Jesús Torbado - El peregrino
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– Tus hermanas van a enseñarte, ya verás -decía la abadesa con dulzura-. Tu ángel pelirrojo te quiere mucho, no lo dudes.
Sus pechos eran mucho más grandes que los de la hija del ferrero de Ostabat, altos y puntiagudos, los pezones rosas e hinchados. El vello del pubis era también amarillo y muy escaso, reunido en ricillos dispersos entre los muslos. Se dio la vuelta bajo la presión de las manos de la abadesa, que la colocó frente al lecho de Iscam. El mozárabe parecía resignado y vencido de antemano. Sólo una de las monjas se colocó sobre él, arrodillada, y comenzó a actuar como había hecho cada noche, lamiéndole ahora la cabeza calva cuando se inclinaba. La otra, desnuda y con una mano apretada entre los muslos, permanecía sentada a su lado y se doblaba hacia atrás de cuando en cuando. Doña Martana estaba muy cerca y animaba a la joven con suaves y maternales palabras a que aprendiera de sus hermanas venerables.
– Mira, Adosinda, mira. Te gustará mucho. He aquí tu verdadera entrada al paraíso.
Martín veía su espalda larga, la estrecha cintura, la hermosa longitud de sus piernas, el cabello de oro por encima de la nuca: una muchacha inmóvil y lejana entre las sombras inquietas de la habitación. Luego, cuando las otras hubieron terminado sus oficios alrededor del mozárabe, regresó con doña Martana junto a él.
– Éste será tu ángel, el más hermoso del cielo.
Sin brusquedad, la situó sobre él.
Martín comprendió en seguida que sería inútil resistirse y que con ello sólo causaría más sufrimiento a la muchacha. Así pues, dejó que la abadesa los ayudase a los dos. Sólo veía el gesto de dolor de Adosinda, la boca apretada, dos lágrimas largas que le brotaban de los ojos. Acarició suavemente sus pechos y procuró que sus movimientos fueran lentos y suaves para no hacerle daño. A él le gustaba tanto que no pudo resistir mucho tiempo sin soltar su semilla dentro de ella, con súbito sobresalto. Adosinda pareció un poco sorprendida de lo ocurrido. Sonrió y dejó que doña Martana la ayudase a saltar de la cama y a cubrirse con el hábito negro.
Al asomarse el alba por el ventanuco, los dos rehenes se sorprendieron de no encontrar junto a la trampilla la carne frita, el queso blando, el pan y el vino de su diario desayuno. Se acercó Iscam y descubrió que no estaba echada la tranca exterior.
Salieron los dos al claustro, aún encharcado. A lo largo de los muros se abrían hileras de peonías rojas, entre la yerba ya amarillenta. La mula comía en un pesebre de piedra, cerca de la puerta más ancha. Había otras, pero estaban todas cerradas. Martín empezó a gritar los nombres que conocía:
– ¡Doña Martana, doña Paya, doña Adosinda! ¡Adosinda!
Pero nadie respondió.
El sol empezaba a posarse, todavía pálido, sobre el tejado de paja de centeno tejida. Golpearon con los puños las tres puertas de recia madera que daban al claustro, pero ninguna se abrió.
– Yo creo que podemos marcharnos -dijo tranquilamente Iscam.
– ¿Y ellas?
– ¿Qué ocurre con ellas?
– Le prometí a la abadesa regalarle una reliquia. Nos han tratado con mucha caridad.
– Ese tipo de caridad nos perderá algún día, hermano.
Sin embargo, el mozárabe sacó de su alforja un hermoso relicario de plata verdadera en el cual se encerraba una ampolla de cristal llena de sangre de Cristo. La dejó en la cama que había ocupado Martín, junto al título que garantizaba su autenticidad.
11
Bajo la luz hospitalaria y tenue del sol matutino, las mesetas vacías del Cebrero, o del monte de Febrero, como lo llamaba el itinerario de Martín, parecían menos amenazadoras e inquietantes. El cenobio de doña Martana estaba más alto que el propio camino, el cual se abría paso entre dos collados redondos y pelados. Las monjas peregrinas de santa Egeria habían ocultado su presencia detrás de una de esas lomas pétreas y calvas. Así pues, ellos habían errado finalmente su senda en la oscuridad y dejado a su izquierda el paso natural de la montaña.
