Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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—Supuse que dirías eso —dijo ella, sin apartar la vista de sus largos y blancos dedos apoyados encima de la mesa. Su voz hizo estremecer a Graham.

—¿Por qué me haces esta pregunta? —dijo Graham. Trataba de sonar un poco más alegre de lo que en realidad se sentía.

—Es que quiero saber… —comenzó a decir Sara—…cuáles son tus sentimientos.

—No tengas reparos —dijo Graham, riéndose. Sara le miró, blanca y serena, y la risa se le cortó en seco, desapareciendo la sonrisa de su rostro. Graham se aclaró la garganta. ¿Qué estaba sucediendo? Sara permaneció sentada en silencio durante unos instantes, mientras inspeccionaba sus dedos apoyados sobre la mesa.

Graham pensó que tal vez debería mostrarle los dibujos que había hecho de ella. Tal vez ella estaba enfadada por algo, o simplemente deprimida por alguna causa. Quizás debía intentar alejar de su mente esas preocupaciones. Sara dijo:

—Verás, Graham, yo te he engañado. Nosotros. Stock y yo.

Graham sintió que su estómago se enfriaba. La mención del nombre de Stock hizo que se revolviera algo muy profundo en él; se trataba de la reacción visceral a un antiguo y desarrollado temor mezclado con angustia.

—¿A qué te refieres? —dijo él.

Sara se encogió de hombros bruscamente, haciendo que se marcasen sus tendones en el cuello al igual que cuerdas tensionadas.

—¿Sabes lo que es un engaño, no es así, Graham? —Su voz sonaba extraña; no se parecía a la de siempre. A Graham le dio la impresión de que todo esto ella ya lo había reflexionado, que al igual que él había pensado de antemano las cosas que iba a decir (pero ella, al tener la posibilidad de elegir el tema, estaba en ventaja); por consiguiente sus palabras eran expresadas como la parte de un actor, dichas utilizando su cuerpo tenso como escenario.

—Sí, creo que sí —dijo él, debido a que ella estaba en silencio, y por lo visto no seguirían adelante si él no le contestaba.

—Muy bien —dijo ella, suspirando—. Siento que hayas sido engañado, pero había razones. ¿Quieres que te las explique? —Sara le volvió a mirar, no más de un segundo o dos.

—No comprendo —dijo Graham, sacudiendo su cabeza, tratando, mediante la expresión de su rostro, el tono de su voz, hacerle ver a Sara que no se tomaba todo aquello tan seriamente como ella—. ¿A qué te refieres con «engañado»? ¿De qué forma me has estado engañando? Siempre supe lo de Stock, tenía conocimiento de vuestra relación, pero no estaba… pues, quizá no me hacía muy feliz que digamos, pero yo no…

—¿Recuerdas aquella vez que llovía y tú me llamaste desde… una cabina telefónica creo que dijiste? —le interrumpió Sara.

Graham sonrió.

—Por supuesto, tú estabas escondida debajo de la ropa de cama escuchando una cinta en el walkman a todo volumen para tapar el ruido de los truenos.

Sara sacudió su cabeza de un modo rápido y breve, debido a lo cual el movimiento pareció más un espasmo nervioso que una seña. Aún continuaba con la vista en sus manos.

—No. No, te equivocas. Lo que estaba haciendo debajo de la ropa de cama era follar con Bob Stock. Como tú llamabas y llamabas, él finalmente… comenzó a seguir la cadencia del timbre del teléfono. —Sara le miró a los ojos, con el rostro serio, nada compasivo (mientras su estómago se retorcía de un modo doloroso). Una sonrisa fría y hosca cruzó su rostro—. Como tercero en cuestión, resultaste ser un amante realmente bueno. Ritmo y fuerza para resistir.

Graham se quedó sin habla. No le había herido el hecho en sí de aquella revelación inelegante sino el tono con que lo había contado; esa expresión cínica e impasible, la voz sin modulaciones, como si esa calma externa fuese desmentida por su cuello tensionado, por los espasmos de sus gestos y movimientos. Sara continuó hablando:

—Aquella vez que te hablé desde la ventana, cuando tú estabas en la calle y luego fuimos a Camden Lock… tenía a Stock detrás mío: él fue quien me puso la ventana sobre mi espalda. Solamente llevaba puesta aquella camisa. Me lo hizo por detrás, ¿sabes? —Las comisuras de su boca se movieron intermitentemente, retorciéndose a continuación en el intento de esbozar una leve sonrisa—. Siempre me decía que algún día lo haría cuando él estuviese aquí y tú llamaras. Yo le desafié a que lo hiciera. Fue muy… excitante. ¿Sabes?

