Sentía que el llanto le brotaba desde los pies, le producía un agudo dolor en el vientre, en el estómago. Respiró hondo. Debía calmarse. No podía llorar así. No podría manejar si seguía llorando así.
Los pensamientos alborotaban un desorden de imágenes. Felipe riéndose, Felipe en la cama, Felipe en la oficina, Felipe en la última mañana que lo vio, Felipe diciéndole que la acción no tenía nada que ver con Vela, diciéndole que él no había querido que participara, Felipe cuando lo conoció, Felipe en su cama, ensangrentado, inmóvil. El mundo sin Felipe. Nada había cambiado. Y, sin embargo, para ella, todo había cambiado. La rabia, la rabia de su muerte, tan inútil, la muerte de tantos, la dictadura, el Gran General, el general Vela y su absurda casa, las mujeres de Vela, imbéciles. Los odiaba. Los odiaba con las vísceras que le dolían, con la entraña que punzaba, con el estómago. Los podría matar con sus manos. Con sus manos desnudas. Sin asco.
Y había que seguir, que continuar. Felipe no podía haber muerto en vano. Habría que cumplirle los sueños. A él y tantos otros. Evitar que sus muertes quedaran vacías, que no sirvieran para nada. No podía morir en vano. Había que triunfar, había que hacer tantas cosas. Y Felipe riéndose en la playa, Felipe en el barco yéndose a Alemania, Felipe niño en la escuela… Los Felipes que conoció y los que no conoció, le saltaban en la mente. Duende Felipe, pájaro Felipe, colibrí Felipe, oso Felipe, Felipe machista, Felipe dulce. Al final, le pidió que lo sustituyera. No porque lo hubiera querido. Por necesidad. Las mujeres entrarían a la historia por necesidad. Necesidad de los hombres que no se daban abasto para morir, para luchar, para trabajar. Las necesitaban a fin de cuentas, aunque sólo lo reconocieran en la muerte. ¿Por qué? ¿Felipe? ¿Por qué? ¿Por qué te me fuiste a morir? Amorcito, mi muchachito, mi hombrecito lindo.
Y así llegó a la casa de los espadillos. La casa oscura. Entró con el carro hasta el frente. Se encendieron luces. Movimiento. Un hombre apareció. El compañero de la posta. "Soy Inés" -dijo Lavinia-. "¿Aquí venden plantas? ", la contraseña. "Compañera ponga el carro aquí atrás" y lo puso, lo metió por detrás de la casa. Vio otros carros. Taxis. Los taxis Mercedes Benz. Allí estaban. Semiocultos. Eran dos taxis. Uno metido en un garaje. El otro por fuera tapado con una manta. Y su carro. Serían tres carros. No haría falta el taxi de Felipe.
En la puerta de atrás de la casa, la puerta de vidrio que daba a un porche cubierto con una pérgola, acababan de aparecer Sebastián y Flor. Se acercaban. Tenían unas chamarras sobre los hombros. Caras de preocupación. Otra vez la desgarradura en el estómago cuando los vio. Aquellas horribles ganas de llorar. Y de gritar también. Se limpió la nariz con el dorso de la mano. Flor y Sebastián se acercaron, casi corriendo. Sebastián le puso un brazo sobre los hombros. ¿"Que pasó? " -dijo. Y Lavinia no pudo decir nada. Se puso a llorar. Se abrazó a Sebastián y lloró sin poder pronunciar palabra, sintiendo que había llegado, que estaba con su familia, con los suyos, con sus hermanos. La metieron dentro de la casa. Una sala enorme casi sin muebles. Unas cuantas sillas de aluminio con cubiertas de plástico floreadas.
Flor dijo algo al posta que salió de nuevo de la casa. Apagaron las luces. El día iba quebrando ya la oscuridad.
Flor desapareció y volvió a aparecer con un vaso de agua en la mano. Se la dio a Lavinia. Sebastián la había sentado en una silla. La mantenía abrazada, medio arrodillada a su lado. Ella seguía llorando.
Tomó el agua, diciéndose que debía calmarse. No había venido a llorar. Tenía que decirles lo sucedido, pero sentía como si Felipe fuera a morir en ese momento. Sólo en ese momento la muerte de Felipe sería real, en el momento en que se lo dijera. Y no le salían las palabras. Iba a decirlo y volvía a llorar.
