Tan habitual como para guardarlo en la memoria del teléfono, tan conocido como para ponerle un nombre en clave que lo defina.
Quién será el cliente de los miércoles tarde en el santoral de puteros. El «Banquero», el «Gobernador», alguno de los «Alcaldes»… El «Subsecretario Trepa» no, ni el «Letrado Insaciable» ni el «Viajante de Calzado Rijoso». Ninguno de ellos sería tan compasivo como para, preocupados por una puta que no responde, arriesgar su pellejo llamando a la Policía. No, eso sería más propio del «Divino Sacerdote». Pero qué digo, para nada, ése será el peor, ése y el «Futbolista Merengue», demasiado asustado como para jugarse la imagen ante la afición y un matrimonio en gananciales por un desliz de faldas. Por eso Clara busca en su libreta la lista de nombres que copió del teléfono de la finada y marca con cruces los clientes a medida que los va eliminando de su pensamiento. Ramón, al verla, comprende que la cosa va para largo y saca un periódico de su maletín y se sienta en el sitio de Nacho, ahora de París, dispuesto a ponerse cómodo mientras ella, como una alumna diligente, como una meticulosa portera de discoteca, como una investigadora de serie de televisión, repasa una y otra vez su lista aceptando o denegando la entrada a su club de sospechosos.
El «Universitario Ambicioso» es joven, y los jóvenes, por muy ambiciosos que sean, tienen algo de compasión. Sí, puede que sea él quien llamó. Vaya, olvidé preguntarle a París por la voz del cliente misterioso, ahora no sé si era viejo o gangoso o con acento peculiar. Da igual, supongo que en centralita no se fijaron y, por otra parte, los asiduos más devotos de Olvido no serán jóvenes, seguro, porque ninguno, por muy niño rico de papá que sea, tendrá una paga capaz de soportar una visita semanal a una profesional de alto standing durante tres años. Claro que un universitario puede ser también alguien que trabaje en la facultad, un profesor, un catedrático… Por qué no. Y lo acota con un interrogante antes de pasar al siguiente. «Editor de Bestsellers». No sé, un editor debe de ser un tipo sensible, alguien preocupado por la Literatura con mayúscula, de una ética intachable… pudiera ser éste. Pero claro, si saca al mercado novelas de consumo rápido seguro que es un tiburón interesado sólo por la pasta al que lo mismo le da vender libros que compresas, todo con tal de obtener una mayor paga de beneficios que produzca las suficientes ganancias como para contentar al propietario de la editorial, que amenazará con decapitarle año tras año si no incrementa los dividendos. ¿A ver si va a ser el antiguo compañero de Ramón, cómo se llamaba? Creo que Jacinto Júpiter de Todos los Santos o algo así. Por el nombre tan hortera seguro que le pega… No, definitivamente no me parece que éste valga, pero por si las moscas y por curiosidad malsana pone otro signo de interrogación y, cuando tras ardua reflexión acaba con la lista, se encuentra con una gran mayoría de cruces, dos interrogantes y sólo cuatro signos positivos: «Músico Loco», «Enfermo de Amor», «Sencillo Hombre de Campo» y «Viejo Enamorado» no pueden fallarme, alguno ha de ser, son los nombres más dulces y poéticos de todos con cuantos ha bautizado a sus clientes, lo que denota una cierta ternura, afecto tal vez, cercanía. Alguno de éstos es mi hombre.
Pero qué más dará, si el paso siguiente ahora sería telefonearles y qué les voy a decir: buenas, llamo de comisaría, ¿usted acudía todos los miércoles al apartamento de una prostituta llamada Olvido? ¿Sí? Pues ha muerto por ahorcamiento. Colgada de una viga. Y ahora respóndame, ¿dónde estaba aquel día?, ¿qué es lo que más le gustaba de todo lo que le hacía?
No, definitivamente no es un buen plan, y aunque sé que más pronto que tarde tendré que llamarles a todos, es inevitable retardar ese momento, dejarlo para luego, buscar excusas, arrepentirse antes de asediar a personas cuya única culpa fue requerir sus servicios. Pagar por follar no merece su purga.
Aunque cuidado con empezar a dar cosas por sentadas, porque en la lista no sólo hay seudónimos masculinos. Y vuelve a repasar sus notas y, cierto, da con una, sólo una acotación inequívocamente femenina: «Madrina».
