Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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Ella me sedujo. Su Señoría.

Sí, ella me sedujo, y váyase a hacer puñetas. Su Señoría. No haría eso, ni a ella ni a mí mismo. Siempre había pensado que Pilatos estuvo en lo cierto; hay que lavarse las manos y dejar que el populacho lleve a cabo su roñoso deseo. Slater, después de todo tengo el cerebro en el lugar adecuado. Graham se giró, esperando en parte encontrarle a ella con un cuchillo de pan en la mano.

Pero Sara continuaba en su silla, ofreciéndole la espalda, el cabello recogido en una cola.

—Será mejor que me vaya, entonces —dijo, con tan pocas esperanzas y sin entusiasmo que su voz ni siquiera tembló. Se dirigió hacia el área enmoquetada de la sala por detrás de ella y recogió su portafolio con los dibujos. Por un instante pensó en dejarlos, pero el portafolio de plástico le hacía falta; sería un gesto inútil dejarlo, o incluso sacar los dibujos de dentro.

Graham fue hasta el vestíbulo; con el rabillo del ojo vio que ella no se movía. Seguía sentada, inmóvil, observándole. Abrió la delgada y liviana puerta del apartamento y bajó por las escaleras hasta la puerta de la calle. Luego cruzó hasta la esquina de la calle Maygood y continuó derecho. Casi contaba con oír su voz llamándole desde la ventana, y había decidido no girarse si ella lo hacía, pero nada de eso sucedió y Graham simplemente continuó caminando.

Cuando escuchó que la puerta de la calle se cerraba y luego el sonido de sus pasos sobre la acera, Sara se hundió súbitamente en su asiento, como un muñeco flojo, dejando caer la cabeza encima de sus sudados antebrazos, muy cerca de las manos entrelazadas, al igual que si hubiera sufrido un desmayo. Tenía la vista clavada en la suave y obscura superficie de la mesa. Su respiración comenzó a regularse y su pulso se tornó más lento.

Volvió a poner en marcha la moto, lanzándose al medio del tráfico, consiguiendo que a sus espaldas se originase un coro de bocinas cuando el motor de nuevo comenzó a fallar. Haciendo rechinar sus dientes, soltó unos tacos, sintió cómo el sudor goteaba dentro del casco negro, luego nuevamente retorció la manija de admisión. El tartamudeante motor de la moto recobró potencia y Stock se impulsó hasta ponerse detrás de un camión de cerveza de plataforma amplia y plana con unos cuantos barriles en su parte trasera. Aceleró la moto y adelantó al camión de cerveza cuyos barriles de aluminio reflejaban el sol. Cuando estuvo a la par de la cabina del conductor, el motor volvió a fallarle; logró ponerse delante del camión pero luego tuvo que disminuir la velocidad. El motor del camión sonó estridentemente justo detrás de sus espaldas. El motor ahogado de la moto no se encendería; tendría que salirse a un costado de la calle. Esperó a que por su izquierda dejaran de circular los coches para permitirle acercarse hasta el borde de la acera, ignorando los insistentes bocinazos del camión de cerveza Watney al cual él estaba reteniendo.

El motor emitió unos ruidos y súbitamente arrancó con normalidad. Emitiendo un siseo, Stock aceleró la moto y salió disparado hacia adelante. Detrás suyo, desde la cabina del conductor, le llegaron algunos gritos. Llegaron al semáforo del cruce entre la Vía Pentonville y la calle Mayor; para llegar a la calle de la Media Luna, tendría que pasar el cruce y luego girar por el Paseo Liverpool.

Stock esperó a que cambiaran las luces del semáforo. El camión de cerveza se detuvo a su lado, con el conductor preguntándole a gritos que qué diablos estaba haciendo. Stock no le respondió. Las luces del semáforo se pusieron verdes, el camión partió a toda marcha, el motor de la moto se ahogó por completo. Stock arrancó de nuevo y se lanzó detrás del camión hasta alcanzarle. Trató de adelantarle, pero el conductor del camión pisaba el acelerador a fondo, haciendo que el motor rugiese. La moto tartamudeó una vez más. Su motor aceleró, perdió potencia, volvió a acelerar; la moto y el camión de cerveza corrían con estruendo por el amplio tramo de la calle Mayor, el camión impidiéndole a la moto poder desviarse hacia el Paseo Liverpool.

