– ¿Qué pasó con mis abuelos?
– Cuando acabó la guerra se marcharon. Se habían visto salpicados por el escándalo y no querían seguir viviendo en Maurilliac. Nunca se repusieron del castigo público de Anouk. Y tú, Mischa, eras un recordatorio de que su hija había sido una colaboracionista. Se marcharon a Italia, donde tenían familia, y por lo que yo sé, tu madre no se puso nunca en contacto con ellos. Supongo que murieron sin perdonarla. Tu abuelo luchó en la Primera Guerra Mundial, y para él constituía una terrible traición enamorarse del enemigo. No lo entendieron, y desde luego no la perdonaron.
– ¿Por qué mi madre no me dijo nada? -exclamé, exasperado.
– Quería olvidar los asuntos dolorosos. ¿Para qué dejar que te hicieran daño a ti también? Te quería más que a nada en el mundo. Eras todo lo que tenía y quería que crecieras sin ese peso. Ahora ya eres un adulto, lo has descubierto todo por ti mismo y puedes asumirlo.
– Supo que se iba a morir, estuvo meses angustiosos perdiendo fuerzas día a día. ¿Por qué no me lo contó? Yo ya no era un niño.
Jacques se encogió de hombros.
– No lo sé. Todo estaba enterrado ya. ¿Para qué remover el pasado?
– ¿No tenía derecho a saber algo sobre mi padre?
– ¿Qué más te podía haber contado?
– ¿Por qué no me contó que había salvado a judíos? Me habría sentido orgulloso de ella.
– Si empezaba a explicarte cosas, tú le habrías hecho preguntas y más preguntas. A Anouk no le gustaba pensar en los temas que la entristecían, prefería cerrar página y seguir adelante. No quedaba más remedio que aceptarla tal como era.
– ¿Y tú?
– Yo he tenido una buena vida, he sido feliz. Que amara a tu madre no significa que me privara del placer con otras mujeres. Tuve que transigir y apañármelas. -Se inclinó hacia mí y me tomó de la mano. Tenía una mano más pequeña que la mía, pero de repente volví a sentirme niño-. Tú eres mi único consuelo, Mischa. No he tenido hijos, pero te tengo a ti. No hablemos más del pasado. Quiero formar parte de tu futuro. -Miró su reloj de pulsera-. Nunca es demasiado pronto para un vaso de vino. Vamos a brindar por tu regreso y por el futuro. Quiero que me hables de tu vida, para que yo también pueda formar parte de ella.
Estuve con Jacques hasta la medianoche, bebiendo vino. Ahogamos las lágrimas y las risas en el vino, que es la sangre de Burdeos. Había bebido demasiado para volver en coche, pero quería estar en el hotel para encontrarme con Claudine por la mañana. Nos despedimos con un abrazo. Creo que Jacques sabía que no nos volveríamos a ver. A su edad, el tiempo se le acababa. Pasarían años antes de que yo volviera, si es que volvía a Francia algún día, y para entonces él ya no estaría. Jacques hizo un intento de retenerme.
– ¿Por qué no te vienes a vivir aquí? -me preguntó.
– Tengo mi vida en Estados Unidos -respondí. Pero él conocía la verdadera razón y asintió comprensivo.
– Aquí ha habido demasiada tristeza. Tienes que dejarlo todo atrás, Mischa, y seguir adelante, como hizo tu madre. Y yo debo hacer lo mismo.
Nos abrazamos, felices de que el vínculo entre nosotros fuera lo bastante fuerte para unirnos media vida más tarde. Jacques se quedó en el umbral, haciendo girar la gorra entre las manos, viva estampa de un anciano frágil y vulnerable. Me alejé en el coche por el sendero y saqué la mano por la ventanilla para decir adiós. Cuando volví a mirar por el retrovisor ya no estaba en la puerta.
