– Vaya, siempre que vengo aquí todos me comentan lo mismo -y con su risa da a entender que se la sopla lo que digan de él.
– Sí, bueno, esta gente es un poco chismosa -reconoce-. En todo caso ha sido un placer conocerte -y le estrecha de nuevo la mano antes de irse. Cuando está a punto de desaparecer se vuelve hacia mí, niña mudita que todo lo oye, y aclara-: Pregunto por lo tuyo y me voy.
Pero a mí me da igual, porque no le hago caso ni le oigo ni presto atención. Soy ajena a su despedida, ajena a su relación de hombres que se calibran, ajena a este lugar, ajena a todo.
Me pasa ocasionalmente, es como si estuviera lejos del mundo, como si no fuera yo, me siento desvinculada, miro a quienes me rodean y, por muy cercanos que sean, no los reconozco como propios. Cierto, por momentos me vuelco demasiado en el trabajo, en muertos que no conozco o en vidas apenas entrevistas sólo por no centrarme en la mía y asombrarme de su vacío. ¿Quiénes son?, me digo ahora, ¿con ellos he compartido prácticamente todos mis años adultos?, ¿realmente les conozco de algo? ¿Realmente me conocen?
No es la primera vez que me ocurre, poseo en exclusiva el rasgo de no soportar en un momento dado a los hombres con los que estoy. Es normal si lo analizo: ellos son quienes establecen por imitación cómo debo vivir, guían mis pasos y marcan mi pulso, las normas de mi rutina. Les doy el papel de maestros, de tutores, y ya se sabe, a menos que una sea masoca o sufra el síndrome de Estocolmo, que siempre se acaba odiando a quien te dice cómo diseñar tu vida.
Algunos se me hacen insoportables incluso desde el principio, como Carlos. Sí, a qué negarlo, siempre me cayó mal. Por momentos no lo soportaba y ahora, sin la excusa del amor, a duras penas puedo mantenerme serena en su presencia, evitar soltar alguna ironía, reprimir mi innata crueldad asesina. A Ramón sí lo trago. Me gusta, me hace reír, me resulta tolerable la mayor parte del tiempo y sólo de vez en cuando le daría un buen par de sopapos a esos aires de señorito con clase que se gasta, a ese querer enseñarme normas de conducta, a ese concepto de la educación que incluye una enorme cantidad de señales de deferencia y respeto para él y los suyos pero que excusa su carencia de cortesía hacia los demás. Quién es él para catalogar su pueril, sencilla, sincera hospitalidad, para juzgar la valía de un regalo hecho desde el afecto, para calibrar el aprecio según el mejor o peor vino que te sirvan en una cena. Pero luego está ese sacar la cara por mí, ese defenderme siempre, la fuerza con que me abraza y las ganas con que me protege y que me hacen perdonarle y, tonta de mí, idiota perdida, quererle.
Y sin embargo ahora mismo, en este preciso instante, no trago a ninguno de los dos. Por qué tenemos que salir de la familia, pienso, por qué crecer y dejar a los nuestros para formar familias nuevas con desconocidos. Qué son ellos para mí, me digo mientras los miro. Son hombres, tienen más cosas en común entre sí que conmigo. Sí, bueno, vale, está el tema de la rivalidad por la hembra y todo ese rollo antropológico, pero entre machos se establece una camaradería que va mucho más allá de la racionalidad. Si dos amigos se pelean por una mujer hay más probabilidades de que acabe venciendo la amistad. A lo mejor es por eso, como mecanismo de defensa, que nosotras seamos tan indiferentes. Es normal nuestro desprecio dado que instintivamente intuimos que, si tuvieran que elegir entre nuestra vida y la de cualquier compañero con el que jueguen al fútbol o al mus los domingos, acabaríamos yéndonos a tomar por saco.
La mujer muerta, en cambio, era mucho más lista y libre que yo. Por eso no dependía de ningún hombre. Tenía motivos sobrados, un «íntimo conocimiento», para evitarlo. Seguro que aceptaba como dogmas de fe las revelaciones que sólo yo he llegado a atisbar en condiciones extremas -el encuentro, por ejemplo, entre los dos hombres más importantes de mi vida-: que para los caballeros el corporativismo está por encima del amor. Por tanto, para qué atarse si jamás la contemplarán como opción preferente. Para eso mejor no depender jamás de varón alguno. Como una Lilith moderna que admiro y envidio.
