Fernando Schwartz - El Engaño De Beth Loring

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A inicios de los años sesenta, una joven australiana, Beth Trevor, se instala en Mallorca con su hija pequeña, Lavinia. Beth ha acudido a la isla atraída por el prestigio de un mítico poeta británico que vive allí desde hace años, rodeado de fervorosos discípulos. La colonia extranjera, formada principalmente por artistas, escritores y vividores, acoge a madre e hija como parte de los suyos. Poco a poco, en ese luminoso microcosmos mediterráneo, en el que extranjeros e isleños se observan los unos a los otros como si fueran actores de sus respectivos teatros, la ambiciosa Beth comienza a disponer las piezas de un ingenioso engaño por el que su hija terminará siendo considerada la descendiente de una antigua y aristocrática familia europea.

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Sin embargo, por encima de la antipatía propia de dos rivales que saben de qué va la cosa, Beth y el viejo Trevor se entendieron perfectamente.

Beth no era muy constante en su ambición o, dicho con más propiedad, conocía bien los límites de su ambición y de su tenacidad. Sabía a qué aplicar sus energías,

considerables cuando se lo proponía. Por consiguiente, si podía soñar con ser embajadora en algún lugar del tercer mundo o con ser presentada y aceptada en la buena sociedad de Filadelfia; si le hubiera gustado ser vista en el Studio 54 o aparecer en las páginas de Vogue, al final su paciencia se agotaba en el esfuerzo que debía prestar para llegar a tales metas e incluso que todo aquello debiera hacerse sólo para acceder al escalón inferior de ellas.

Así lo comprendió también el viejo Trevor: en seguida vio que Beth no constituía amenaza alguna para su familia o su posición social. El resto le daba igual. Puente de plata para el que huye.

Beth, en realidad, estaba en esta vida para pasarlo lo mejor posible. Traía un excelente entrenamiento desde Australia y no había nacido quien fuera capaz de hacerla cambiar. Que ahora se diga que ha pagado caro por ello es una solemne tontería.

V

El paso de Jim, Beth y Flower por Londres fue bastante breve. Podría hasta decirse que resultó efímero: exactamente cinco días, los que Jim tardó en emborracharse a la desesperada, primero en un pub cercano a Trafalgar Square (segundo día, a la hora del almuerzo y hasta bien entrada la tarde), después en el bar del hotel en que se hospedaban frente a la estación de Charing Cross (segundo día por la noche) y por fin en la habitación que compartían los tres (el resto del tiempo).

La soledad forzada hizo que, para Beth, esta primera visita a la capital del imperio se convirtiera en seguida en un infierno. Por más que los sentimientos de patria, de grandeza británica, de superioridad británica la hubieran dejado por lo general indiferente en el pasado, la llegada a la metrópoli en estas circunstancias la impresionó y deprimió sobremanera. Se sintió fuera de lugar, una provinciana aturdida llegada de las antípodas a la que empezaba a ser la capital del mundo del glamour, King's road, los Beatles, Mary Quant, el Mini Morris y los grandes almacenes Harrods. Se encontró insoportablemente paleta en aquel ambiente refinado, de porteros de hoteles con brillantes libreas y sombrero de copa engalanado; de habitúes tocados con pequeños fieltros marrones, vestidos con chaquetas de tweed marrón y camisas rosa y calzados con zapatos de hebilla de Gucci. De los primeros atisbos de minifaldas conjuntadas con pañuelos de Hermés. De las distinguidas señoras de más edad apeándose con severidad de los Rolls-Royce cuyas puertas les eran abiertas por chóferes de gorra con escarapela. De ancianos veteranos de guerra enfundados en casacas rojas cubiertas de condecoraciones, de policías desarmados y vestidos de azul con su extraño casco oscuro tan parecido a balones de rugby cortados por la mitad. De Hyde Park con sus caballeros y damiselas montando a caballo por entre cuidados parterres plantados de lirios y margaritas mientras llega ensordecido por entre los árboles el ruido del tráfico; de los mitineros del Speakeres Córner, encaramados a cajas de madera defendiendo las ideas más peregrinas, el fin del mundo, la venida del anticristo, la calidad del agua potable, la maldad de las grandes multinacionales o el gobierno universal.

De la primavera radiante.

La sensación de civilidad extrema, de refinamiento y de superioridad que provocaba Londres en Beth la derrotó en muy pocas horas.

Todo aquello le pareció aterrador y cuando quiso compartir el sentimiento con Jim, buscar alguna seguridad en su aplomo de niño rico, sólo obtuvo respuestas pastosas y carentes de sentido.

