. Si yo debía quedarme sin Carlos, moriría de la misma manera. Todo me daría igual. Dedicaría el resto de mis días a esperar a que se me detuvieran los latidos del corazón.
A media tarde (yo hacía rato que me había ido a mi rincón-observatorio y hojeaba lentamente un gran libro encuadernado con números del Blanco y Negro de cuando la República), sonó el teléfono. De un salto salí al vestíbulo, llegué al segundo timbrazo y descolgué el auricular.
– Bueno -dije con algo de sofoco.
– África. No te muevas de ahí que ahora mismo voy. -La voz de Carlos sonaba grave y seca.
Quise preguntarle qué pasaba, pero no me dio tiempo: ya había colgado.
Dios mío, Dios mío, pensaba yo, ¿qué puede haber pasado para que me hable así? Oh Dios mío, que no sea nada.
Carlos tardó menos de un cuarto de hora en llegar a la casa. Yo espiaba por la ventana del vestíbulo y, cuando vi que frente al portalón de entrada se detenía su haiga de torero, cubierto de polvo, con el botijo y los baúles aún encima de la baca, abrí la puerta de la casa y salí corriendo por el jardincillo. Carlos se había bajado del coche con el semblante grave y el ceño fruncido y no se movía de donde estaba.
– Oh Dios mío, Carlos, ¿qué ha pasado?
Me miró fijo, fijo y por fin abrió los brazos para que pudiera refugiarme en ellos. Me recorrió una ola de alivio y se me puso la carne de gallina: la severidad de su voz nada tenía que ver conmigo. Oh, gracias a Dios. Y allí mismo, en plena acera, me besó como pocas veces lo había hecho, con pasión, no, con pasión, no; con furia, con violencia. Después me agarró por la cintura, me hizo darme la vuelta, me llevó casi a rastras por el jardincillo, empujó la puerta de entrada, me empujó a mí, cerró de un taconazo y, sin dejarme parar, me hizo subir las escaleras llevándome sujeta por la cintura con ambas manos.
Ah, Javier. No se necesitaban palabras. No me hacía falta que me dijera lo que iba a pasar, lo que quería de mí. Ni siquiera me era necesaria la famosa intuición femenina. Cuando íbamos por el segundo tramo de escalera, yo ya me había desabrochado los botones de la blusa y él, desde detrás de mí, intentaba abrirme el cinturón. Por el descansillo quedaron mis zapatos y Carlos me arrancó el sujetador justo antes de que entráramos en mi cuarto.
Me tiró sobre la cama y me bajó la falda y la enagua y con las dos manos sujetándolas desde las caderas, me quitó las braguitas de encaje que él mismo me había regalado tiempo atrás. No sé cómo se desnudó. Yo le miraba y el deleite de mis sentidos era tal que sólo podía reparar en cómo iba asomándole la piel, en los detalles de su pelo negro rizándose sobre su vientre tan liso y tan fuerte, en los músculos de sus piernas y de sus hombros y de su estómago y en la violencia de su cuerpo.
No habló, no dijo nada. Me penetró y me amó con brutalidad total, sin una sola concesión a la ternura. Y cuando te lo cuento ahora y en los miles de veces en que he recordado aquel instante, sé que nunca me entregué tanto, nunca vibré más, nunca me sentí más fundida en un cuerpo que no era el mío y que sí lo era. Carlos fue totalmente mío y yo, totalmente suya. ¡Que alguien se atreva a decirme que no fue mi marido!
Mucho tiempo después, cuando empezó a haber sitio para la ternura, para los besos distraídos, para el escalofrío de un remanente de placer suscitado de golpe por una caricia tardía, exclamé:
– ¡Dios mío, Carlos, el tío Adolfo está abajo! Lo habrá oído todo, ¡qué vergüenza!
Se rió y me hizo cosquillas en el ombligo con su barba mal afeitada.
– Ay, África, el tío Adolfo sabe bien lo que es el amor. -No dijo más.
