Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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– Ni te molestes, amor -contestó Patrick-. Sabes que estas cosas que pasan en sábado, se complican siempre. -Le puso las manos en los hombros y le dio un rápido beso en los labios -. No me esperes, ¿eh? Hasta mañana.

Por lo que a él concernía, mi hermano ya no estaba en casa. Se había puesto la máscara del sabueso y ya husmeaba la presa. Alguien había matado a alguien; un asesino andaba suelto por Nueva York, por el corral del teniente Rodríguez, de Homicidios. Eso no podía ser. Patrick ya no descansaría hasta dar con él. Siempre me he preguntado qué hace con los asesinatos que quedan sin resolver. Me imagino que los archiva en su fenomenal memoria y espera, incluso años, a encontrar una pista, cualquier cosa, un indicio que le lleve a detener al malhechor. Puedo ver la cara de sorpresa de un supuestamente pacífico ciudadano cuando es detenido por Patrick años después de haber matado a su abuela por robarle unos dólares o cobrar un seguro de vida. Nueva York es una ciudad totalmente neurótica, pero hay una cosa que funciona: la Policía. Con desorden e inmoralidad, con corrupción o sin ella, es difícil cometer impunemente un crimen en Nueva York. A lo mejor, esto que digo no es verdad, pero le debo a Patrick un par de favores y se los pago así. Sin una sola palabra, nos montamos en su coche. Encendió las luces y arrancó. Cruzamos a Manhattan por el puente de Brooklyn y tomamos por el FDR Drive hacia el norte. Abandonados el Drive en la salida de la calle 42, dejando a la derecha el enorme edificio de las Naciones Unidas y seguimos subiendo por la Primera Avenida hasta llegar a la calle 51. Allí, mi hermano torció a la derecha, en dirección al río y se detuvo ante el inmenso portalón del East River Club Building, un viejo rascacielos de veintiún pisos que contiene los veintiún dúplex más lujosos de los Estados Unidos. Di un largo silbido; decididamente, éste era un fin de semana para dar silbidos. Aparcados ante la puerta había una ambulancia, dos coches-patrulla y el automóvil del forense del distrito de Manhattan. Un poco más allá, una enorme limousine negra quedaba discretamente apartada con el motor encendido para que no se enfriara su interior.

– El dignísimo fiscal del distrito -murmuró Patrick, señalándola con la barbilla.

Un policía de uniforme daba patadas en la acera para intentar calentarse los pies. Había un pequeño grupo de curiosos mantenido a distancia por el policía.

– Buenas noches, teniente -dijo-. Piso veintiuno.

El ascensorista, un viejo asmático con pinta de irlandés, nos miró a los dos con aire desconfiado.

– ¿Piso veintiuno? -preguntó.

– Si, por favor -contestó mi hermano-. Mucho trajín esta noche, ¿eh?

– Sí, señor, sí. -El irlandés hizo girar la palanca que controlaba el movimiento del ascensor, al tiempo que empujaba con la otra mano la puerta metálica, que se cerró con el estrépito siempre reconocible de los elevadores neoyorquinos. Se puso a mirar hacia el frente, dándonos la espalda. Luego tosió una vez, volvió un poco la cabeza hacia nosotros como si pensara hablarnos. Dudó un momento y, por fin, se decidió-: Yo estaba de servicio la noche en que pasó todo esto… eh… señor. -Había cambiado la dirección de sus ojos y ahora miraba firmemente a un punto intermedio entre nuestras dos cabezas.

Yo creo que luchaba contra el sentimiento de años de discreción y que hablar le estaba costando un esfuerzo tremendo, como si fuera una traición a sus inquilinos.

– ¿Ah, sí? -dijo Patrick-. ¿Cómo se llama usted?

– Patrick MacDougall, para servirle… esto… eh… ¿capitán?

– Teniente -contestó mi hermano, sonriendo-. Patrick MacDougall, ¿eh? Pues, hombre, yo también me llamo Patrick. Patrick Rodríguez. Sólo que apuesto a que soy menos legítimo que usted, ¿verdad?

El ascensor se detuvo. Habíamos llegado al piso 21. El ascensorista abrió la puerta.

– Country Tyrone, Irlanda del Norte, teniente. ¿Y usted? -preguntó, sonriendo francamente.

– Yo soy de Puerto Rico. Un Patrick menos legítimo, ¿eh? Me gustaría que luego habláramos un poco usted y yo. ¿Qué le parece?

– A su disposición, teniente. Cuando quiera. Estoy de servicio toda la noche.

– Estupendo. Pues luego nos vemos.

