Jesús Torbado - El peregrino
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Guacelmo se quedó pensativo.
– ¿Ni siquiera veinte? Yo rogaría a ese santo varón que por tan poco dinero dijera las veinticuatro misas.
– Podíamos darle diez sueldos -dijo Martín-. Tal vez sea suficiente.
Iscam se puso de pie y caminó alrededor del montón de piedras. La cruz de ferro dejaba sobre ellas una sombra torcida, de líneas absurdas: el reflejo no era el de una cruz. Llamó a Martín cuando estaba cerca de las mulas, como si hubiera descubierto algo. Al verlo a su lado, bajó la voz para que el monje no pudiera oírle.
– Este hombre quiere engañarnos, Martín.
– ¿Por qué va a engañarnos? ¿Acaso no somos pecadores?
– No quiero negarte eso… Claro que lo somos, pero bastará con inclinarnos ante el sepulcro de Santiago para conseguir el perdón. ¿Por qué tenemos que darle nuestro dinero?
– Ha hablado bajo la inspiración de un ángel, Iscam. Es un hombre santo. Deja que ese ermitaño diga las misas y estaremos salvos.
– Diez sueldos son mucho dinero -argumentó Iscam.
– En León guardamos muchos más. Y aún tenemos reliquias para vender.
– Aguarda un momento.
El mozárabe regresó a donde Guacelmo, que se había puesto a rezar frente a la cruz, de rodillas entre las piedras y con los brazos abiertos.
– Podemos darte una santa reliquia en pago de las misas…
– El ermitaño tiene un arca muy grande llena de reliquias de casi todos los santos. Incluso un brazo de Santiago. En estos valles han vivido y muerto millones de santos venerables… Y vuestro sacrificio debe ser el dinero, pues ésa es la causa de vuestro pecado.
– Cinco sueldos. No tenemos más.
– De acuerdo, peregrino. Quizá no sois tan réprobos como yo pensaba.
– Cinco sueldos a cambio de las veinticuatro misas. ¿Le parecerá bien al santo ermitaño? -repitió Iscam-. No están mal pagadas, de todas maneras. Son misas de obispo.
Guacelmo se arrancó la zalea del cráneo, que apareció cubierto de una masa sólida de pelos y de polvo. Se rascó y volvió a tapárselo.
– Nadie hay más santo que ese hombre en todos estos reinos. Ni el mismo Papa es tan santo, en realidad… Pero yo le diré que acepte esa ofrenda, ya que no podéis pagar más. Y podréis continuar tranquilos vuestro viaje. Han quedado limpias vuestras almas.
Iscam aceptó el trato, aunque no con mucha satisfacción. Al darle las monedas, parecía que cada una intentaba mantenerse pegada a sus dedos. Pero a Martín le brillaban los ojos como cuando cobraba el precio de las reliquias y eso le pareció al mozárabe razón suficiente para resolver sus dudas.
El peregrino se arrodilló a besar los pies del monje antes de decirle adiós. Como si de pronto se sintiera libre de una dolorosa carga, se fue corriendo hacia las mulas, dio brincos en torno a ellas, cantando, y acabó cogiéndolas del ronzal. Puesto que la suya parecía perezosa y todavía cansada, decidió bajar la montaña andando. Ató las riendas a la silla de la otra, en la que Iscam montó, y echó a correr delante de él.
Llegaron a dormir a un albergue de Molinaseca, en el fondo de un grupo de grandes valles que formaban un círculo verde y floreciente. Pero la mula de Martín caminaba a cada paso con mayores dificultades. A la mañana siguiente, la encontraron tumbada en la cuadra, adormilada e inmóvil. Ni el posadero ni alguna gente del pueblo a la que avisaron pudieron saber qué le ocurría.
– Se va a morir -comentó el hijo del posadero.
– Ha sido la maldición del monje Guacelmo.
– ¿Habéis tropezado con él?
– Arriba, en lo alto del monte.
– ¿Os ha pedido dinero?
– Cinco sueldos le pagamos por unas misas -dijo Iscam.
Todos los que intentaban curar a la mula se echaron a reír con grandes carcajadas.
– Es el más listo de los mendigos de El Bierzo -dijo el posadero-. Anuncia penas del infierno a todo el que encuentra y luego se queda con el dinero de sus penitencias.
