Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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Aspiner Conglomerates era, en el momento de la muerte de su presidente y principal accionista, la tercera compañía en el ranking de Fortune, lo que equivale a decir la tercera compañía del mundo. Se me olvidan las cosas que produce o en cuya producción interviene Aspiner Conglomerates. Donde se mire, está: componentes electrónicos para la industria de armamento y para la NASA, plásticos, minería, petróleo, alimentación, plátanos, sí, plátanos, software para la cibernética, calzado. Todo. A lo largo de su vida, Aspiner supo diversificar sus inversiones para evitar, de ese modo, problemas con la legislación norteamericana de monopolios. Era un verdadero genio de las finanzas y de la industria. Y, además, fue un hombre de gusto refinado: la Fundación Aspiner tiene en Denver una de las pinacotecas más importantes de los Estados Unidos. Un pilar de la comunidad. Padre de familia respetado, vivía con su mujer y sus cuatro hijos en una magnífica mansión en el condado de Westchester y mantenía este pequeño apartamento en Nueva York, por si tenía que quedarse a dormir allí o para alojar a sus numerosos invitados. Fruslerías.
Ahora, unos cuantos técnicos fotografiaban su cadáver, otros tomaban medidas o colocaban un cerco de cinta adhesiva negra sobre la inmaculada moqueta, alrededor de su cuerpo. El forense, el viejo e irrespetuoso doctor Scott, le examinaba de rodillas.
– Malcom Aspiner, cincuenta y ocho años -dijo Joe-, probablemente asesinado…
– Asesinado, Joe, asesinado -interrumpió Scott con voz segura, y se incorporó-. Buenas noches, Pat. ¡Hombre, si está Chris aquí! ¿Qué, vas a fotografiar a este fiambre, Chris? A Aspiner lo mataron.
– ¿Cuándo?
– Yo diría que hace unos cinco días. Tengo que ver lo que nos cuenta la autopsia, pero a lo sumo cinco días, Pat.
– Pero, vamos a ver, ¿cómo es posible que se tarde cinco días en descubrir la muerte de un personaje de este calibre?
– Humm. Parece que se marchaba a Europa a hacer una breve gira y que, en esos casos, no se le contactaba si él no llamaba antes. Si había algo urgente, le dejaban un mensaje en su oficina de París.
– ¿Y?
– Hubo algo urgente. Nada, una tontería de un par de millones de dólares y, al sexto día de no tener noticias suyas, uno de sus gerentes se puso a buscarle en serio. Bueno, no se había embarcado en avión alguno, no había utilizado el suyo propio, y vinieron a ver.
Patrick me pidió un cigarrillo. Se lo di, me puse otro en los labios y le di fuego.
– ¿Cómo le mataron, doc?
– Con una aguja, con un estilete… algo así, aquí detrás -y se señaló la nuca -. Le cortaron el tallo encefálico y el que lo hizo desde luego sabía lo que hacía. Aspiner no debió ni enterarse.
– ¿Alguna hipótesis?
– Bueno… -el doctor se rascó la nuca, se sacó un puro del bolsillo, se lo puso en la boca y empezó a mascarlo-. Estoy dejando de fumar, Chris. Deberíais seguir mi ejemplo. No hay señales de lucha… lo cierto es que no se puede saber… ya lo veremos en la autopsia. Bueno, chicos, os lo podéis llevar.
Los camilleros tenían preparada una gran bolsa de plástico verde. Entre dos, agarraron el cadáver, lo introdujeron en la bolsa y cerraron la cremallera. Lo colocaron sobre una camilla y se marcharon con él.
Sobre la moqueta quedó una sola pequeña mancha marrón; una gota de sangre coagulada.
– Joe -dijo mi hermano-, ¿la viuda?
– Se lo iba a contar el fiscal del distrito, teniente.
Miré hacia la luz del techo, que había sido encendida para mejorar la iluminación.
– Pat -dije -, ¿no notas algo raro?
– No. ¿Qué?
– No tengo ni idea… Me ha parecido que hay una vibración en este cuarto, como si temblaran las bombillas… No sé, es algo raro.
– Raro estás tú -dijo el doctor Scott-. Aquí no se nota nada. Anda, Chris, que ves fantasmas por todas partes.
– Será eso.
Hay una cosa a la que nunca consigo acostumbrarme: la frialdad e indiferencia con que la Policía trata a un muerto. Puede que tengan razón. La verdad es que un muerto es menos que nada, y que sólo cuando se tuvo relación con él en vida, se guarda un recuerdo impresionado. Pero no deja de chocarme. Patrick se frotó las manos.
