Quiss regresó al cuarto de juegos, con las piernas exhaustas por el esfuerzo.
No le contó nada a Ajayi.
Se encontraba de pie en el parapeto del balcón.
Sí, el cuervo rojo había tenido razón. No podía saberlo, jamás podría estar seguro, probablemente sólo había exagerado la fealdad del destino de los soñadores para impulsarle a que él probase la experiencia y así poder dejarle allí, pero a pesar de todo había tenido razón acerca de los eventuales efectos de su revelación.
El recuerdo de aquel estrecho e ilimitado espacio debajo del castillo ocupó los pensamientos de Quiss —y, lo que era más importante, sus sueños— durante casi cien días con sus noches. Se había apoderado de él una profunda e incomprensible depresión, pesándole como si llevase puesta una armadura. Se sentía como un guerrero, envuelto en cadenas, hundiéndose en arenas movedizas…
No podía dejar de pensar en lo que había visto, en aquella vasta extensión delante y debajo suyo, en la impresión de claustrofobia que le causó aquel infinito. Tantas personas, tantas esperanzas fallidas, partidas perdidas, sueños abandonados; y el castillo, una isla de posibilidades en medio de un océano de oportunidades malogradas.
Aquella imagen resplandeciente e ilusoria a la cual se había aferrado durante todos estos días, esos brazos marrones, el cielo azul y la contrastada estela de vapor, ahora se le aparecían tan sólo para herirle, para burlarse de él en sus sueños. Su mente se hallaba perdida en aquel obscuro, silencioso e infinito espacio; esa falta de límites que convertía su desesperación en una sensación inacabable.
Sus esperanzas, su determinación —antes tan agresiva, tan furiosa, enérgica y poderosa— se había echado a perder por la indolencia; era incapaz de seguir adelante.
La influencia del castillo. Éste era su efecto, sobre aquellos que lo habitaban como también sobre sí mismo. Agobiar, desgastar lentamente y al mismo tiempo fusionar, corroyendo, agarrotando simultáneamente, al igual que agua cargada de arena en alguna inmensa máquina. Quiss se sentía dentro de aquel sitio no más importante que un grano de arena.
Miró hacia abajo los riscos y la nieve, balanceándose sobre sus pies hacia atrás y hacia adelante. Sintió un escalofrío y la mandíbula floja, por lo que apretó sus dientes. El viento soplaba con fuerza y le hacía oscilar. Frío como un glaciar , pensó, sonriendo tétricamente. Un glaciar de flujo lento. Una imagen apropiada con la cual morirse, pensó, recordando la habitación de cristal diluido, la última gota que eventualmente siguió a la revelación del cuervo rojo. Ése había sido el verdadero activador, la razón por la cual se encontraba de pie en este lugar.
Quiss había descubierto otra habitación, hacía apenas unos cuantos días, en uno de sus ahora infrecuentes paseos. Se hallaba caminando sin rumbo fijo, algo habitual en él, cuando llegó a una habitación dentro de los gruesos muros en donde soplaba el viento y la nieve entraba por las ventanas.
En las ventanas había restos de marcos de metal; se dio cuenta de ello al asomarse para mirar afuera y orientarse mediante el paisaje (si su sentido de la orientación no le fallaba, desde allí tendría que ver las minas, pero en los últimos tiempos cada vez se despistaba con mayor frecuencia).
Un material parecido a brea clara sobresalía de casi todos los marcos vacíos, en donde tan sólo quedaba un delgado borde de cristal sujeto al fondo de cada uno de los hexágonos del marco de metal. El cristal que pisaba era obscuro. Miró la ventana por fuera, entrecerrando sus ojos a causa del frío y concentrado viento que soplaba a través del espacioso agujero. El suelo se elevaba ligeramente, hacia las ventanas. Era de un material translúcido, como el hielo, y se insertaba en las paredes por debajo de las ventanas. Quiss se agachó, resoplando a causa del esfuerzo, para examinarlo, y finalmente terminó por arrodillarse y rascar el suelo (debajo de la delgada capa de cristal había un pavimento de pizarra). Golpeó ligeramente el material parecido a la brea pegado a los marcos de la ventana, luego pasó un dedo sobre el cristal aún sujeto en los marcos, por encima del alféizar, bajando por las lisas paredes hasta que finalmente su dedo se deslizó hacia el suelo sin que la yema registrase en todo su recorrido una rajadura, grieta o juntura.