Graham sacudió la cabeza. Creía que iba a vomitar de un momento a otro. Esto era absurdo, insano. Era como Slater lo ponía en sus bromas, igual que la mayoría de las bromas machistas acerca de la impostura femenina. ¿Por qué? ¿Por qué ella le estaba contando todo esto? ¿Qué esperaba que hiciera él?

Sara se sentó en el extremo opuesto de la mesa redonda negra, su cabello fuertemente recogido hacia atrás, aquel enjuto y traslúcido rostro llevado a su extremo, alistándose para la lucha. Ahora le debía estar observando, pensó él, del modo en que lo hacían los científicos con una rata; con el cerebro expuesto y cables conectados a una máquina en donde sus ínfimos pensamientos eléctricos titileaban y emitían señales, registrados por unas brillantes líneas verdes, rollos de papel que se deslizaban suavemente y el débil garabateo metálico de unas chirriantes plumas. No obstante, ¿por qué? ¿Por qué? (¿Podría la rata comprender, si es que tuviera oportunidad, las razones por las cuales era sometida a semejante crueldad?)

—Te acuerdas —estaba diciéndole ella con una voz ronroneante—, ¿no es así?

—Yo… recuerdo —dijo él, sintiéndose desecho, incapaz de mirarla, por lo que permaneció con la vista en la superficie de la mesa y en algunas migas de pan que había allí—. ¿Pero por qué? —dijo, mirándola. No pudo mantener durante mucho tiempo sus ojos fijos en los de ella. Otra vez volvió a bajar la cabeza.

—… incluso aquella primera vez —dijo Sara, ignorando su pregunta—, cuando nos conocimos en la fiesta. Lo hicimos en el retrete. ¿Puedes creer que Stock estaba allí dentro? Lo habíamos combinado de antemano. Él trepó por un caño de desagüe. Cuando te dejé en aquella habitación fui a encontrarme con él. Eso era lo que estaba haciendo en el cuarto de baño; follar en el suelo con Bob Stock. —Sara pronunció cuidadosamente las últimas palabras.

—¿De veras? —dijo Graham. Se había olvidado de todo, olvidado de todas las cosas que sentía por ella. Sabía que volvería a sentirlas y que le dolerían, pero por ahora las estaba apartando de su mente. No tenían ninguna importancia. Sara había cambiado todas las reglas de juego, colocando a la relación que existió entre ellos en una categoría completamente diferente. Graham erradicó por el momento su antigua personalidad, la del joven herido, concentrándose lo mejor que pudo, mientras que por dentro todo le daba vueltas debido al extremo poder y alcance del cambio, a lo que se decía, a aquellas nuevas reglas, a aquel papel al cual era forzado por motivos que ni siquiera comprendía—. ¿Pero por qué? —dijo, tratando de no mostrarse herido, de adoptar la misma postura que ella.

—Señuelo —dijo Sara, quitándole importancia. Nuevamente volvió a mirarse los dedos, extendiéndolos sobre la superficie negra—. Era la época de mi divorcio… mi marido me estaba haciendo vigilar. Stock no podía permitirse verse comprometido, pero nosotros no queríamos… podíamos dejar de vernos. Así que decidimos usar a otro y fingir que tenía una relación amorosa conmigo. En aquella fiesta te vieron que subías conmigo las escaleras; nos imaginamos que quienquiera que me estuviera siguiendo vendría a la fiesta, de intruso. Pensamos que daría por sentado que habíamos estado follando. Lo cual fue cierto, naturalmente, pero con una pequeña excepción. Desde entonces te hemos estado engañando. Lo siento, Graham. De todos modos, nuestro hombre no parece estar siguiéndote. Tal vez le hayan retirado del caso o quién sabe qué. Tal vez mi media naranja se cansó de seguir gastando dinero en mí; no me lo preguntes.

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