– Sí, señor. -Y cerró la puerta del ascensor, que se puso a bajar inmediatamente, rechinando sobre sus rieles.

A través de la puerta se oyó el aire que subía, resoplando por el hueco.

Por la puerta abierta del apartamento al que llegábamos, la única que daba al descansillo, podían verse los destellos de los flashes de los fotógrafos de la Policía. Un policía uniformado que hacía guardia en la puerta nos dio las buenas noches y nos anunció que estaba el fiscal del distrito.

En el vestíbulo del apartamento había poca gente. Dos técnicos de la Policía estaban inclinados sobre una fantástica mesa de mármol y lapislázuli levantando huellas dactilares. Encima de la mesa, colgado de la pared entelada de seda color azul-gris, había un maravilloso espejo renacentista, cuyo marco de nácar se arabescaba en dibujos apenas sugeridos de figurines y diosas. Adosado contra la pared de enfrente había un pequeño taburete recubierto de tapicería holandesa. No había más mobiliario y todo, incluidos la mesa y el taburete, era perfectamente despreciable al lado de una colección de cinco cuadros con dibujos de Durero colgados encima del taburete. No me hubiera movido de allí en horas. Y luego se dice que se roba por hacer dinero. Pat me dio un codazo y dijo:

– Vamos, hombre.

Dios, desgraciadamente, me ha dado un sentido del olfato que para sí quisiera el catador de la casa de Mouton-Rothchild, comerciante en vinos. Nada más trasponer el umbral del salón, me asaltó el olor punzante y característico de un cadáver humano en descomposición. Lo conozco bien; años de recorrer campos de batalla, escenarios de atentados y prisiones de guerra, me han convertido en uno de los primeros conocedores en la materia. Nunca me acostumbraré a él. Me revuelve el estómago.

Pat y yo cruzamos el vestíbulo y nos acercamos a la puerta de lo que evidentemente era el salón. Apoyado contra el quicio, espléndidamente vestido de smoking, estaba el fiscal del distrito de Nueva York, Matthew Hartfield.

– Buenas noches, teniente -dijo, volviendo la cabeza. Tenía el aspecto cansado y tenso de quien se ha llevado una sorpresa desagradable sin estar preparado para ella.

– Buenas noches, señor -contestó Patrick. Yo no dije nada.

El fiscal me miró, levantó las cejas, hizo una breve inclinación de cabeza apenas perceptible y, a partir de ese momento, dejé de existir para él.

– Malcom era buen amigo mío, teniente. Esto es una verdadera tragedia para los Estados Unidos y para mí personalmente.

– Así, sin más; los dos protagonistas de este drama eran los Estados Unidos y el señor fiscal general. Vaya por Dios-. Quiero que me informe del progreso de la investigación, paso a paso. Y, teniente, quiero una detención inmediata, cuanto antes.

– Sin añadir una sola palabra, se dio la vuelta y se marchó.

– Sí, señor -murmuró Patrick. Luego, levantó la voz y exclamó-: ¡Joe!

– Teniente -contestó un hombre corpulento que estaba a un par de metros, con un bloc en la mano.

Paseé mi mirada por la escena. Era verdaderamente una enorme habitación. Al fondo había un gigantesco ventanal que daba al río. A la derecha, una gran biblioteca con una chimenea en medio. Como era de esperar, sobre la chimenea colgaba un Juan Gris que yo conocía bien porque era una de mis pinturas favoritas; la había visto hacía poco en una exposición del Metropolitan de pintura postimpresionista y, sobre un atril que había en el salón de mi casa, tenía el catálogo de la muestra, abierto precisamente por la página en que se reproducía el Gris. Me acababa de enterar de quién era el muerto. En la pared de la izquierda había una puerta de corredera y el larguísimo espacio que quedaba libre hasta el ventanal estaba casi totalmente cubierto por una clásica escena veneciana de Canaletto. El dueño del apartamento creía en la bondad de rodearse de cosas bellas. Aunque, la verdad sea dicha, el dueño del apartamento, probablemente, ya no creía en nada: estaba caído de espaldas en el suelo, con los brazos en cruz. La muerte no tiene nada de sereno. Malcom Aspiner, el empresario de las portadas de Time, el mecenas de las Artes, presidente de Aspiner Conglomerates y uno de los hombres más ricos del país, carecía en la muerte de la dignidad y firmeza que había tenido en vida; su cara se había hinchado con el principio de la descomposición, los ojos muy abiertos daban la impresión de írsele a salir de las órbitas y era evidente que, al morir, su esfínter se había relajado haciéndole defecar, lo que añadía un elemento más al horror de la escena.

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