El cristal del fondo de los marcos, sobre el estrecho alféizar, en las paredes debajo de las ventanas y del suelo estaba unido. Era un único cristal. Quiss permaneció arrodillado con las manos apoyadas encima de su regazo, la mirada perdida.
Recordó, de tiempos inmemoriales, que el cristal —el corriente, hecho de arena— era teóricamente un líquido, que en los viejos edificios los equipos de medición muy sensibles podían detectar un adelgazamiento significativo en la parte de arriba del panel y el correspondiente ensanchamiento en la parte de abajo, al ceder el cristal gradualmente al incesante empuje de la gravedad. En el Castillo Legado, al menos en ciertos lugares, el proceso sencillamente había tenido tiempo para llegar más lejos. El cristal se había diluido —aún se estaba diluyendo— de los marcos, por encima del alféizar, bajando por la pared hasta el suelo.
Al darse cuenta de aquello, y después de un rato, para su propio asombro, Quiss comenzó a llorar.
Las minas, de todos modos, no eran visibles a través de las ventanas; Quiss volvió a perderse por el castillo, con la mente en blanco, hasta que por último llegó al punto de partida, el cuarto de juegos desierto.
A continuación se dirigió casi automáticamente hacia el balcón y allí se quedó pensativo; vagamente sorprendido, casi de un modo ingenuo, por la facilidad con que súbitamente había sido capaz de aceptar su propia muerte, e incluso desearla.
Después de todo, no había nada que valiera la pena.
Así que trepó a la fría superficie de piedra del parapeto.
Ahora comprendía lo que había querido decir el cuervo rojo con alma, y ahora esa cualidad a-religiosa de carácter irreductible, esa individualidad, habría de pronunciar su más profunda autoafirmación en su propia destrucción.
Quiss cerró los ojos y se inclinó sobre el vacío.
Unos brazos se aferraron a su cintura, tirando de él. Abrió los ojos y vio mientras caía cómo el cielo se inclinaba, el muro del castillo en la parte de arriba del balcón se torcía. Ajayi jadeó mientras ambos golpeaban pesadamente el suelo de pizarra del balcón. Quiss salió rodando hasta el cálido cuarto de juegos, golpeándose la cabeza contra el suelo de cristal.
Levantó mareado la vista y vio a Ajayi tendida en el suelo del balcón, su pecho moviéndose rítmicamente, los ojos muy abiertos, contemplándole. Estaba tratando de incorporarse.
—Quiss…
A gatas, Quiss extendió su mano y le golpeó con dureza en el rostro, enviándola nuevamente al suelo.
—¡Déjame solo! —gritó—. ¿Por qué no puedes dejarme solo? —Inclinándose, Quiss la levantó. Su boca sangraba y tenía el rostro blanco. Ajayi lanzó una exclamación y se protegió la cara con sus manos; Quiss la arrojó dentro del cuarto de juegos y ella, tambaleándose, tropezó con unos libros, cayéndose de bruces en el suelo. Quiss fue en su busca—. ¿No puedes dejarme solo, no es así? —dijo sollozando. Sus ojos se estaban llenando de lágrimas, las manos y los brazos le temblaban. Volvió a levantar a la mujer del suelo; ella se llevó las manos a la cara, con los ojos levemente desviados, una mueca en el rostro; Quiss le dio otra bofetada y Ajayi se desplomó sobre el suelo con un grito. Se disponía a darle un puntapié a la figura llorosa, acurrucada sobre el suelo de cristal, cuando vio, no muy lejos, la mesa de juegos con un mazo de naipes encima.
Читать дальше