Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– El del pelo rojo es para mí -dijo la abadesa.

Martín creyó que acababan de cerrarse a su espalda las puertas del cielo y que lo empujaban de pronto al otro lado de las del infierno.

Todavía dominado por el sopor del sueño, vio cómo las mujeres dejaban las velas en el centro de la habitación, sobre la mesa, y que dos de ellas caminaban rígidas y lentas hacia su cama. La primera era doña Martana, la madre abadesa. Dejó caer la capa negra y apareció completamente desnuda a su lado; el peregrino se fijó en el pelo muy largo que flotaba sobre los hombros blancos, en el vientre abultado y los muslos gruesos. Los pechos grandes colgaban muy abiertos y se movían como si buscasen abrazarlo. Intentó retirarse hacia la pared, agarrado todavía a su manta, pero la abadesa saltó encima de él y se la arrancó con furia. La otra monja se había desnudado también, se puso de rodillas a su lado y comenzó a darle besos en la cara. Sentía sus dientes en la piel, en las orejas y en los labios; sentía la humedad de la lengua que le lamía. Estaba tan dormido, tan sorprendido y cansado que apenas encontraba fuerzas para resistirse.

– ¡Por Santiago, señoras, no me hagáis esto! -suplicó-. Mirad que soy un hombre santo.

Tampoco podía mover las piernas. La abadesa se había abrazado a ellas y las envolvía con su largo cabello, apoyada la cabeza sobre sus muslos. Las manos grandísimas le acariciaban despacio el cuerpo, desde los pies hasta la cintura; le agarraban con fuerza cuando intentaba liberarse de ellas.

– ¡Martín, Martín! -oyó gritar al mozárabe, en el otro extremo de la habitación. Pero no conseguía verlo, porque los pechos de la otra monja le cubrían completamente la cara.

– No temas, guapo muchacho, no temas -oía decir a doña Martana-. Vas a ser nuestro ángel de esta noche. Cuidaremos de ti y entrarás con nosotras al paraíso. Vamos, vamos, niño mío. Deja que te bese.

Empezó a frotar la cabeza contra su vientre. Sintió que sus manos fuertes le separaban los muslos y luego se agarraban con firmeza a sus testículos y los amasaban como lo había hecho Oria el día que la conoció. Aunque con más presión, con más ansia. No podía impedir que su verga fuera aumentando de tamaño entre las manos de la monja.

Al intentar alejarla con los brazos, se encontró con que rodeaban la cintura de la otra dueña. Arrodillada encima de él, cada pierna situada a un lado de sus ijares, parecía intentar cabalgarlo como a un caballo. No sentía su peso, sólo la tenaza de sus muslos en los costados.

– ¡Martín, Martín, ayúdame! -oyó de nuevo los entrecortados gritos del mozárabe.

La abadesa había decidido imitar a su compañera y se le había sentado encima de las rodillas, que empezaban a dolerle mucho; aunque intentó patalear, la presión de su cuerpo se lo impedía. Tampoco sus brazos estaban libres para defenderse, pues la monja más cercana se los mantenía unidos al colchón con los suyos. Creyó que se estaba mirando a sí mismo desde las nubes, como su propio ángel de la guarda: convertido en prisionera acémila, dos mujeres muy grandes y desnudas, una junto a la otra, cabalgaban sobre él. Gráciles sin embargo, móviles; aunque sentía la angustia de no poder moverse.

Apenas se dio cuenta de que la abadesa había conseguido por fin, sujetándolo entre las dos manos, hundir su carajo dentro de ella; se trataba de una parte independizada y autónoma de su cuerpo a la que no podía gobernar. Y menos aun cuando doña Martana comenzó a agitarse vigorosamente encima de él. Le hacía daño, pero no encontraba medio alguno de salir del cuerpo de la monja, que lo apretaba y comprimía.

Intentó también pedir ayuda a su amigo y a los santos del cielo. No pudo abrir los labios: en la barbilla, en la nariz y en la boca sentía el roce del sexo de la otra monja. Olía a incienso dulce cuando lograba separar la cabeza para respirar. El vello de la dueña se mezclaba húmedo entre su barba. Iban creciendo los jadeos de las dos mujeres y Martín notaba que empezaba a dominarlo únicamente el espanto.