Sólo que estaba sola. Y murió sola también. No había nadie junto a ella, nadie que la defendiera. Pero ¿me defienden ellos de algo? Si la soledad me come, si no me entienden, si me callo todo, si no soy nadie en su mundo ni en su círculo. Simplemente ocupo un hueco a su lado en la cama. ¿Se darían cuenta si faltara? ¿Cuánto tardarían en dejar de añorarme? ¿Qué he supuesto para ellos, qué les he aportado? Vale, les hago reír a veces. Y qué, también ella haría reír a sus clientes y no sé si alguno la echará de menos.
Pero entonces regresa París, asoma la cabeza y dice antes de volver a desaparecer, con su sonrisa de circunstancias aún colgada en el aire sin acabar de borrarse, como la del gato de Cheshire.
– Clara, ya me he enterado: un cliente de la prostituta se extrañó al ver que no le abría la puerta, se alarmó y avisó al número de emergencias. Era un habitual que siempre la visitaba el mismo día de la semana a la misma hora. Según declaró, llevaba años sin fallarle. Como es típico en estos casos, al identificarse dio un nombre falso y usó el teléfono público del bar que hay frente al apartamento. Para dar con él deberíamos interrogar a los camareros y a todos los clientes que estuvieron allí a esa hora, y ni por ésas.
– Al menos podríamos intentarlo, aunque la cosa pinta difícil.
– Veremos qué se puede hacer mañana. Adiós, Ramón, ha sido un placer -se despide atropelladamente desde lejos, fuera ya, con Reme que Je estará esperando inquieta y cuánto has tardado, chiqui. Mi trabajo, que me absorbe, responderá haciéndose el tío duro, esta ciudad no duerme tranquila sin mí, prince, y usará todas esas frases manidas que le harán parecer un superhéroe a sus ojos aún adolescentes, y qué nostalgia de cuando yo creía en ellos, en los héroes, y en que podría encontrar alguno si me daba prisa, uno que no estuviera pillado y que no me fallara, alguien en quien apoyarme y que supiera darme lo que necesito en la dosis justa, sin quedarse corto ni pasarse. Pero está visto que los superhéroes no existen. Sólo hombres de verdad, con sus grietas y sus defectos y ese no saber leernos los pensamientos.
– ¿Qué? -me dice mi Hombre Fantástico particular, despistado él con sus gafas y sus rizos y su traje y su corbata azul como un Clark Kent cualquiera. Y yo, que sé a estas alturas que no hay ninguna ese galáctica debajo de la camisa, le digo que nada, que ya nos vamos, y pienso en el cliente habitual de la mujer muerta, y en si acudía a ella todos los miércoles por la tarde buscando sentirse algún superhéroe en concreto. El Mago de las Manos de Oro, sin ir más lejos, con superfibras táctiles en la yema de sus dedos capaces de hacer enloquecer de placer a cualquier fémina que se precie; o Falomán, dotado de un arma masculina de fuerza tal que no hay hembra que se le resista; o Mister Simbiosis, capaz de penetrar en la mente de las mujeres, hallar en lo más hondo del subconsciente sus recónditos deseos y satisfacerlos con gracia excelente.
O no. Tal vez sólo buscaba sexo y punto. Nada de fantasías ni amores épicos, sólo la certeza de lo conocido, la confianza de lo acostumbrado, la seguridad de lo usado, la falta de expectativas y anhelos de lo trillado, esa paz que da la familiaridad y el saberse a salvo de ficciones tras las cuales encandilar a una mujer a la que querer con nervios y los miedos del deber y el tener que dejar el pabellón bien alto. Hola Paco, o Pepe, qué tal. Cómo va tu esposa de su depresión, y los niños, ¿te han aprobado las matemáticas este trimestre? La tarifa de siempre, Paco, o Pepe, ha sido un placer. Hasta el miércoles. Un desahogo tranquilo, un polvo habitual quizá.
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