Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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—Éste —dijo el cuervo rojo— es uno de los dos destinos que te aguardan. Si lo deseas puedes unirte a estas personas; ser como uno de ellos y soñar con el pasado, dentro del cuerpo de quienquiera que elijas, remontándote a mil millones de años atrás.

—¿Por qué razón debiera, o no debiera querer elegir eso?

—Es posible que quisieras elegirlo porque no deseas morir ahora. Es posible que lo quieras rechazar porque tienes lo que llaman una conciencia civilizada. Verás, cada una de estas personas trató, y fracasó, de hacer lo que tú y tu compañera estáis intentando —y fracasaréis— hacer; escapar. Cada uno de ellos, todos estos millones de individuos, es un fracaso. Desistieron del intento de responder al acertijo que se les había designado, y mientras otros eligieron el olvido, éstos optaron por vivir como parásitos de lo que el tiempo les ha dejado, en las mentes de otras personas de tiempos remotos. Sienten lo que otros han experimentado, incluso tienen la ilusión de poder alterar el pasado, por lo que dan rienda suelta a su voluntad y aparentemente influyen en los actos de sus anfitriones. Es una manera de postergar la muerte, de someterse a una droga, de alejarse de la realidad negándose a enfrentar el fracaso de uno. He oído decir que esto es mejor que nada, pero… —la voz del cuervo rojo se desvaneció. Sus ojos pequeños como cuencas permanecieron fijos en Quiss.

—Comprendo —dijo—. Vaya, debo decir que no me parece del todo tan deprimente.

—Sin embargo, tal vez te lo parezca más adelante.

—Quizá —dijo Quiss, fingiendo lo mejor que podía un aire indiferente—. ¿Debo suponer que todas estas personas tienen que ser alimentadas, y que las cocinas del castillo son tan grandes y hay tanto ajetreo porque deben abastecerlas?

—Oh, muy bien —dijo el cuervo rojo con un dejo de sarcasmo—. Así es, envían pequeños trenes desde las cocinas, llenos de sopas y guisos, hasta los confines del lugar, dondequiera que éstos se hallen; algunos trenes se pierden durante años, otros jamás regresan. Afortunadamente, estos pobres fracasados no precisan mucho sustento, por lo que las cocinas del castillo pueden dar abasto, aunque les iría mucho mejor si no se estuvieran entreteniendo con el tiempo subjetivo… Hasta donde yo sé, este sótano universal se extiende alrededor del planeta, y el castillo abastece a todas estas personas; tal vez existan otros castillos; uno a veces escucha rumores. De todas formas, el castillo cuida de estas personas en todos los sentidos. Se les ayuda a sacar la cabeza del agujero y reciben un tazón del cual beben a sorbos, sentados, con los ojos en blanco, como si estuvieran dormidos; luego vuelven como zombies a sus mundos particulares. Sus excrementos son retirados en los mismos trenes. —El cuervo rojo ladeó la cabeza, diciendo con cierta perplejidad en la voz—: ¿Pero no encuentras todo esto un poco… tonto? Es lo que te espera, hombre. Aquí es donde terminan casi todos, y muchos de ellos eran más inteligentes que tú. Si quieres, puedes preguntárselo al senescal. Confirmará mis palabras. Muy pocos escapan. Virtualmente ninguno.

—Sin embargo, qué más da —dijo Quiss—, como tú dices, es mejor que nada.

—¿Convertirse en parásito? ¿Terminar con tu cabeza metida dentro de alguna barata máquina del tiempo? No lo puedo creer. Esperaba más, incluso de ti. Sabes, no te he mentido. La verdad es suficientemente horrible. En realidad, estos zombies no influyen verdaderamente a las personas en cuyas mentes habitan. El senescal podrá decir lo que quiera, que con el tiempo la voluntad se acrecienta y que estas personas son responsables de los súbitos impulsos en los primitivos seres que persiguen, pero no son más que disparates. Las criaturas que hay alrededor de los agujeros podrán hacerles creer eso, pero según los experimentos que yo mismo he llevado a cabo todo indica claramente que lo único que existe es la ilusión de este efecto… y de todas formas, ¿existe una explicación más verosímil? Te diré una cosa: estas personas no valen más que muertas. Están muertas dentro de su propio sueño.