A lo lejos vieron la retorcida garganta del río por la que habían escalado en la noche de lluvia, bosques enmarañados y negros y el alto horizonte bajo el cual se tendían las ondulaciones de El Bierzo arbolado y fértil. Pero la vertiente occidental del monte, después de las áridas mesetas, era todavía más pobre y mezquina que las cumbres. Las colinas redondeadas que se sucedían y perdían en el infinito parecían túmulos de gigantes que aguardaban la resurrección.
A su derecha, por el norte, los cabezos estaban flanqueados por una lejana crestería azul que se clavaba en el cielo. Resguardadas en las laderas, hundidas en las cárcavas, refugiadas entre los bosquecillos de los valles, unas pocas aldeas minúsculas y tenebrosas intentaban dar vida a la región.
– Es aquí donde mean los diablos -dijo Martín, que recordaba el verso de una canción de juglares.
Junto al camino principal, que en seguida recuperaron, a un cuarto de milla del monasterio, había una iglesia pequeña y oscura construida con las mismas piedras de pizarra negra que las chozas redondas y ovaladas de más abajo, amparada por tres robles añosos. También el tejado era de paja trenzada y atada con cuerdas, y aún brillaba a causa de la humedad. La chata torre sin campana parecía querer hundirse dentro del edificio, vencida por la vejez y la tristeza. Martín intentó abrir la pesada puerta de troncos para rezar como agradecimiento a su milagrosa liberación, pero no pudo.
Después de la inmovilidad obligada, prefirieron caminar. También la mula se sentía ágil y alegre, al cabo del encierro. No se veía Compostela desde aquellas alturas, pero el viento que soplaba tenía un aroma distinto. En las zonas más resguardadas obligaba a ondularse suavemente los linares y las espigas de centeno que no habían sido todavía cosechadas.
Desde un recodo del camino vieron en lo alto la silueta del tejado de doña Martana, vomitando una columna de humo que luego se posaba delicadamente en el monte. Las monjas no habían huido, por consiguiente: continuaban allí acechando a sus presas.
Iscam se sentía furioso por el secuestro, pero Martín bromeaba e intentaba alegrar a su amigo con el recuerdo del buen trato recibido: la comida, los perfumes, la hermosa camisa de seda verde que llevaba puesta. Incluso lamentó que la abadesa no le hubiese llevado el primer día a la joven Adosinda, que era más bella que cualquier princesa. Tal vez más bella que Richelde. El mozárabe apenas la había visto, pero sonreía ante el repentino entusiasmo de Martín.
– Cuando regresemos, pasaré a saludarla.
– ¿Y si te encierran otra vez?
– Me escaparé con ella.
– En la abadía de Albelda cantaban un verso sobre las monjas que se lanzaban por el mundo a visitar reliquias y a rezar en las iglesias más famosas. «Peregrina salió, puta volvió.» Eso decían -contó Iscam-. Y yo leí también la historia de un santo peregrino musulmán que recorría toda África, hasta la ciudad santa de La Meca, al que cogieron unas mujeres amazonas y acabaron matándolo. Tenía que fornicar tantas veces al día con ellas que lo vaciaron de sus jugos y murió. Se llamaba ibn al-Bara. Me acordaba de él cuando estábamos allí encerrados y me daba miedo de que nos ocurriera lo mismo… Hermano, es mejor que no volvamos por allí.
– Pero Adosinda no tiene culpa.
El mozárabe se encogió de hombros. El hermoso sombrero que ahora había empezado a usar también fuera de las ciudades le bailaba un poco en la cabeza calva e incluso a veces se le caía por los golpes de viento. Pasó la mano sobre el fino tejido de la camisa idéntica a la de Martín y pareció satisfecho del mismo. Como el día se estaba tornando caluroso, desprendió la parte superior de la nueva saya marrón y la anudó a la cintura.
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