Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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Los salones de Meryl Hathaway, la célebre viuda del millonario bostoniano, son en Washington lo que fueron, supongo, en el París del xviii los grandes cenáculos literarios de las mujeres galantes: lugar de reunión de la alta sociedad y de los intelectuales, de artistas y políticos. Nadie que sea invitado a cenar se atreve a no aceptar, y a mí me invitan de vez en cuando porque luzca el enfant terrible de la capital de los Estados Unidos. Cualquier parecido entre un enfant terrible y yo es pura casualidad. Lo único que me pasa es que digo lo que pienso y me resisto cuando puedo a vestir como los demás. Alguna vez, además, me topo con algún personaje que es útil para mi trabajo. No el de fotógrafo, claro, sino el otro.
En esta ocasión, la cena pasó sin pena ni gloria, para mi total aburrimiento. Estaban, en efecto, Gardner y el director de la CÍA; se pasaron toda la noche hablando en tono vagamente misterioso y les hice el menor caso posible. Sólo después del café me acerqué a ellos, poco a poco, yendo de grupo en grupo.
– ¿Qué tal, Rodríguez? -me preguntó el director de la CÍA.
Tenía un aire preocupado y tenso. No me sorprende, considerando el colosal jaleo que tiene armado en Centroamérica; y si a ello se añade que su computador era un colador, me parecía extraordinaria hasta su mera presencia en una cena frívola. Henry Masters es un hombre corpulento y grave, con grandes y agresivas cejas y una mata de pelo blanco que le prestan el aire amenazante de un león suelto en un corral de ovejas. A mí me parece un tipo inteligente y perceptivo, pero hay mucha gente que le discute esas cualidades. Aseguran que sólo un tonto es capaz de meterse en el espantoso atolladero de dirigir a la CÍA por mera amistad con el presidente de los Estados Unidos. A mí, más que tontería, me da la impresión de ser lealtad este sacrificio suyo. Se le nota en la cara.
– ¿Cómo está usted, señor? -dije y, volviéndome hacia mi dilecto jefe, añadí-: Señor Gardner.
– Me dice David que le ha puesto en antecedentes de nuestro pequeño problema. -Sonrió débilmente-. Me he visto obligado a acudir a usted porque me temo que no puedo utilizar a ninguno de mis colaboradores…
– ¿Un topo, señor?
– Bueno, parece inevitable, ¿no? Yo añadiría, sin embargo, que me parece difícil que el origen de esta filtración esté en los operadores de nuestro cerebro electrónico… o, al menos, en ellos exclusivamente. Tiene que haber una manzana podrida en las alturas. -Volvió a sonreír-. ¿Dónde está? ¿Quién es?
– ¿Cómo lo han hecho, señor?
Al oírme decir esto, Gardner dio un bufido.
– Cómo lo han hecho, desde luego. Creo que cuando usted averigüe cómo ha sido hecho, sabrá quién es el que lo ha hecho… humm. Desde luego -afirmó con la cabeza.
– Va usted a pensar que digo tonterías, señor, pero ¿estamos seguros de que ha ocurrido?
Masters me miró largamente con aire de especulación. Al cabo de un buen rato, dijo:
– Yo creo que sí. Me parece que sí. Y si existe una sola posibilidad, quiero que se investigue.
– Muy bien.
Es evidente que estas conversaciones en lugares públicos ponen nervioso a Gardner y que no se da cuenta de que son el método más seguro de garantizarse la discreción. Como Masters, creo firmemente en la virtud de las cosas simples. Pero mi pobre jefe ponía cara de estarse atragantando con el coñac; miraba a derecha e izquierda como si nos fuera a caer encima la hidra soviética.
– Venga a verme el lunes a las ocho de la mañana. Desayunaremos juntos, si es usted capaz de beberse el café que damos en mi oficina. Le enseñaré lo que creo que es la prueba de la filtración y veremos lo que se nos ocurre. ¡Ah, Meryl! Nos tenías francamente abandonados y empezábamos a pensar en quejarnos amargamente a la dirección. -Nuestra anfitriona se había acercado hasta donde estábamos. La cogió por el brazo y se alejó con ella charlando animadamente.
Gardner me miró con irritación. Me encogí de hombros y le sonreí.
Al día siguiente me fui a Nueva York a pasar el fin de semana con mis hermanos.