– ¿Te siguieron? -preguntó Sebastián-, ¿te buscaron? ¿Pasó algo?
Ella movía la cabeza contradiciéndose, diciendo que no y que sí, sin poder emitir palabra.
– Déjala que se calme -dijo Flor a Sebastián y se acercó a darle palmaditas en el hombro, a darle más agua.
Tenía que decirles pronto. Los veía ponerse nerviosos a cada minuto que pasaba. Sintió la alerta en la casa. Ruidos de pisadas en el piso de arriba. Cosas que se movían.
– No me vienen siguiendo -dijo por fin-. No se alarmen. No me vienen siguiendo. No pasó nada con la guardia.
Aspiró una gran bocanada de aire. Tenía que seguir. Tenía que mencionar a Felipe. En ese momento. Ver morir a Felipe en los ojos de Sebastián y Flor. Tenía que hacerlo ahora, ahora que se aminoraban los sollozos, y podía hablar.
– Lo que pasó fue que Felipe -tomó agua, respiró profundo-. Felipe asaltó un taxi. El taxista creyó que era un ladrón. Le disparó a quemarropa. Felipe murió en mi casa. Hace como una hora, como dos horas tal vez. Eso fue lo que pasó.
Ahora las lágrimas le corrían por las mejillas, pero los sollozos se iban calmando. Trataba de no ver a Felipe. Cada vez que una imagen de Felipe le brotaba de la memoria, volvían los sollozos. Trató de pensar en otra cosa, en las sillas de la sala, en el lugar aquel, inhóspito, abandonado, las paredes descascaradas. No quería ver las caras de Flor y Sebastián.
– Vas a hacer un esfuerzo -decía Sebastián, arrodillándose frente a la silla, junto a sus rodillas, tomándole la mano- y me vas a contar despacito lo que pasó.
Se lo contó lo mejor que pudo. Tomando sorbos de agua, usando el pañuelo tosco y grandote que le pasó Flor, de pie al lado de la silla sobándole la cabeza.
Cuando terminó, Flor y Sebastián se apartaron de su lado. Dijeron algo entre ellos.
– Vamos a mandar a un compañero a que vea lo de tu casa -dijo Sebastián, y dirigiéndose a Flor -quédate vos con ella.
– Dame las llaves de tu carro -dijo Sebastián.
– Espérate -dijo Lavinia-. No te vayas. Tengo que decir algo más. Felipe quiere que yo tome su lugar. Insistió. Dijo que yo conozco la casa. Que él confía en mí. Que yo debo hacerlo. Que yo debo tomar su lugar.
– Bueno, bueno. Ya vamos a hablar de eso.
– No. Yo tengo que hacerlo, Sebastián. Por favor. Felipe me lo pidió antes de morirse. Me dijo que insistiera.
– Ya vamos a hablar de eso -dijo Sebastián, y salió sin darle tiempo de continuar.
– Flor, por favor, vos tenés que ayudarme -dijo Lavinia-, yo tengo que hacerlo. Yo conozco esa casa mejor que nadie.
– Sí, sí. Cálmate. No te preocupes. Espera que venga Sebastián. El no ha dicho que no. Sólo que ahora hay que hacer otras cosas más urgentes. Toma más agua.
MURIÓ AL AMANECER. Retornó al lado del sol. Es ahora compañero del águila, un quauhtecatl, compañero del astro. Dentro de cuatro años retornará tenue y resplandeciente hutzilin, colibrí, a volar de flor en flor en el aire tibio.
El maíz y las plantas nacen en el oeste, en Tamonchan, jardín de las diosas terrestres de la vida. Después hacen el largo viaje de la germinación bajo la tierra. Los dioses de la lluvia; Quiote, Tláloc, Chaac, los guían y alientan para que no pierdan el rumbo y surjan otra vez en oriente, en la región del sol naciente, de la juventud y la abundancia, el país rojo de la aurora donde se escucha el canto del pájaro quetzalcoxcoxtli. Ni hombre, ni naturaleza, están condenados a la muerte eterna. La muerte y la vida son sólo las dos caras de la Luna; una clara, otra oscura.
La vida brota de la muerte como la pequeña planta del grano de maíz, que se descompone en el seno de la tierra y nace para alimentarnos.
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