¿A quién se referirá?, elucubra, ¿a su guía?, ¿su mentora? Creía que Olvido trabajaba sola, pero esto también habría que comprobarlo, y tantas y tantas otras cosas que, la verdad, no sé por dónde empezar, y menos con Ramón aquí. Y levanta la vista de su mesa y ahí está, acomodado en la silla de plástico y poliéster como en el más confortable de los asientos de cuero de su bufete, abstraído en la sección de Internacional, leyendo sobre alguna guerra olvidada y matanzas de civiles y niños con armas, farfullando blasfemias por lo bajo pero sin arrugarse la camisa ni fruncir el morro como cualquier otro haría, elegante siempre, por encima de todo mal como si no fuera mortal.
Se da cuenta de la mirada de Clara posada en él, y sus ojos se iluminan.
– Gracias -dice ella, y como no parece comprender a qué se refiere, aclara-. Por venir a buscarme. Siento hacerte esperar, pero este caso es tan importante que…
– No te preocupes. Mira -propone con la mejor de sus sonrisas, esa que hace que, pese a todos mis miedos y sus bordeces y mis silencios y sus inconveniencias, le adore-, tú tarda todo lo que quieras, yo voy a por unos documentos que dejé en el coche y así también hago algo útil.
– Sólo tengo que comprobar unas cosas y hacer unas llamadas…
– Lo que sea, no te preocupes -y la aplaca tranquilizador, se levanta y sale dispuesto a continuar haciéndose querer lo que queda del día y, por derivación, seguir haciéndome sentir cada vez más culpable.
Nada más irse Ramón oye pasos que regresan, debe de haber olvidado algo, y se prepara para esgrimir su más ferviente expresión de arrobamiento, por qué no, yo también puedo recibirle como si fuera el sol que alumbra mi vida.
Pero no es Ramón. Es Santi, que asoma la barba y pregunta:
– ¿Estás sola? Qué raro, me habían dicho que tenías visita.
– Joder, vaya nido de marujas…
– El aburrimiento, nena, que es muy malo.
– Y París, que habrá corrido como loca a contarte que Ramón ha venido a buscarme. Justo ahora acaba de salir.
– Qué lástima, quería saludarle.
– Espérale, no tardará nada.
– No, me voy, a ver si por una vez llego a casa a tiempo de cenar con mis hijas. Dile a tu marido de mi parte…
– Qué -inquiere el propio Ramón a su espalda.
– ¡Coño, qué susto me has dado! Le decía a Clara que para un día que vienes me jodía irme sin saludarte. A ver si nos tomamos una caña o nos echamos un billar, como antes. ¿Aún tienes aquella mesa antigua de tu abuelo?
– Las mesas de los señoritos aguantan lo que les echen. Ando algo liado con un juicio, pero para darte una paliza siempre saco tiempo.
– Los picapleitos como tú nunca tenéis ni un rato, vaya hijos de puta.
– Y los polis como tú sois todos unos corruptos con mal perder.
– Eso díselo a tu mujer, yo me voy. Y a ver si te prodigas más, canalla -y le palmea la espalda amistoso, demasiado efusivo quizás, antes de desaparecer guiñándoles un ojo-. Pero no trabajéis mucho, que los muertos no van a resucitar mañana.
Ramón, con su maletín en la mano y repentinamente serio, se sienta en la silla que no hace mucho abandonó.
– Llevaba tiempo sin ver a Santi. Lo veo muy estropeado. ¿Qué tal le va?
– Liado, como siempre. Ni Bores ni Carahuevo hacen nada, y encargarse de todo acaba pasando factura, porque a fin de cuentas Santi es quien organiza esto, el que se encarga de buscar soluciones. Carahuevo como comisario sólo se preocupa por el ascenso social y alternar con politicuchos de tres al cuarto, pero mandar, lo que se dice mandar, no manda un carajo. Y Bores como inspector jefe vive comido por el miedo a quedar con el culo al aire, acorralado entre su superior y sus subordinados, sin iniciativa, poniendo paños calientes, mediando entre conflictos y, si no hay suficientes detenciones, dedicándose a apretar las clavijas de los agentes, que se mosquean y amenazan con plantarse y consiguen que vaya a hablar con el comisario y vuelta a empezar. Así que en este caos de gente descontenta y mandos acogotados superados por la situación, con un comisario al que le da todo igual mientras todo siga igual, sólo queda Santi que patea las calles, conoce a los confidentes y goza de la confianza ciega de sus hombres porque sabe que son ellos los que se comen guardias, cachean a las putas y registran a los mangantes.
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