—Pero sigue siendo mejor que nada —insistió Quiss—. Indudablemente.

El cuervo rojo permaneció en silencio durante un buen rato, agitando sus alas en el aire delante de Quiss, mirándole con sus inexpresivos ojos negros. Finalmente dijo: —Entonces, guerrero, no tienes alma.

Haciendo un semicírculo alrededor suyo, el pájaro enfiló nuevamente hacia el muro negro que formaba parte del castillo.

—Es mejor que regresemos —dijo—. Si lo deseas, puedes preguntarle al senescal sobre este sitio. Se pondrá furioso, pero no te castigará, y tampoco puede castigarme a mí. Pregúntale —dijo el cuervo, batiendo sus alas en dirección al curvado muro sobre el cual se sostenía el Castillo Puertas, el Castillo Legado—, lo que quieras. Te confirmará que casi ninguna escapa, que la mayoría terminan aquí, o, los valientes, los verdaderamente civilizados , se suicidan.

Finalmente llegaron a la puerta, que aún se encontraba abierta de par en par. Mientras el cuervo rojo flotaba en el aire a un costado de ella, Quiss pasó junto a los pilares, columnas y personas soñando. Deteniéndose ante el mismo hombre vestido con pieles y de pie sobre un taburete que había visto antes, le dijo al cuervo rojo:

—Permíteme hacerte una pregunta.

—Oh sí, por supuesto, puedes examinarlo previamente —dijo el cuervo, volando en su dirección— Hay uno vacío…

—No, no —dijo Quiss, sacudiendo su cabeza y observando al ave que se había detenido cerca de él. Quiss señaló con la cabeza al enjuto hombre de las pieles y con su cabeza metida en el techo de cristal—. Me estaba preguntando si sabes algo acerca de él. ¿Cuál es su nombre? ¿Desde cuándo está aquí?

—¿Cómo? —dijo el cuervo rojo, un poco confuso, incluso irritado (Quiss disimuló la sensación de triunfo que le recorría por todo el cuerpo)—. Oh, ha estado aquí desde hace siglos —dijo, volviendo a recobrar su habitual compostura—. ¿El nombre?… creo que Godot. Goriot. Gerout; o algo parecido. Los archivos no son perfectos, ¿sabes? Un caso extraño… escucha, ¿seguro que no quieres probar lo que se siente? Te puedo enseñar en donde…

—No —dijo Quiss con firmeza, y se dirigió con brío hacia la puerta que conducía al castillo—. No me interesa. Ahora regresemos.

Quiss fue a ver al senescal, quien en medio del bullicio de las cocinas le confirmó todo aquello que le había dicho el cuervo rojo.

—Por lo tanto —dijo el senescal, obviamente disgustado—, ha visto lo que probablemente le tiene reservado el destino, ¿y qué? ¿Qué puedo hacer ahora? Simplemente pienso que ha sido afortunado en no aceptar la oferta del cuervo rojo; una vez debidamente dentro de esas cosas nadie sale por propia voluntad; demasiado seductor. Si alguien no viene en su rescate se quedaría allí para siempre, interviniendo en cualquier aspecto de la excitación humana. Para cuando uno se percata de los ruidos de su estómago ya está enganchado. Tan sólo se sale para comer y comparado con lo que se acaba de dejar no es más que un sueño gris.

Ése era el propósito del cuervo rojo. Tentarle con uno de esos orificios y luego dejarle solo. Y no confíe tampoco en todo lo que le ha dicho. Los orificios en el techo permiten un control total de las mentes de los primitivos. No hay nada que no pueda ser alterado. Cada mente contiene su propio universo. No podemos estar seguros de nada. Eso es todo lo que puedo decir. Si desea entrar oficialmente en ese sitio que ya ha visto informalmente, tendrá que notificarme su rendición a través de los canales apropiados. Ahora váyase, por favor. —El senescal le miró con severidad y luego subió por la desvencijada escalera de madera que conducía a su despacho, lejos del continuo caos de las cocinas.

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