Stock vio delante suyo un agujero en el asfalto (y tenía una vaga conciencia de la gente sobre la acera, esperando a los autobuses, mientras sus rostros pasaban rápidamente por el otro lado de la plataforma chata del camión). El agujero en la calle delante suyo no era demasiado grande; logró evitarlo y los grumos del poco consistente asfalto se esparcieron hacia los costados; Stock viró bruscamente.

En un primer momento pareció que el camión con los barriles de cerveza también esquivaría el agujero, pero súbitamente se desvió hacia el agujero y la moto —como si hubiera intentado evitar atropellar a alguien del lado de las paradas de los autobuses—, golpeando pesadamente sus ruedas el irregular foso de la calle con un estrepitoso y retumbante ruido, mientras que de la poco cargada y repentinamente sacudida parte trasera del camión algo salió despedido en dirección al cielo…

Graham siguió caminando, bajo el riguroso sol del atardecer hacia la calle Penton, atravesando una zona en donde la mayoría de los edificios habían sido demolidos. A su alrededor todavía quedaban algunos vestigios de edificios; hileras y corredores de hierros acanalados, brillando con un nuevo resplandor bajo los rayos del sol, parados de punta alrededor de parajes polvorientos en donde sólo crecía la maleza; a lo lejos se podían ver unas casas viejas, derruidas, con los techos combados por el peso de los años y a los cuales faltaban gran cantidad de tejas, ventanas gangrenadas por la humedad, vigas carcomidas que aceleraban el aspecto desvencijado de las plantas superiores. Aceras nuevas, o en proceso de pavimentación, polvo y arena. Graham contempló los solares desiertos a través de los espacios entre los hierros acanalados. La mayoría estaban cubiertos de malezas y cúmulos de desperdicios. En otros se estaba construyendo; Graham vio los ladrillos desnudos y los amplios fosos con el fondo de hormigón que servirían de cimientos; líneas de cordeles estirados marcaban el nivel para los ladrillos.

Caminó entre aquella confusión de polvo y hierro, viéndolo pero sin prestarle atención, a través del aire levemente húmedo y de los sonidos del tráfico y de las sirenas, a través del olor a cemento y basura podrida, en dirección al Paseo Liverpool.

No podía dejar de pensar que aquello que acababa de sucederle había sido algo en lo cual su participación se reducía a la de mero observador; no se sentía como parte activa. Era incapaz de valorarlo directamente, no podía enfrentarse a ello en ninguno de sus aspectos personales, en un nivel relacionado con aquello que él consideraba su verdadero ser. Se trataba de algo demasiado importante para asimilarlo rápidamente; era como si un vasto ejército invasor finalmente hubiera destrozado la puerta principal de una gran ciudad y se lanzara a aplastar sus arruinadas defensas pero pudiendo hacerlo solamente a través de ese punto, de modo que, mientras las fuerzas de ocupación se dispersaban por las calles y las casas y la caída de la ciudad ya era algo inexorable, durante un cierto tiempo parte de la ciudad no tenía inmediata conciencia de los hechos y allí la vida continuaba casi con normalidad.

Al llegar a la calle Mayor se encontró con un atasco en el tráfico y las azules luces giratorias de una ambulancia aparcada a un costado de la parada de autobuses; la gente se apiñaba en aquella dirección, tratando de ver lo que sucedía por encima de sus cabezas, acercándose, curiosa por saber el motivo de aquel trastorno. Graham no podía acercarse, no quería ver a nadie.

Pasó por entre los coches parados, esperó a que el tráfico dejara de circular por el despejado carril en dirección al sur y luego cruzó hasta la otra acera, en donde había otro enorme solar con elevadas grúas apuntando hacia el cielo y el viento levantaba nubes de polvo. Después se metió por unas calles más estrechas, ignorando a los transeúntes, sujetando contra su cuerpo el portafolio negro y caminando en dirección a unos árboles que alcanzaba a vislumbrar delante de él.

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