El shuttle que, desde Washington, vuela hasta el aeropuerto de La Guardia en Nueva York, pasa por delante de Manhattan, yendo ya muy bajo, a la altura de los rascacielos. Durante un par de minutos, el pasajero contempla el panorama que ha sido fotografiado millones de veces; la estatua de la Libertad a la derecha y el Battery, la punta de la isla de Manhattan, a la izquierda, con su racimo de rascacielos desafiando agresivamente al mundo. Cada vez que pienso en las barbaridades que se han hecho en la islita de la Aduana de Nueva York, a la sombra de la estatua de la Libertad, me pongo enfermo. Generaciones de inmigrantes europeos, pobres y asustados, han pasado por el siniestro edificio de la aduana, con la esperanza pintada en el semblante y la desolación marcada en los hombros caídos y en la ropa sucia y desvaída. Un corral donde se selecciona el ganado. ¡Cuánta humillación se ha inflingido en nombre de esta tierra de promisión! Si yo no supiera cuántas promesas contiene en efecto este país y cuántas pueden ser realizadas, creo que no viviría aquí.
Atendiendo a la señal luminosa que, una vez más, me ordenaba apagar el cigarrillo y abrocharme el cinturón (supongo que para que me reconocieran bien cuando los técnicos rebuscaran entre los restos humeantes del avión), dejé de fumar. Odio volar, qué le vamos a hacer. El comandante bajó el tren de aterrizaje y, con el golpazo de las ruedas fijándose en su posición final, se me subió -me pasa en cada vuelo-el estómago a la garganta. Como medio de transporte prefiero mi barco de vela.
Tomamos tierra puntualmente a las diez de la mañana. Con mi saco de viaje al hombro y renqueando como siempre, me bajé del avión y me dirigí a la salida. En la puerta me detuve un momento, mirando brevemente al grupo de taxistas y mozos de equipaje que, a la espera de clientes, tomaban un café humeante comprado por veinticinco centavos en el pequeño bar del vestíbulo. Había pasado muchas horas en aquel mismo lugar hacía años, cuando, con una cámara ganada en una partida de póquer, decidí montarme por mi cuenta. "Christopher Rodríguez, fotógrafo", rezaba una pequeña chapa que llevaba colgada de la solapa de mi cazadora. La máquina era una Hasselblad, sin duda robada, y cuando aprendí a utilizarla, sacaba unas fotos estupendas. Lo único malo era que no las podía revelar en el momento y tenía que convencer a los pasajeros a los que retrataba de que me dieran su dirección y me pagaran contra reembolso. No quiero ni recordar los sustos que di a gente que volvía de fines de semana poco ortodoxos y que pretendía arrebatarme la cámara para proteger su anonimato.
Tantas horas pasé en aquel sitio que algún día tuvo que llegarme la suerte. Una mañana de agosto, estaba apoyado contra una columna cambiando el carrete de la máquina, cuando, al levantar la vista impelido por el estrépito que estaba ocurriendo al otro lado del vestíbulo, vi que se trataba de un atraco contra las oficinas de una de las líneas aéreas. Dos enmascarados, con las piernas abiertas y las manos extendidas en posición de disparo, sujetando unos enormes revólveres, encañonaban a clientes y dependientes, mientras un tercero recogía una bolsa de detrás del mostrador. Luego me enteré de que la bolsa acababa de ser depositada allí para ser trasladada a las oficinas centrales y que contenía la nómina de la agencia de Nueva York para esa semana. Uno de los encargados de la oficina hizo una tontería; pretendió abrir un cajón y sacar una pistola. El pistolero de la derecha varió fraccionalmente la posición de su arma y disparó, volándole literalmente la cabeza al pobre empleado. Todo ocurrió tan rápidamente que los tres forajidos recogieron la bolsa, salieron al aparcamiento del aeropuerto y se montaron en un coche que les esperaba, sin dar tiempo a que la policía reaccionara. Fue cuestión de segundos, pero "Christopher Rodríguez, fotógrafo" sacó una foto de la primera escena, otra de la muerte del empleado, otra de los tres atracadores cuando se volvían hacia mí para salir del vestíbulo (ésta salió algo borrosa porque pensé que me habían visto y me temblaron las piernas) y otras dos del coche arrancando con una portezuela aún abierta y el último ladrón montándose a la carrera. Mi fiel Hasselblad respondió sacando unas fotos, salvo una, de una nitidez completa; lo único que interesó a la Policía fue lo bien que se veía la matrícula del coche. Pero al New York Times le interesó tanto toda la secuencia que me la publicaron íntegra al día siguiente. "Photographs by C. Rodríguez", ponía. Desde entonces, C. Rodríguez ha sido mi marca y me ha traído buena suerte. Con la matrícula del coche, la Policía pudo detener a los ladrones y recuperar el botín intacto. La compañía aérea, Dios los bendiga, me dio diez mil dólares de recompensa. Diez mil. No quiero ni pensar en el dinero que debía haber en la bolsa.
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