– Y maldijo a nuestras mulas -añadió Martín.
– Yo de maldiciones no sé, pero esta mula no quiere seguir andando.
– ¡Cuero de Satanás! -blasfemó Iscam, pensando en el monje vagabundo.
Tiraron tres hombres del cabezal, le dieron patadas en las ancas y en el vientre. La obligaron a beber un cocimiento de yerbas que prepararon en la lumbre del albergue. El animal siguió negándose a moverse. Nadie acertaba con lo que se podía hacer: o bien esperaban su curación o la dejaban allí abandonada.
El posadero se ofreció a cuidar de ella y, si moría, a hacer cecina y embutidos con su carne y repartirlos gratis entre los peregrinos pobres, a los que pediría una oración por las almas de sus dueños. Si regresaban ellos por el mismo camino y la mula continuaba sana y con vida, se la devolvería después de cobrarles el pienso y los cuidados. Si estaba muerta, habrían hecho caridad con otros romeros.
El mozárabe opinó que no podían empeñarse en una espera tan incierta. Con mucha pena, Martín de Châtillon estuvo de acuerdo.
Cargaron, pues, lo más valioso en la otra mula y consiguieron cambiar a los del pueblo las alforjas moriscas y lo poco que les sobraba del equipaje por buenas piezas de cecina de chivo y estómagos de cordero llenos de carne de cerdo curada. Allí se quedaba la mula de los monjes de San Facundo, tan negra como ellos, tumbada ante su destino.
– Tan falsa como las reliquias que dimos en pago -dijo apenado el peregrino.
Era casi mediodía cuando reemprendieron la marcha.
Los alcanzó la noche al otro lado del gran círculo rodeado de montañas, después de haber atravesado varios ríos de aguas limpias y muchos campos de frutales y de viñas. Las casas de los campesinos estaban diseminadas entre los cultivos y eran todas de lajas negras de piedra. Vieron por entre ellas a numerosos mendigos con hábitos de monje y a peregrinos que no parecían con prisa de regresar a su casa.
Ocho de ellos habían construido un refugio de piedras y maderos junto a la tapia de un pequeño monasterio, cerca del río, en unos campos que estaban llenos de gente. Allí pasaron la noche.
Estaba lloviendo mucho cuando despertaron.
– ¿Por qué no esperáis que escampe y se asome el sol? El tiempo es muy malo río arriba.
Lo preguntaba un hombre que durante la cena no había parado de hablar de las maravillas contempladas en Compostela un día en que el rey estuvo allí: las infantas con sus vestidos de plata, los caballeros bien armados, músicos que tocaban gaitas, tambores y zanfonas, príncipes de la corte leonesa, sacerdotes con llamativas dalmáticas y canónigos que cantaban mejor que los juglares…
Iscam solamente había replicado que todo eso era basura comparándolo con los palacios de los reyes moros, incluso los más pobres.
– Mi hermano tiene prisa por abrazar el sepulcro -dijo el mozárabe.
– Ya no tengo prisa, Iscam -respondió el peregrino-. Sin mula, la subida será muy difícil.
Iscam cedió.
Aquel día completo le pareció al peregrino Martín de Châtillon un descanso en el paraíso. Sólo el invierno pasado en Pamplona al lado de don Ramírez y de Oria se le podía comparar, cuando el maestro hablaba de Dios y de los ángeles y santos que lo rodeaban y de las glorias que había en el cielo. Iscam describió otro género de glorías, algunas de las cuales le había referido ya a él durante el viaje; glorias que no eran menores ni menos brillantes que las otras.
Los hombres del refugio tenían escondidos bajo tierra tres toneles de vino y abundante comida seca, carne y frutas. Cada uno aportaba a la familia lo que conseguía mendigando y cada uno se ocupaba de lo que sabía hacer mejor: coser ropa, remendar calzado, montar muebles, hacer queso, reparar el tejado de pizarras…
Eran galos la mayoría, pero había también un aragonés, dos leoneses, un lombardo y un frisón. Su intención era conseguir que el obispo de Astorga excomulgase por fin a los monjes del priorato junto a cuyos muros estaban viviendo, pues habían caído en la maléfica herejía del obispo Prisciliano, y les cediera a ellos el monasterio. Pero llevaban tres años esperando.
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