Fueron con toda probabilidad las últimas palabras sensatas que pronunció Jim Trevor antes de que le llegara la muerte por delirium tremens quince años más tarde. Palabras proféticas, además, tal como pintaron las cosas apenas un año más tarde, cuando los grandes disturbios en Berkeley.
Se sentaron en el césped de la gran zona ajardinada de parterres y árboles que hay entre varias de las facultades de la universidad, frente a la escuela de música. La verdad es que, pese a su bonanza, no estaba el tiempo para sentarse en césped alguno: los atardeceres eran todavía muy frescos. Pero la cultura societaria dominante exigía esta naturalidad en la comunión con la naturaleza y en la rebeldía frente al convencionalismo burgués. Es un hecho científicamente probado que el anticonvencionalismo en América es una de las causas más frecuentes de cistitis. En Berkeley, el nivel académico era alto pero la estructura de la vida cotidiana resultaba ingenuamente revolucionaria; pasaría algún tiempo hasta que la revolución tomara las dimensiones tan desestabilizadoras que tuvo en los momentos postreros de la guerra de Vietnam a finales de la década de los sesenta y principio de la siguiente.
«¿Pero no íbamos a irnos a Washington porque tú querías hacer el doctorado en la escuela de estudios internacionales? ¿Y tu carrera diplomática? ¿No íbamos a ser diplomáticos?»
Jim se encogió de hombros.
Habían empezado a vivir juntos algo más de tres años antes, al quedar Beth Loring embarazada de Flo-wer. Jim entonces acababa de empezar la universidad. Beth era mucho mayor que él, probablemente siete u ocho años mayor. Había llegado de Australia atraída por el fuego fatuo de la California liberal y, se rumorea («bueno, se rumorea; no hay más que verla», dijo Carmen), impelida por algún escándalo de costumbres que habían aconsejado su marcha precipitada de Sydney (extremo éste del que las comadres tuvieron noticia sólo años más tarde).
Viéndolos juntos, cualquier admirador de la armonía conyugal habría dicho «he aquí dos personalidades incompatibles». Y, sin embargo, precisamente hasta que decidieron marcharse de América, hasta que Jim decidió que se iban, habían sido una pareja bien avenida.
A veces el alcohol, sobre todo si consumido al unísono, obra milagros como catalizador de la buena marcha de un matrimonio. Pero sólo a veces, porque hay otras ocasiones, las más, en las que, evaporadas las inhibiciones, afloran los rencores y las cuentas que ajustar. Y rencores y cuentas permanecen cuando se desvanece la neblina del alcohol: las cosas dichas y las irritaciones casi nunca se volatilizan con la buena voluntad recuperada. «Pero Beth bebía poco», dijo Tono. «Eso lo dirás tú», dijo la Pepi, que había acabado conociéndola mejor que nadie.
Todo esto viene porque, pese a que Beth y Jim hicieran buena pareja, se encontraban en un período que pudiéramos llamar de transición de una cosa a otra. Estaban a un paso de llevarse fatal.
A Beth empezaba a irritarle la vaguedad, tan enternecedora hasta entonces, con que Jim se paseaba por la vida: nada quedaba nunca definido en demasía, los planes jamás se formulaban para siempre, las decisiones por lo general se tomaban una noche con el acaloramiento que dan las cervezas y la ginebra para ser cambiadas al día siguiente porque con la resaca había aparecido alguna solución alternativa, más atractiva y menos exigente para con la voluntad.
Jim era un chico guapo, de familia rica del este, y sólo se le notaba la debilidad de carácter en la mandíbula algo triangular y huidiza. Pero era alto y rubio, un ivasp -blanco, anglosajón y protestante- que ahora llevaba el pelo largo, como Cristo, y una perilla algo bíblica también.
Había sido pan comido para Beth: un dipsómano culto tiene pocas oportunidades de resistirse al encanto de una hetaira decidida, por más que primitiva y prejuiciada. Beth no tenía dinero; su único capital eran el encanto sensual, una gran capacidad de juerga y una voluntad feroz de encontrarse un marido. «Bueno -dijo Carmen-, eso es lo que suele caracterizar a un putón, ¿no?» «El caso -dijo Tono- es que por una vez Jim se quiso salir con la suya y, por lo que no sé quién me contó después, estaba decidido a mantener su empeño de irse a Europa.»
Y aquella tarde, sentados en la hierba del campus de Berkeley, Beth tuvo que enfrentarse por primera vez a este inexplicable empecinamiento por parte de su marido.
– No, no -dijo Jim-. Creo que me gustaría ir a Europa una temporada…
– A Europa una temporada -contestó Beth con tono reflexivo. Y luego con irritación-: ¿Cómo a Europa una temporada? ¿Cuánta temporada?