Y al cabo de otro rato largo:
– Daría media vida por un vaso de agua. Me muero de sed.
Entonces me levanté, fui al cuarto de baño, llené un vaso con agua y regresé a la habitación. Cuando estaba cruzando el umbral del baño, Carlos levantó una mano y dijo: «Quieta, no te muevas.» Me miró con tanto detenimiento que me dio la impresión de que se me calentaban los pechos y me subía una fuente de agua desde el vientre, pero no me importó, no me dio vergüenza, que mirara lo que quisiera, él había hecho que me sintiera orgullosa de mi cuerpo.
– La bella África -murmuró-, mía para siempre. Ven aquí.
Al llegar a Méjico ciudad, había llamado a casa de la tía Ramona y el tío Armando le había contado todo. Así de fácil fue. Creo que descargó toda la furia que llevaba contra su madre haciendo el amor en mí, pero de tal manera que supe, supe sin lugar a dudas que en aquel momento llevaba a su hijo en mi seno. Y Carlos me miró aquella tarde de un modo tan lleno que comprendí que él también lo sabía.
¿Qué puedo decirte, chamaquito? ¿Cómo puedo expresar lo que se siente al tener el amor instalado en el centro de una misma? Durante días y días floté en las nubes, olvidados las penas y los sustos. Con una delicadeza que hacía de él el hombre maravilloso del que me había enamorado, Carlos me trató con ternura, con diversión, con risa, con sensualidad y con preocupación. Rompió con todo durante diez días y nos fuimos a La Habana, a Varadero, a pasar nuestra verdadera, grande y completa luna de miel.
Antes de marchar, llamó a su madre. No había hablado con ella desde su llegada a Méjico ciudad. Yo quería irme de la habitación desde la que llamaba, pero Carlos me sujetó por la muñeca e hizo un gesto negativo con la cabeza.
– ¿Madre? -Nunca le había oído usar una voz tan terriblemente seca, tan llena de desprecio-. No quiero volverte a ver en mi vida. No quiero saber más de ti. No quiero que me vuelvas a hablar. Adiós.
Colgó y se quedó en silencio mirando el teléfono durante unos instantes. Luego levantó la cabeza, me tocó suavemente entre los pechos con el índice derecho y lo deslizó hasta llegarme a la altura del corazón. En voz muy baja, añadió:
– Vamos, ven. Vámonos.
Y nos fuimos a nuestra luna de miel.
La plaza de toros de Méjico es la más grande del mundo. Allá caben cincuenta mil personas. Cuando te sientas en barrera, vuelves la cabeza y miras hacia arriba y aquello no se acaba nunca. Tanto suben las gradas que arriba del todo parece como si se inclinaran hacia adelante y te fueran a caer encima. Es puro color y griterío, puritito entusiasmo macho, que dirían allá. Carlos me había dicho muchas veces que lo más impresionante de todo era cuando los toreros se asomaban a la puerta de cuadrillas para hacer el paseíllo y, de pronto, sonaba un atronador «¡ole!». Todos lo gritaban con una sola voz. Carlos decía que después dejaba de oír casi todo y se concentraba en el miedo. ¡Oh, sí! Pasaba miedo.
Una vez le pregunté hasta cuándo le duraba el miedo en la plaza. Me dijo que hasta que salía el toro y le miraba salir de toriles y embestir y ver hacia dónde se acostaba y qué hacía con los pitones. Y luego salía solo al ruedo y miraba al animal y lo citaba de lejos. Cuando lo veía correr hacia él, de golpe comprendía que lo iba a dominar, que iba a nacerle doblar y encelarse con el capote. Y le daba la primera verónica y ya estaba. Ya no pensaba más en el miedo.
Ya sabes lo que viene, ¿no?
Aquel torazo era el de la gloria, el del triunfo. Aquel torazo era para mí, para lo que yo había sufrido, para nuestro hijo, para nuestro amor y nuestra vida juntos. Oh sí, Javier, mi chamaquito: era todo eso. Era como rezar el credo y tocar el cielo.
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