Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– Teleno. En esa montaña se aparecía Dios a los pobladores antiguos, entre rayos y truenos y grandes voces, lo mismo que en el Sinaí. Pero aún falta mucho camino para Compostela.

Comieron cecina y pan y acabaron el vino de las calabazas. Martín se levantó para desentumecer las piernas. Colocó dos piedras grandes sobre el montón que ya estaba formado alrededor de la cruz para atraerse la suerte en el resto del camino y rezó de rodillas una breve jaculatoria. Fue a vigilar el pienso de las cebaderas de las mulas. La suya tenía agachada la cabeza, entornados los ojos, y parecía sin ganas de comer. Le desanudó la bolsa y la condujo al borde de un pastizal, pero tampoco el animal quiso aprovechar la yerba muy crecida y reseca.

– ¿No tienes hambre? -le preguntó.

Por la otra vertiente del monte ascendía un peregrino solitario con paso firme, a pesar de que vestía un pesado capote marrón que le llegaba hasta los pies y le dificultaba la marcha. No se apoyaba en un bordón como los suyos, de la altura de un hombre y coronado por un pequeño gancho de hierro, buena ayuda en los caminos y útil defensa contra lobos y bandidos, sino en un cayado curvo que sólo le alcanzaba a la cintura. Era el primer hombre que Martín veía desde que salieron de Rabanal, en donde un grupo de cuatro romeros alemanes se había detenido junto a ellos para darles noticias de lo desolado de aquellas montañas y de las maravillas que iban a encontrar en Compostela, de donde venían de regreso.

De todas maneras era raro que un caminante se atreviese a cruzar solo aquellos difíciles pasos. Martín volvió junto al mozárabe y echó mano a su bordón por si se trataba de un enemigo.

¡Deus, adiuva, Sancte Iacobe! ¡Deus, adiuva nos!

El caminante daba gritos mucho antes de coronar la cima. Desde donde ellos estaban, tan sólo podían ver una caperuza de zalea que le envolvía la cabeza, adornada en la parte frontal por una concha venera.

– ¡Santiago! -gritó Iscam-. No es más que un peregrino loco, no temas. Un mendigo.

El hombre fue asomando su oscilante figura a medida que escalaba el puerto. Era pequeño y muy ancho, mayor que ellos en edad, aunque no viejo. Su barba cuadrada y negra le nacía al borde mismo de los ojos; rodeado además el rostro por la lana grisácea de la zalea, más parecía una bestia de los sueños que un piadoso romero. Se acercó a ellos con paso resuelto y golpeando vigorosamente el suelo con el cayado.

– ¿Me dais algo de comer, hermanos míos? Tengo desfallecido el cuerpo.

Iscam se quedó mirándolo un rato antes de volver a abrir su bolsa.

– ¿Eres un monje vagabundo?

– Soy el monje Guacelmo, de la regla de san Fructuoso.

– ¿También has escapado de tu abadía? -preguntó Martín.

– Se hundió hace muchos años. Tarde o temprano encontraré un alma piadosa que me favorezca para construir otra. Entretanto, subo y bajo estos montes haciendo penitencia. -El monje se sentó sobre el montón de piedras, al lado de Iscam, y puso ante él su mano abierta. El mozárabe aún retuvo la dádiva un momento, como si dudara. Al fin le entregó un trozo de queso y medio pan blanco.

– Sí que andas con hambre, hermano -se rio Martín al ver al monje hundiendo casi todo el mendrugo entre sus barbas.

