Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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Con los diez mil dólares, hice las tres o cuatro cosas más sensatas que he hecho en mi vida: le compré dos quilos de filetes a mi madre, seis botellas de champán a toda la familia, un equipo completo de fotografía al famoso profesional C. Rodríguez y me matriculé en la Universidad de Columbia, Facultad de Bellas Artes, rama fotografía. A Patrick le di quinientos dólares para que se comprara una moto Harley Davidson de segunda mano con la que se le caía la baba desde hacía un año.

En mi cuarto oscuro aún guardo la Hasselblad. A su lado está la Kónica Reflex T3 y el equipo de lentes que me compré con la recompensa. Ya no las uso, pero no me da el corazón para tirarlas.

CAPITULO IV

Marta, mi ahijada, tiene nueve años y es la cosa más bonita que he visto en mi vida. Es espigada y morena, tiene la piel tersa y suave y las piernas más largas que darse puedan. Los ojos, enormes, le lucen en la cara como dos carbones y la ingenua sonrisa tiene toda la feminidad de su madre y la travesura supongo que de su tío y padrino.

En cuanto abrió el paquete que contenía el body de raso y los calcetines calentadores para practicar ballet moderno, Marta se colgó de mi cuello y ya no me quiso soltar. No hay nada como el soborno para estimular el amor de los niños. Tina me miraba con aire de reprobación y Patrick con todo el profundo cariño que nos tenemos.

– Bueno, teniente -le dije con una sonrisa-, eres el héroe de Nueva York.

– ¡Bah! Tampoco es para tanto -me contestó, encogiéndose de hombros.

Patrick se parece mucho a mí físicamente; es igual de alto y tiene el mismo cuerpo musculoso y sólido, con mucha fibra estirada y nerviosa. Sus manos son grandes, afiladas y sensibles. Y ahí para nuestro parecido. Creo que la diferencia sustancial entre nosotros es que Patrick carece en absoluto de imaginación. Es más, le parece escandaloso y vagamente desequilibrado andar por la vida dando tumbos, dejándose llevar por la inspiración del momento y encender por el estusiasmo pasajero. Más o menos como Gardner, pero infinitamente más entrañable y menos pomposo. Por eso aprobaba tan solemnemente a Marta cuando vio que se había convertido en mi ancla. Por eso, él, tan duro y despiadado como profesional, lloró como un niño el día en que le dije que Marta había muerto; había en su tristeza mitad dolor y mitad preocupación por mí.

Creo que esa cualidad sólida y llena de sentido común hace de Patrick el mejor policía que conozco. Es como un perro de presa, que no suelta su mordisco hasta haberlo digerido. Y, al mismo tiempo, desconoce el miedo y, sorprendentemente, nunca calcula los riesgos personales que arrostra. Sin Patrick, hubiera sido incapaz de desentrañar toda esta historia de dementes que estoy contando y, sin embargo, mi hermano no es consciente de lo que supuso su ayuda. Para él fue un trabajo más.

Pasamos el día apaciblemente en la casita de Brooklyn Heights, rodeados por los cuatro escandalosos niños, Marta, Christopher, Leticia y Juan, que se agitaban y jugaban sin parar, entrando y saliendo de las habitaciones, deteniéndose un momento a mirar los dibujos animados de la televisión, volviendo a correr de un lado para otro y, en general, ignorando el chorro constante de órdenes que les impartía su madre. La diferencia entre las madres latinas y las anglosajonas es que las primeras gritan mucho y pretenden, sin pretenderlo, asustar e intimidar, educando a su prole más por lo que está prohibido hacer que por lo que resulta positivo y estimulante y lógico. Con todo su griterío, prefiero a la madre clueca y chillona. Me recuerda a la mía que, hasta hace bien poco, me veía y exclamaba: "A este niño le voy a dar un cachete; está usted muy flaco, niño; tómese ahorita mismo un vaso de leche."

