El suelo era de pizarra pulida y el cielo raso estaba compuesto de cristal, hierro y agua como en las plantas superiores del castillo. Columnas de pizarra y hierro soportaban el techo, situado a la misma altura que el de aquella habitación que Quiss había descubierto hacía tanto tiempo, cuando encontró el agujero en el techo de cristal con la criatura a su alrededor. Lo único que faltaba era una de las cuatro paredes.
No había mucha luz, tan sólo unos cuantos peces luminiscentes nadando indolentemente sobre su cabeza y alrededor de él, pero era suficiente para ver que el espacio en el cual se hallaba parecía no tener fin. Quiss fijó la mirada en la distancia, pero todo lo que alcanzó a ver fueron pilares y columnas haciéndose cada vez más y más pequeñas en aquellos abismos curvos y comprimidos. Pilares y columnas y… personas. Había figuras humanas subidas a pequeños taburetes o sentadas en sillas elevadas, con los brazos dentro de aros de hierro, los hombros pegados contra la interminable superficie inferior del techo de cristal. Algunas de las cosas que en un principio había pensado eran pilares o columnas le dejaron asombrado al descubrir su equivocación; se trataba de personas con sus cabezas metidas dentro del cielo raso, circundando agujeros iguales a aquel en el cual él también había metido su cabeza, brevemente, dentro de aquella ya remota habitación.
Volvió a sacudir su cabeza, fijando la vista otra vez en la distancia. El estrecho espacio entre el suelo y el techo desapareció por completo, y tan sólo quedó una delgada línea empañada por la lejanía. La línea tenía un aspecto ligeramente curvo, como el horizonte vacío de un mar visto desde un barco en algún planeta oceánico. Quiss se sintió de nuevo mareado. Sus ojos se negaban a aceptarlo; su cerebro, apresado en el corto espacio entre el suelo y el techo y las supuestas paredes, pensaba en el espacio de una habitación. Pero si él se encontraba en una habitación (y si esto no era una especie de proyección, o incluso una burda ilusión con espejos) entonces sus paredes debían aparecer en algún lugar por encima del horizonte.
Quiss volvió a girarse, cuidadosamente, tratando de recordar sus primeros entrenamientos para las Guerras, durante los cuales había realizado ejercicios de equilibrio y desorientación que le dejaban con una sensación parecida a la de ahora, y fijó nuevamente la vista en el muro negro que tenía detrás suyo y la puerta cruzada con bandas de metal empotrada en él. Recorrió con la vista la ligera curva del muro, intentando calcular el diámetro del círculo que éste sugería. Debería tener varios kilómetros; suficiente para abarcar al castillo, la cantera y sus minas. Este muro era la raíz del castillo, su cimiento. El espacio infinito, una especie de vasto sótano.
—¿Qué es este sitio? —dijo, y se sintió como si estuviera susurrando; su cerebro había esperado algún eco, pero no se produjo ninguno. Era como hablar en un espacio abierto. Mientras miraba a las personas paradas encima de los taburetes y repantigadas en las altas sillas, el cuervo le dijo:
—Vayamos a dar un paseo. Sígueme y te lo contaré. —El ave agitó sus alas lentamente y Quiss le siguió despacio. Pasaron junto a una de las figuras de pie: un hombre, vestido con pieles parecidas a las de él, pero mucho más viejo. El hombre parecía enjuto. Un tubo salía de entre los pliegues de su abrigo a la altura de la entrepierna e iba a parar a una jarra de piedra apoyada en el suelo. Pasaron a su lado.
Quiss se sintió atraído por algo en movimiento en la borrosa distancia. Tenía el aspecto de un pequeño tren; un ferrocarril de vía estrecha con una pequeña locomotora que arrastraba unos vagones con aspecto de contenedores. Era difícil calcular la distancia, pero Quiss supuso que estaría por lo menos a unos cuatrocientos metros de allí, dirigiéndose desde el castillo hacia el tenue espacio de las personas paradas y las columnas sustentadoras. Recordó el tren que había visto, hacía mucho tiempo, en las cocinas del castillo.