La habitación del hotel se le hizo insoportable con aquel borracho incoherente maltumbado en el sillón con una botella de ginebra en la mano, que de pronto, derrotado por el alcohol de forma brutal y fulminante, había dejado de ser el bebedor bullanguero, divertido y hasta amable de San Francisco para convertirse en un derrelicto huraño y ausente incapaz de articular palabra.

De modo que, encontrándose perdida en Londres, Beth comprendió en seguida que le era preciso regresar a San Francisco de inmediato. Sólo así, pensaba, podría recuperar un ambiente que le era familiar y en el que se sentía segura.

Por fortuna, Flower se portó como un ángel durante aquellos días: dormía, comía y dejaba que Beth la paseara en el carrito que habían traído de América, sin quejarse, sin decir nada, mostrando en el fondo algo de la pasividad que iba a ser el principal rasgo de su carácter (lo que resultaba muy cómodo para una madre desesperada).

El problema no era Flower, sin embargo. El problema era que toda comunicación con Jim se había interrumpido. La dificultad era conseguir que se despejara lo suficiente como para poder sostener una conversación más o menos razonable con él y hacerle ver que lo mejor para todos era que se volvieran a América.

A media mañana del tercer día, Jim se desperezó, bostezó ruidosamente, se cayó del sofá, quedó bocabajo sobre la moqueta y, al cabo de unos minutos, abrió los ojos. Tenía el pelo revuelto por la coronilla, como si se lo hubiera enmadejado un torbellino, y le caía por la frente en lacios mechones rubios llenos de grasa. Bizqueó para escudriñar la moqueta y plantó las manos a la altura de los hombros, pretendiendo incorporarse.

– ¿Cómo demonios ponen moquetas moradas en los hoteles de Londres? -dijo-. ¿Sabes? Siempre que he venido a esta ciudad de mierda me he hecho la misma pregunta. Ah, hola -concluyó, girando la cabeza para mirar a Beth. Tenía los ojos inyectados en sangre y la barba de tres días le confería un aspecto lastimoso.

– Jim, nos tenemos que marchar de aquí. Tenemos que volver a San Francisco -le contestó Beth con firmeza.

– ¿A San Francisco? Si creí que te gustaba Londres. -Chasqueó pastosamente la lengua-. Además, acabamos de llegar. ¿Y ya te quieres ir?

– Estás muy borracho.

– Pues sí. Estoy muy borracho, sí. -Cerró los ojos y, al cabo de un momento, dio un sonoro ronquido-. Me encuentro fatal… necesito un trago y en seguida se me pasa… Dame un trago, anda. -Se incorporó y, girándose, quedó sentado con la espalda apoyada contra el asiento y la cabeza inclinada sobre el pecho.

– No te puedo dar un trago -contestó Beth con irritación-. Primero, no queda ginebra en la botella. Y yo, desde luego, no te la voy a buscar. Y segundo, necesito que te pongas bien para que vayamos a la Panamerican para comprar los billetes.

– ¿Los billetes? ¿Qué billetes?

– Para volver a América.

– Pues yo estoy muy bien aquí.

– Tú aquí estás fatal, aunque francamente me da lo mismo… incluso si te mueres. Por mí te puedes morir… Pero antes tienes que ir a sacar los billetes.

– Vete tú.

– No puedo: tú eres el que tiene la tarjeta de crédito.

– Pues entonces -dijo Jim con terquedad infantil- vas a tener que esperar. -Soltó una carcajada-. O mejor. Si quieres, puedes llamar a papá a Filadelfia para que te los mande.

– No digas idioteces. Mira, ¿sabes lo que te digo? Si te quieres quedar aquí, quédate, pero a nosotras nos pagas el billete. Y si quieres, voy a Filadelfia a explicarle a tu papaíto cómo está su nene y en qué clase de situación has dejado a su nuera y a su nieta…

– ¡Como si le importara algo!… Nuera… nieta… -dijo con desprecio. Luego pareció pensárselo mejor y dio la sensación de que percibía vagamente, desde su nebulosa alcohólica, alguna amenaza relacionada con su padre, con el dinero, con la responsabilidad. Levantó un dedo como si se dispusiera a proferir una importante sentencia, pero se quedó con él en el aire, olvidado el pensamiento, y no dijo nada. Se miró el dedo con curiosidad y por fin dijo-: Está bien, está bien. Iremos a por los billetes a la Panamerican. Es lo que quieres, ¿no? Pues iremos a la Panamerican… Espera… dame una copa y me levanto…

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