Conduje en la oscuridad inclinado sobre el volante, intentando concentrarme y disipar la neblina de mi cabeza, no sólo por el vino sino por todo lo que me había contado Jacques. Lo que más me impresionó fue saber que había amado a mi madre todos estos años y que no guardaba ningún rencor. La había visto enamorarse de mi padre y tener un hijo con él, y sin embargo me había querido como a un hijo. Entendí que el auténtico amor es incondicional y generoso. Yo no me sentía capaz de amar de esa manera. Quería que Claudine fuera sólo mía. Cierto que pretendía salvarla de la infelicidad, pero sobre todo para aliviar mi propia desgracia. Mi amor era egoísta, y esto me hizo apreciar más el de Jacques.
Logré llegar al hotel sin perderme en el camino y sin dormirme. El portero de noche pareció sorprendido al verme salir del coche tambaleante, intentando caminar en línea recta, y palideció cuando le sonreí y le saludé con entusiasmo, incapaz de entender mi extraño comportamiento. En cuanto llegué a mi habitación me desplomé sobre la cama, diciéndome que descansaría un poco antes de desvestirme, pero cuando abrí los ojos ya era de día. Pedí que me trajeran el desayuno, corrí las cortinas y abrí las ventanas para que entrara el aire frío de la mañana. Era un día despejado, y el sol hacía relucir las diminutas partículas de hielo que flotaban en el aire. Me sentí tranquilo y en paz. Jacques había despejado muchos misterios de mi pasado. Ahora comprendía a mi madre mejor que nunca, y deseé que estuviera viva para hablar con ella de todas esas cosas. Deduje que había guardado La Virgen Gitana de buena fe, confiando en que los Rosenfeld volverían al finalizar la guerra. No podía saber lo que les ocurriría. Probablemente había temido durante años que la acusaran de robo. Era comprensible. ¡Qué satisfacción para ella cuando Goering requisó todos los objetos artísticos de la casa y dejó aquel cuadro tan valioso! Me sentí orgulloso de Papillon.
Mientras me duchaba y me afeitaba pensé en Claudine. Estaba esperando que me telefonara. El sonido de su voz acrecentó mi deseo y despertó de nuevo mis celos.
– ¿Cuándo podemos vernos? -le pregunté, con mi habitual impaciencia.
– Esta mañana, en el puente.
La idea de otro paseo me produjo un sentimiento de frustración, pero me pareció que era preferible no expresarlo por teléfono.
– Te echo de menos -dije, en cambio-. Te he echado de menos todo el fin de semana.
– Yo también te he echado de menos -dijo Claudine. Pero su voz sonaba diferente, con una contención que me llenó de espanto.
– Ven ahora mismo -le dije-. Tengo que explicarte muchas cosas. Te estaré esperando.
No tuve que esperar mucho rato. Claudine apareció con abrigo, sombrero y un pañuelo de rayas alrededor del cuello. Llevaba botas forradas de borrego y medias marrones. Cuando la abracé, la noté tensa.
– ¿Estás bien? -le pregunté.
– Vamos a sentarnos -me dijo. El estómago me dio un vuelco. La seguí hasta el banco de piedra donde nos habíamos sentado la mañana de nuestro primer encuentro.
– ¿Qué ocurre? ¿Tienes dudas? ¿Qué problema hay?
Claudine tomó mi mano entre las suyas y me miró a los ojos. Vi miedo tras su capa de seguridad.
– Estuviste en misa -me dijo.
Me quedé atónito, pero intenté disimular.
– Así es -dije-. Tú estabas con Laurent y no quería molestar.
– Y me seguiste hasta casa.
De nuevo me dejó sorprendido. No me quedaba más remedio que decir la verdad. Apoyé los codos sobre los muslos y me froté la cara con las manos.
– Siento haber hecho el tonto -le dije.
– ¿Por qué me seguiste, Mischa?
– Quería ver cómo te trataba Laurent.
– ¿Por qué no me lo preguntaste?
– Me parecía que no querías hablar de él.
– No quiero que estropee lo que tenemos.
– Lo estropea por ser tu marido.
– Si estoy contigo no quiero pensar en él. -Me sentí aliviado cuando vi las lágrimas en sus ojos. No la había perdido, después de todo-. Te quiero, Mischa. Cuando estamos juntos puedo fingir que Laurent no existe.
Me incorporé y tomé sus manos entre las mías.
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