– Siete días llevo ayunando -dijo el hombre cuando tragó el bocado-. Pero no veo en vosotros mucha práctica de penitencia. ¿Vais a Santiago a causa de vuestros pecados o a que os perdonen pecados ajenos? Os miro con asombro -continuó sin aguardar una respuesta, pero saltando sus ojos curiosos sobre todas las pertenencias de los peregrinos-; os miro y veo de qué manera el demonio es el amo y el pastor de vuestras almas, pues más parece en realidad que busquéis en estas tierras con quién comerciar o a quién burlar que el arrepentimiento verdadero. Vais con buenas mulas, llenas las alforjas de tesoros, vino en las calabazas, sombreros de nobles, ropas de mucho abrigo… El santo apóstol os rechazará sin duda cuando os vea aparecer ante su sepulcro. «¡Vade retro!»: eso os gritará sin duda. Porque tenéis el alma en los infiernos, incluso antes de que lleguéis a él. ¡Lo veo! Lo veo en vuestras miradas lúbricas y en vuestras bocas engañosas. Seguro que en Astor-ga habéis yacido con las bordionas que tienen el ramo puesto junto a las murallas. Seguro que les habéis pagado vino y habéis bebido con ellas. ¿Me engaño tal vez si pienso que habéis ofendido a Dios comiendo cecina el día de ayer, que era viernes? ¿Habéis respetado a los ministros del Señor? ¿Os habéis mortificado delante de cada una de sus iglesias? ¡Las llamas del infierno han sido ya encendidas para vosotros, falsos peregrinos! ¡Y yo profetizo que arderéis eternamente dentro de su seno! Un ángel me lo ha inspirado.

Martín de Châtillon sintió que un demonio con movimientos de víbora le recorría la espalda al escuchar aquellas palabras. Sólo durante los oficios de Semana Santa en Marmoutier había escuchado amenazas parecidas. El mozárabe, en cambio, miraba al monje con gesto tranquilo y sosegado, como si esperase que añadiera más cosas.

– Somos pecadores, hermano Guacelmo -dijo ante el repentino silencio del monje, que volvía a tener la boca llena-. El señor Santiago nos perdonará. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

– ¡Arrepentiros!

– Estamos muy arrepentidos, hermano -susurró Martín.

– ¡Pero eso no basta! ¡Nuestro Señor no se contentará con escucharos decir que estáis arrepentidos! Os vomitará de su boca, os arrancará los ojos y entregará vuestros cuerpos para que los despedacen los demonios. ¡El día de la ira ha llegado, oh Señor, castiga a estos réprobos!

– Deberías rezar por nosotros en vez de pedirnos un castigo -dijo Iscam, también algo inquieto-. Hemos mostrado nuestra caridad dándote de comer…

– ¡Comida ponzoñosa que sin duda habréis robado a otros buenos peregrinos! ¡Alimento de Satanás! -Guacelmo escupió sobre las piedras algunas migas que le habían quedado enredadas en las barbas.

– No es verdad, hermano. La hemos pagado con nuestro dinero.

– ¿Y de dónde habéis sacado el dinero?

Martín no se atrevió esta vez a replicar. Quizás aquel monje había tenido una visión y conocía su comercio blasfemo con las reliquias.

– ¡Pues todo dinero sale del culo del diablo!, conforme dijo el profeta san Amos… -añadió Guacelmo-. O san Zacarías, tal vez. Pero de todas maneras es una verdad sagrada. Si no sois condes ni abades, ¿quién os entregó esas mulas? ¡La ira de Dios caerá sobre ellas! Ningún cristiano esconde la cabeza dentro de ese turbante de infieles. ¿Piensas acaso que no se sentirá enojado Santiago cuando te vea de ese modo?

– El nos perdonará -dijo Martín, aunque no del todo convencido.

– Sólo si antes habéis mandado decir veinticuatro misas de a dos sueldos cada una. Y sólo si las mandáis decir a un sacerdote que nunca haya cometido estupro, ni haya comido carne, ni tenga nada propio…

– ¿Dónde encontraremos a un hombre semejante? -preguntó Iscam-. ¿Eres tú ese tal sacerdote?

– No lo soy, Dios me ampare. Pues, como vosotros, soy un gran pecador. Aunque llevo veinte años haciendo penitencia y sin duda he pecado menos en mi juventud de lo que vosotros lo habéis hecho en un solo día. -Guacelmo se arrancaba algunos pelos de la barba al proclamar sus maldades-. Fornicaciones, robos, burlas ante los altares del Señor, trabajos en sus días de fiesta, rompimiento de los ayunos… Pero conozco un santo ermitaño que, desde que nació, vive escondido ahí abajo, en una cueva del valle del Silencio. Yo puedo darle vuestro dinero para las misas y así quedará perdonada vuestra culpa. Y quizá también la mía. Amén.

– No tenemos tantos sueldos -mintió Iscam.

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