– Bueno -dijo -, aquí ya no tenemos nada que hacer, mientras estén todos estos patosos dando vueltas. Ya me lo contaréis mañana. Chris, vamos a echar una parrafada con MacDougall. El ascensorista irlandés nos condujo a su cubículo de detrás de la portería. Había preparado té y nos ofreció un tazón a cada uno. Ardía y, de puro cargado, raspaba la lengua.
– Les podría dar algo más fuerte, pero ya sé que la Policía no bebe cuando está de servicio.
– Patrick, Patrick, ya se nota que no sale usted mucho de aquí. Cuando más bebe la Policía es cuando estamos de servicio… No, no. No se mueva. El té nos vendrá bien. Bueno. ¿Qué nos puede contar?
MacDougall levantó las cejas, agitó un poco las manos y se removió en su asiento. Estaba nervioso y se le notaba la poca costumbre de hablar.
– ¿Es usted soltero?
– Viudo. -Me miró con sorpresa-. ¿Por qué lo pregunta?
– No, por nada. Me preguntaba si vive usted solo. -Pat me miró con impaciencia.
– Sí, vivo solo. Tengo una hija casada y paso con ellos los domingos cuando no me toca estar aquí.
Pat carraspeó.
– ¿Qué nos puede contar?
– Eh… bueno. La última vez que vi al señor Aspiner fue el lunes pasado. Llegaron después de cenar, como a las once…
– ¿Llegaron?
– Sí… él y una señorita.
Me empezó a parecer que Malcom Aspiner no era un verdadero pilar de la comunidad. MacDougall sorbió un poco de té ruidosamente.
– ¿Una señorita?
– Sí. Nunca la había visto antes. Digo que era una señorita porque se la veía muy joven… muy alta. -Ahora hablaba con mayor seguridad.
– ¿La reconocería si la volviera a ver?
– Hombre… yo creo que sí. Era… alta… eh… morena. Bien guapa, sí, bien guapa que era. -Se rió-. Pero no creo que la volvamos a ver.
– ¿Por qué?
– Bueno, porque salió como a la hora… serían las doce o así. Me dio las buenas noches, se fue a la calle, llamó un taxi y le pidió que la llevara al aeropuerto Kennedy.
– ¿Sonaba a extranjera?
– No sé. -Pensó durante un rato-. La verdad es que no lo sé. Hablar, hablaba bien… me parece. ¿Ustedes son americanos?
– Más o menos. Somos portorriqueños.
– Bueno, pues yo la veo más o menos como ustedes.
– ¿Qué quiere decir más o menos como nosotros?
– Pues, qué sé yo… el color de la piel, así, tostado.
He oído muchas definiciones del color de mi piel, pero tostado resultaba definitivamente original.
– ¿Quiere decir que era latina?
– Eso… eso es… latina.
– Humm. -Pat se rascó la barbilla.
– Y ¿cómo sabe usted que se fue a Kennedy?
– La acompañé hasta la puerta. De noche, ya se sabe, nunca está nadie seguro en Manhattan. Y menos una señorita.
– Ya. -Pat se volvió hacia mí y dijo pensativamente-: Dios sabe cuántos vuelos salen de Kennedy durante la madrugada. Habrá que ver eso. -Suspiró-. Muy bien, Patrick, nos ha sido muy útil. A lo mejor tenemos que volver a darle la lata. -Le dio una palmada en el hombro.
MacDougall se atragantó. Le dio un ataque de tos. Cuando se calmó, dijo:
– A sus órdenes, teniente. Eh… el señor Aspiner era muy querido… muy buena persona. Ya sabe. Me gustaría que la pillaran.
No me pareció muy convencido.
– Humm.
CAPITULO V
El día en que conocí a Marta celebrábamos mi primer Pulitzer y el hecho de que había terminado de pagar todas mis deudas. Mi cuenta corriente en el banco disfrutaba de un sanísimo e inusual color negro; tenía exactamente 527 dólares en ella. Mis posesiones incluían cuatro cámaras fotográficas, un pequeño laboratorio para revelar mis propios contactos, el cuadro de Houthuesen, un par de centenares de libros, seis pantalones y cuatro camisas. Era el hombre más feliz del mundo. Y el más rico. Aquella misma mañana había mandado a mis agentes a freír espárragos; había dejado de trabajar en exclusiva para una sola agencia o con primer derecho de reserva para Time. De entonces en adelante, quien quisiera mis fotos, las iba a tener que pagar a lo que se cotizara cada disparo de mi objetivo y, además, nadie más que yo iba a decidir qué fotos mías se seleccionaban para publicación. Mi trabajo era mío y, en mi opinión, que es la que cuenta, el mejor del mundo.
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