Quiss miró a su alrededor, tratando de estimar la cantidad de personas que había en aquel lugar. Parecía haber una persona por cada diez metros cuadrados. Fascinado, se quedó mirándolas, viendo cientos y miles de figuras. Si la densidad era la misma a lo largo de todo el espacio que borrosamente se desplegaba delante suyo antes del punto de unión entre el techo y el suelo, entonces debería haber…
—No tiene nombre —dijo el cuervo rojo, volando delante de Quiss, su voz oyéndose a lo lejos—. Creo que técnicamente pertenece al castillo. Hasta es probable que sea considerado como el sótano. —Por un instante su voz se convirtió en un cloqueo—. No tengo idea de cuán grande es este sitio. He volado en muchas de sus direcciones a una distancia de diez mil aleteos y jamás vi ni siquiera una pared. Todo es muy uniforme. Aparte de una gran concentración de líneas férreas en el suelo. Lo que aquí ves es lo que verás en cualquier otra parte de este lugar. Debe haber muchos cientos de millones de personas con sus cabezas metidas dentro del techo, en esta especie de pecera invertida.
Quiss no sabía lo que era una pecera, pero pensó que sería mejor fingir ignorancia acerca de lo que aquellas personas hacían con sus cabezas metidas en el techo. Se lo preguntó al cuervo.
—Hay una especie de animal que descansa del otro lado de la concavidad de cristal en donde la gente tiene metidas sus cabezas —dijo el cuervo rojo—. Este animal transmite pensamientos a través del tiempo. Cada una de estas personas está dentro de la cabeza de un ser humano del pasado.
—Comprendo —dijo Quiss, esperando sonar más indiferente de lo que el cuervo rojo esperaba—. ¿El pasado, dices? —Quiss se rascó el mentón. Aún no podía creer en lo que estaba viendo; por más que caminaba sin chocarse con nada, una parte de él aún esperaba darse de lleno con una pantalla de proyección o un muro.
El cuervo rojo se giró con facilidad en el aire frente a Quiss y ahora volaba hacia atrás, algo que parecía costarle tan poco esfuerzo como volar hacia adelante o fumar un puro.
—¿Aún no lo has adivinado, no es cierto? —le dijo a Quiss. En su voz, al igual que en su inexpresivo rostro, había un dejo de afectación. Las vigas de hierro que sujetaban el techo proyectaban líneas de sombra sobre el lento batir de sus alas rojas.
—¿Adivinado qué?
—Qué es esto. En dónde te encuentras. El nombre de este lugar.
—¿Y por qué no me lo dices tú? —dijo Quiss, deteniéndose. El pequeño tren había desaparecido en la distancia. Sin embargo, le pareció poder oírlo; el chirrido de las vías. Un susurro de este sonido parecía llenar el lugar, como si fueran débiles voces.
—Hmm —dijo el cuervo—, pues, tal vez no hayas oído hablar de él; en tiempos de las Guerras Terapéuticas su recuerdo ya había sido perdido… De todas formas, como quizás ya te hayas dado cuenta, esto es un planeta. Su nombre es Tierra.
Quiss asintió con la cabeza. Sí, eso explicaba en parte lo que le había dicho aquel pequeño ayudante en la habitación que él encontró abierta. ¡«Polvo», lo que hay que oír!
—Así es como se llama este lugar; es en donde se encuentra el castillo; en la Tierra, próximo el fin de su vida planetaria. Dentro de unos cien millones de años el sol se convertirá en un gigante rojo, tragándose a todos los planetas de su sistema. Mientras tanto, sin luna y habiendo dejado de fluctuar y rotar, únicamente con el castillo, que yo sepa, sobre su superficie y con todo vestigio de las civilizaciones y especies anteriores de la humanidad destruido o simplemente enterrado desde hace un billón de años debajo de las placas continentales, será tu herencia.
—¿Mía? —dijo Quiss. Mirando a su alrededor observó que a cierta distancia la suave curvatura del muro del castillo se tornaba mucho más evidente que de cerca.
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