– No sé, Beth. Una temporada. Un tiempo… Para que Flower empiece a acostumbrarse a vivir fuera de América… no sé. América se va al infierno -repitió con terquedad.
– América es el mejor país del mundo. Lyndon Johnson lo meterá en una guerra pero siempre será una guerra lejos de aquí, ¿eh? ¿Para qué quieres que nos marchemos entonces? -Beth siempre daba sus argumentos por probados y eso había derrotado a Jim una y otra vez. Pero no en esta ocasión.
Jim se encogió de hombros.
– Beth, si hay una guerra me llamarán a filas y yo no quiero pegar tiros ni aquí ni en China… Mira -añadió con humor-, debo de ser el único americano que ni tiene ni nunca tendrá pistola.
Beth también se encogió de hombros. Hasta entonces, siempre había sido capaz de hacer que Jim cambiara sus decisiones. Bueno, se dijo, es una de tantas, uno de los muchos planes formulados con entusiasmo y, después, pronto abandonados por otros aún más fantasiosos. (Y si el cambio no era adoptado de modo espontáneo, ya se encargaría ella de eso.)
– Mira, Beth. Mi padre nos dará dinero… ¡Haremos un viaje alrededor del mundo! Iremos a París con Flower… a Roma… y después a Bombay… no sé… a Kat-mandú. ¿Qué te parece?
Lo miró con curiosidad, frunciendo el ceño.
– ¿Para qué? ¿Para qué te dará dinero? ¿Para emborracharte todos los días? Piensa un poco en mí y en Flower. ¿Qué va a ser de nosotras vagabundeando por ahí, dando tumbos por el mundo? ¿Es que no piensas volver nunca más?
Iba a ser, sin embargo, la única decisión que Jim no alteraría; se empeñó en ella pese a la hostilidad de Beth o a los consejos alternativos de la resaca. De nuevo se encogió de hombros.
– Algún día -dijo.
Beth había visto y tratado al padre de Jim en una sola ocasión. No había resultado festiva. Es cierto que la pobre mujer estaba embarazada y no en su mejor día: había dormido mal y encima no le había dado tiempo a lavarse el pelo y rizarse las puntas. Cuando llamó su futuro suegro para ver a su hijo entre dos reuniones y comer con él en San Francisco, Jim, con la inconsciencia heroica del verdaderamente débil que se ve abocado a un acto de valentía suprema por pura falta de arrojo, le habló de Beth, dijo con inusitada firmeza que la llevaría a almorzar y luego tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para convencerla de que lo acompañara a la perentoria cita.
Difícil dilema para Beth: si se acobardaba, intuía que se habría cerrado para siempre el acceso a la gran familia americana; tendría que resignarse a ser la aventura más o menos pasajera de un niñato rico del este; pero si daba la cara y se tragaba los negros presentimientos que le inspiraba la comida, establecería su estatus de esposa y madre incluso corriendo el riesgo del rechazo instantáneo. Habla en favor de Beth que decidiera fiarlo todo a su capacidad de seducción. Si había sucumbido el hijo, caería el padre.
Pues no. El viejo Trevor, que como queda dicho había viajado a San Francisco no para ver a su hijo sino para cerrar un negocio del banco, acostumbrado a juzgar a las personas con una sola mirada, había detectado y catalogado a la aventurera en el mismo instante en que le había echado la vista encima. Venía preparado de antemano para bautizarla con el término más insultante que se le ocurriera y, naturalmente, la llamó la concubina-madre a la primera oportunidad en que Beth los dejó solos. Jim tardó meses en comprender que lo de madre no iba por Flower, sino por él. Y a su padre en esta materia le daba lo mismo irritarse él u ofender a su hijo o hacer sufrir a su posible nuera porque le importaban poco los sentimientos de Jim y menos los de la australiana (y no digamos los suyos propios respecto de toda esta cuestión): con el olfato típico del hombre de negocios, entendió en seguida que Beth era una caza-fortunas y si su hijo era tan idiota como para no enterarse, peor para él. («Bueno era el viejo Trevor -dijo Carmen-: había un hermano mayor de Jim, que era el que aseguraba la continuidad de la familia en el banco y, en lo que a ellos hacía, Jim podía colgarse de un árbol, morirse en la guerra o triturarse el hígado, que es lo que acabó haciendo.» «¿Pero tú lo llegaste a conocer?», preguntó Tono. «¿A quién?», dijo Carmen. «Al Jim, mujer.» «No, ni falta.» «Y entonces, ¿todo esto cómo lo sabes?» «Hice mis averiguaciones: a Jim lo dejaron caer como un perro, si te he visto no me acuerdo, y le cortaron la espita de los dineros y luego se despiertan cuando se muere y se lo quieren llevar al panteón de la familia, por el qué dirán. Menuda gente.»)
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