Luego advirtió cómo la abadesa se estremecía, cómo gritaba poseída por un satánico arrebato; él mismo tensó el cuerpo igual que el arco de una ballesta y se sorprendió de su propio, involuntario y repentino placer.

Pero las dos monjas que lo cabalgaban no parecían haber terminado aún su liturgia. Se quedaron un rato casi inmóviles sobre su cuerpo y cuando juzgaron que a él le habían abandonado por completo las fuerzas para defenderse, cambiaron de posición.

La abadesa, acuclillada ahora sobre su pecho, pesaba mucho más que la otra dueña. Pero, al menos, no se movía con tanta violencia. Tenía las manos sobre su propio sexo, que acercaba a intervalos cortos, muy abierto, a la cara del peregrino. Gemía y se inclinaba a veces para besarle fervorosamente en los labios. Detrás, con los pechos apoyados por encima de sus rodillas, la otra monja le besaba suavemente el badajo, acariciaba con lentitud todo su sexo, hasta que consiguió que de nuevo cobrara vida, y también ella misma lo introdujo rápidamente dentro de sí. Tardó mucho más que la abadesa en encontrar satisfacción, pero el mismo peregrino advirtió que le agradaba más aquel suave contacto.

Saltaron las dos mujeres fuera de la cama y entonces Martín descubrió que su amigo estaba todavía debajo de las otras dos monjas. Sus cuerpos blancos reflejaban móviles la luz de los cirios. Veía cómo los brazos y las piernas de Iscam intentaban inútilmente defenderse del asalto, tal y como él había hecho.

Ahora se sentía tan cansado e incrédulo que no podía hacer lo que había deseado tanto: saltar como un lobo sobre aquellas mujeres y despedazarlas. Doña Martana y su amiga se pusieron las capas negras, esperaron a que las otras dos hiciesen lo mismo, una vez concluidos sus placeres, y antes de salir la abadesa dijo únicamente, con una piadosa sonrisa:

– Volveremos mañana.

Siete jornadas permanecieron encerrados allí.

De día se consolaban con el poco sol que penetraba por una ventana de troncos cruzados que se abría en una pared. De noche, recibían regularmente la visita de las dueñas, que repetían alternativamente las mismas o parecidas ceremonias. Ellos procuraron desde la tercera aceifa incluso facilitarles la tarea, para no sufrir más dolores. A través de una trampilla de la puerta les pasaban comida abundante y sabrosa, vino blanco y agua caliente para lavarse. También les entregaron sayas nuevas de lana muy fina y suave, con un hermoso bordado alrededor del cuello, dos camisas de seda, un frasco de perfume y un peine de hueso que a Iscam no le era de ninguna utilidad.

Los peregrinos no podían abrir la puerta desde dentro y cuando habían intentado hacerlo la segunda noche, en el momento en que ellas entraban, advirtieron muy pronto que las cuatro mujeres eran mucho más fuertes que ellos. Los bordo-nes y una daga que el mozárabe solía llevar oculta habían quedado junto a la mula. Los puños y las rodillas de los cautivos no eran tan fuertes como para vencer a aquellas ávidas señoras.

La última noche se presentaron antes, a la hora de Completas. Y eran cinco las que entraron con sus cirios encendidos y las capas negras. Martín quedó perplejo al ver junto a las cuatro monjas conocidas a otra que parecía una niña, aunque vestía como las demás. La propia doña Martana la colocó frente a él y la fue desnudando muy despacio.

– Tienes que conocerlo tú, Adosinda -le decía-. No debes tener ningún cuidado. Conocerlo tú misma y en tu propio cuerpo. El joven peregrino está preparado para ti y te quiere.

También tenía los cabellos amarillos, como Richelde, aunque mucho más cortos. En sus ojos del color de la miel descubrió Martín un relámpago de inquietud o de miedo. La muchacha apenas se atrevía a mirarlo. Lo hacía a golpes y mantenía los ojos cerrados mucho tiempo.

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