Tina nos dio un festín de las cosas que verdaderamente me gustan: ensalada de aguacates, un poco de guacamole con tortillitas de harina de maíz, arroz a la cubana con un montón de plátanos fritos y salsa de tomate, filetes de chancho con papas dulces y, para terminar, dulce de guava hecho por ella. Me temo que bebimos más ron del conveniente. Había llegado yo con dos botellas de añejo y casi nos las liquidamos. Nos quedamos los tres medio adormilados en los sillones, charlando esporádicamente, recordando otros tiempos, riendo alguna broma. Al caer la tarde, mis cuatro sobrinos me obligaron a contarles una de mis aventuras (safaris fotográficos, los llama Tina), en las que ocurren muchas más muertes de las posibles y yo acabo salvando al jefe de la tribu, "¿y a la princesa?", y a su hija la princesa, y me quedan eternamente agradecidos y me hacen hijo adoptivo del clan. Siempre acabo perdiendo los dedos de los pies de la manera más inverosímil posible, y Juan, que es tan pequeño que no recuerda las cosas, pide insistentemente verme el pie derecho.

– ¿Queréis dejar al tío Christopher en paz? Hale, es la hora del baño. ¡Todos arriba!

– ¿Te duele mucho? -me preguntó Patrick.

– Bah, ya sabes. Sobre todo con el frío, me molesta. Pero me olvido de ello la mayor parte del tiempo. Echo de menos, eso sí, la fotografía de guerra, pero no tiene remedio. -Bajé la vista y supongo que mi hermano debió verme un gesto de amargura, porque me puso una mano en la rodilla y la apretó.

– Nunca cazaste al que mató a tu mujer.

– ¿A Pedro? No, nunca… Vamos a dejarlo, ¿eh, Pat?

– Bueno, bueno, lo dejamos. Pero es que nunca quieres hablar de ello, nunca me has contado de verdad lo que pasó y me parece que no te sacarás la hiel de dentro hasta que seas capaz de enfrentarte con ello.

¿Enfrentarme con ello? Lo había hecho mil veces. En la cama del hospital y en mi casa, soñando, delirando o despierto, por la calle o en un avión. Mil veces, Pat, mil veces. Pero la hiel no me saldría de dentro hasta que encontrara a Pedro. Hasta que murió Marta, nunca creí que un hombre fuera capaz de vivir sólo estimulado por el deseo de venganza. Todos los días, cuando estaba en Washington, hacía dos horas de rehabilitación y me entrenaba para aprender a correr y a moverme con agilidad faltándome medio pie. Dennis era absolutamente implacable en estas cosas, y sabía bien que era esencial que recuperara todos mis movimientos para enfrentarme con lo que tenía que hacer. Un día volvería a estar en forma y podría regresar al campo de batalla, se supone que a hacer fotos. Pedro estaba en algún campo de batalla, en alguna revolución, despreciando a los débiles, matando cruelmente, dirigiendo purgas. Y le encontraría.

Levanté la vista. Patrick me miraba con el ceño fruncido. Tina, apagados los ruidos de la casa, estaba quieta en el umbral de la puerta, mirándonos a uno y otro sin decir nada, sabiendo que en medio de aquel salón tan acogedor flotaba el fantasma de Marta.

De repente sonó el teléfono en el vestíbulo, con la estridencia agigantada de lo inesperado. Tina se volvió hacia donde estaba el aparato, diciendo:

– Ya lo cojo yo. ¿Diga?… Sí, aquí es… Sí, sí está. Un momento, que ahora le aviso. ¡Pat! -dijo, alzando la voz -. Es para ti, de la Comisaría. -Y se quedó quieta con el auricular en la mano, esperando a que llegara Patrick.

Éste lo cogió, al tiempo que apretaba cariñosamente la mano de Tina.

– Rodríguez -dijo mi hermano secamente. Escuchó durante un largo rato en silencio y luego añadió-: OK, OK, ahora voy para allá. -Colgó el teléfono.

Estornudé ruidosamente. Pat se asomó a la puerta y me dijo:

– Estás acatarrado. Te vas a tener que cuidar, que hace mucho frío. ¿Quieres ver cómo mueren los ricos?

– Siempre quiero ver cómo mueren los ricos.

– Pues vente conmigo.

– Como volveréis a unas horas imposibles -dijo Tina-, os dejaré algo de cena en la cocina.

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